martes, 24 de enero de 2012

POSTIZOS

            No sé si os habéis fijado alguna vez en el peinado del traje regional de las valencianas. Es fácil que hayáis visto a las falleras en la televisión, o que hayáis estado en Fallas alguna vez. Se trata de un moño elaboradísimo, lleno de detalles, rodeado con dos trenzas y cruzado de elementos decorativos dorados o plateados. A los lados, sobre las orejas, lleva dos rodetes de pelo con sus ganchos correspondientes, estilo a la Dama de Elche, pero más pequeños. El conjunto va adornado con tres peinetas ricamente labradas.
            Cuando vine a vivir a esta tierra y me vestí por primera vez de valenciana (a los cuatro días, más o menos), recuerdo que pensé: “madre mía, cuánto pesa esto”, porque para realizar el peinado hace falta añadirle al pelo propio un montón de mechones de cabello postizo. Al principio, me lo hacía con pelo prestado; después compré mechones nuevos, teñidos de mi color. Los usé durante trece años, y tanto los mojé, los engominé, los coloqué, los descoloqué, los lavé, los peiné y los volví a engominar, colocar y descolocar que al final se acabaron declarando en “huelga de pelos caídos” y me vi en la necesidad de comprar mechones nuevos.
            Mi hija mayor hacía la Primera Comunión ese año, y para ello le había dejado crecer la melena más de lo habitual. La pequeña, por imitación, también quiso llevar el pelo largo ese día, y les hice prometer que no pondrían pegas a la hora de cortarlo una vez pasara la fecha de la fiesta. La verdad es que no sé quién tenía más ganas de meter la tijera, si ellas o yo. El calor y las melenazas no se llevan bien, y los rizos y el cepillo tampoco, así que después de aguantar meses de tirones y trenzas, llegó el día… y me dio una inmensa pena. Tanto que, mientras le lavaban el pelo a la mayor, crucé la calle hasta una zapatería próxima, pedí una caja vacía y con ella en la mano me coloqué detrás de la peluquera que estaba preparando ya sus tijeras. Y a medida que los mechones iban siendo cortados, en lugar de dejarlos caer al suelo, los fue poniendo en la caja. Con cada uno de aquellos tijeretazos me venía a la cabeza cada tirón, cada lágrima, cada protesta ante el secador, cada minuto que pasé peinándolas y recogiéndoles el pelo para evitar enredos, las pasadas de vinagre para evitar los piojillos que pululaban por el colegio como Pedro por su casa… Demasiados ratos, demasiado esfuerzo como para tirarlo a la basura.
            Un rato después, sobre el cabello cortado de la mayor cayeron en la caja los rizos de la pequeña, y mientras terminaban de arreglarlas, yo tapé aquella caja de zapatos con cuidado para que no se escapara ningún cabello, ni tampoco nada del tiempo que pasé acariciando sus cabecitas. Ellas son parte de mí, así que no podía dejar que aquello fuera a parar a la basura.
            Lo llevé a un especialista que le dio un tratamiento para preservarlo, y lo arregló para que yo lo pudiera utilizar. Con todos aquellos mechones me hago el tocado de valenciana para las actuaciones, y lo luzco con un orgullo que brilla más que mis peinetas. Y cuando alguien me pregunta: “¿Todo ese pelo es tuyo?”, yo siempre contesto que sí. Y no miento, ¿verdad?

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