lunes, 23 de enero de 2012

PUERTAS

            Antes no les prestaba atención a las puertas, pero he aprendido que eso es un error. Son un elemento tremendamente importante en nuestras vidas. Se puede saber mucho de una persona viendo las puertas de su casa. Ellas nos cuidan, nos protegen, nos sufren, nos unen y nos separan, y nosotros no les hacemos caso. Pobrecitas.
            Recuerdo el día que vi por primera vez el piso en el que vivo. Es una gran decisión esto de comprar una vivienda, más que nada porque el tema de las hipotecas es casi como una condena de por vida, así que aquel día lo inspeccioné con cuidado casi todo. Casi. No presté suficiente atención a las puertas, pero la de la inmobiliaria me lo remarcó convenientemente: “las puertas son de gran calidad, sapely del bueno”. Yo lo di por válido, aunque no tenía ni idea de lo que era el sapely, y además, la casa llevaba deshabitada varios años y había polvo y porquería para aburrir, cosa lógica, por otra parte. También es verdad que, si las puertas no te gustan, siempre puedes cambiarlas, ¿verdad? Eso dice la teoría. Lo malo es cuando viene la parte práctica.
            La realidad fue que, una vez despojadas las puertas de su capa de olvido y dejadez, descubrimos que en esta casa los niños eran algo así como indios apaches, a juzgar por los rastros de patadas y golpes que mostraba la madera. La niña más crecidita había llenado, además, su puerta de pegatinas del Súper-Pop, y esa fue la segunda lección del día: el adhesivo de las pegatinas se come el barniz y deja huella. Vamos, que entre arañazos, patadas y cromos las puertas estaban hechas un cristo. “No pasa nada”, dijo mi costillo. “Las cambiamos, y ya está”. Pedimos presupuesto. Tantas puertas a chorrocientos euros la unidad, sumaban… una pasta. Ni pensarlo.
            La segunda posibilidad que se nos planteó fue la de pulirlas. Nos lo valoraron: lijado, masillado, reparación de desperfectos y lacado en dos capas, a tanto por puerta… casi tanto como nuevas. Descartado. Yo las miraba y pensaba: bueno, a lo mejor con reparador y una buena limpieza quedan presentables. Se intentó, pero no funcionó. Las huellas de Michael Jackson, Madonna y Britney Spears, de hecho, aún destacaban más. Probé con una buena dosis de resignación, y adopté los arañazos, las patadas y las siluetas. Ahora quedaban los pomos. Si los cambiábamos, haría otro efecto, las puertas tendrían otra apariencia.
            Desmontamos uno de ellos y nos lo llevamos al Leroy Merlín. Ya no los hacen tan grandes, y con cualquier otro pomo se veía la huella del anterior. No se podía hacer nada, había que dejar los que había, aunque el latón estuviera todo picado. Estupendo. Pintamos el piso, limpiamos las ventanas, colgamos las lámparas, pulimos el suelo y metimos los muebles, colgamos las cortinas y quedó todo precioso. Todo menos las puertas, obviamente. Son el grano en la cara de mi casa, la verruga negra y fea en su nariz. La gente dice que no es para tanto, que son manías mías, pero yo sé que no, y que hasta que no reúna el capital suficiente como para hacerles la cirugía estética o para extirparlas junto con sus marcos no estaré conforme.
            A veces miro las puertas de los pisos antiguos, las que se pintaban de colores con Titanlux y una brocha, y me dan envidia. Al menos tú mismo podías repararlas y ponerlas bonitas y alegres sin necesidad de maquinaria industrial pesada y pistolas de lacar (de ahí la expresión de “va pintada como una puerta”). Yo quisiera poder hacer lo mismo con las mías. La de mi dormitorio la pondría de color naranja, la de Marina sería azul, la del cuarto de baño la pintaría de amarillo limón, y la de la cocina rojo fresa. Quizá a algunas personas les podría parecer una horterada, pero iría mucho más con mi personalidad que lo que tengo ahora. Claro, que cuando venda el piso la señorita agente de la inmobiliaria no podría decir eso de “las puertas son de sapely de primera calidad”, porque mis puertas… mis puertas serían indescriptibles.
            Como os decía al principio, se puede saber mucho de las personas mirando las puertas de su casa. Si por arriba están sucias, es porque son un poco dejados. Si la de la cocina tiene grasa, abusan de los fritos. Si hay arañazos de mitad para abajo, tienen gato, perrillo o niños salvajes. Si están de mitad para arriba, perro grande. Si los arañazos son muy profundos, posiblemente les visitó el protagonista de “Psicosis”. Si son oscuras, gustos clásicos. Si son claritas, juventud y mirada alegre. Y si son rojas, verdes, amarillas, azules o con flores, son de alguien como yo, pero más valiente.

No hay comentarios:

Publicar un comentario