martes, 17 de enero de 2012

SAN ANTONIO DE LOS BICHEJOS

            El día de San Antonio Abad, en el pueblo de Miriam, como en casi todos los pueblos de España, se bendecían los animales después de la misa. A la puerta de la iglesia la calle estaba cortada, y un gran montón de leña y trastos viejos estaba preparado para arder en honor al santo. Las mujeres ya tenían listo el pan y las patatas asadas con el vino caliente para animar la fiesta.
            Miriam se puso guapa para llevar a su mascota a bendecir. Se atusó con gomina los mechones rebeldes de la frente, abrillantó sus botas negras de militar, y se vistió discreta. Un pantalón negro, una camiseta negra sin dibujos ni nada, no se fueran a asustar las beatas. Pasó revista a los piercings de su nariz, mejilla, ceja y mentón. Estaban brillantes y perfectos. Se pintó los ojos con lápiz negro, y también los labios. Luego metió a Ruperta, su mascota, en una jaulita, y salió a la calle rumbo a la iglesia.
            Había dejado de llover, y la noche, aunque fría, resultó agradable. Le llegaba ya el calor de la gran hoguera cuando se puso en la cola de los animales con Ruperta. Delante de ella, una señora llevaba a su Yorkshire vestida de bailarina, con un tutú rosa. La miró raro, pero no le dijo nada. Inmediatamente delante de la Paulova peluda, una pareja con un cerdo vietnamita al que habían colocado una corbata de rayas bromeaba sobre el tutú, pero se les fue la sonrisa al ver a Miriam. Una gótica no pegaba nada en aquel acto.
            En la fila había de todo: niños y mayores con perros, con gatos, periquitos y agapornis en sus jaulas, conejos, cobayas, una cabra, palomas, un poney castaño que dejó la calle perdida (aún no se han inventado los pañales para poneys), hámsters rusos y nacionales, peces… Detrás de Miriam se colocó una niña de largas trenzas con una fiambrera en las manos. Le preguntó que si lo que llevaba era la merienda, pero no, era una tortuguita de Florida. Para suavizar la metedura de pata, Miriam le enseñó la jaula de Ruperta. La niña dio un grito, salió corriendo y se echó a llorar abrazada a su abuelita, que se estaba arreando un lingotazo de vino caliente junto a la hoguera.
            La verdad es que Miriam adoraba a su mascota, y no entendía por qué la gente las miraba a las dos tan raro. Vale, la estética gótica llama un poco la atención, pero hoy se había puesto discreta para la ocasión, y su adorable Ruperta era un animalito precioso, así que… ¿a qué venía tanta miradita y tanta tontería?
            El sacerdote bendecía a los animales rociándolos de agua bendita con un ramito de laurel. Llevaba casi una hora salpicando bichos, tenía hambre, el olorcillo de las patatas asadas era de lo más atrayente y tenía ganas de acabar. Ya había visto a casi todos los perros, gatos, ratones, pájaros, tortugas y conejos del vecindario, además de un caballito, la cabra, el cerdo y hasta una iguana con pajarita. Lo que no esperaba era ver llegar a Miriam, siniestra, toda blanco de piel y negro de ropa y pelo, con su tarántula del Amazonas en una jaula. Casi le da un pasmo.
            Bendijo al bicho pensando que, al fin y al cabo, también era una criatura de Dios, y en ningún sitio ponía que a San Antonio le dieran repelús las arañas gigantes y peludas como aquella. No se atrevió a preguntarle a Miriam qué narices comía semejante monstruo. Prefería no saberlo. “Lo de ser sacerdote tiene a veces estas cosas”, pensó. Y, agitando la rama de laurel mojada sobre la tortuga de la niña con trenzas y sobre los dos perritos que cerraban la fila, suspiró y se fue a comer patatas asadas cerca de la hoguera.
            Miriam se marchó a casa contenta, con su tarántula en la mano. Quizá al año siguiente, si no hacía mucho frío, podría llevar a bendecir la pitón. Se lo comentó a la serpiente mientras le daba de comer, y ésta le contestó con un silbido de satisfacción. Sí, definitivamente estaba de acuerdo. Aunque quizá fuera mejor advertir al cura antes de ir. Por si las serpientes no le resultaban del todo agradables.

No hay comentarios:

Publicar un comentario