jueves, 19 de enero de 2012

TU VOZ

            Pocas cosas le disgustaban tanto a Daniela como la impuntualidad, y esta vez era ella la que llegaba tarde. Llovía a cántaros y había perdido el autobús; esperar al siguiente habría supuesto más retraso todavía porque no era una línea de las más frecuentes, y no podía permitirse un taxi, así que decidió ir andando. Llegaba tarde, y además calada hasta los huesos. Estupendo.
            El edificio que albergaba la emisora de radio estaba en las afueras de la ciudad. Las grandes cadenas tenían sus sedes en el centro, pero ella se dirigía a una pequeña emisora local, y ésta emitía desde uno de los barrios más alejados. Chapoteando en los charcos y muerta de frío, Daniela llegó al portal y entró sin llamar. La puerta siempre estaba abierta. Pensó que tendría que leer descalza, porque con los pies mojados y helados no dejaría de temblar, así que nada más entrar en el estudio se quitó los calcetines y los zapatos, y agradeció en el alma la moqueta instalada en el suelo. Alguien le dejó una toalla y trató de que su melena dejase de chorrear frotándosela con cuidado. Luego se quitó la chaqueta y se acercó a una estufa. En diez minutos comenzaba su espacio.
            Daniela colaboraba en un programa de radio que hablaba de deseos. En él, los oyentes planteaban aquello que deseaban conseguir, y en relación con esos especiales anhelos el locutor buscaba los temas musicales, y Daniela escribía un cuento. La semana anterior había llamado una mujer. Ella deseaba que el banco no la echase a la calle y le quitase su casa. Un tema muy en auge últimamente, pero un drama en cualquier caso. Carlos había encontrado varias canciones que hablaban del hogar, y Daniela había construido una historia en la que la unión de los vecinos conseguía parar el deshaucio, y la intervención de un empresario local le proporcionaba a la mujer un trabajo y la posibilidad de evitar quedarse en la calle. Nada original, todo previsible, pero ¿qué podía escribir sobre aquello? ¿Que finalmente el banco se salía con la suya y la pobre señora se quedaba en la puñetera calle con su padre anciano? La gente quería oír cosas que les dieran esperanza, no historias que les hundiesen en la miseria. Esa mujer necesitaba que alguien le dijera que no iba a pasar, que no se iba a ver expulsada de su casa, aunque fuera mentira. Al menos sería una mentira que la alentaría a seguir luchando hasta el final. Las personas necesitaban apoyo para no tirar la toalla, con esa intención se había creado el programa de radio, y para eso Daniela creaba aquellas historias.
            Al terminar el espacio radiofónico, como siempre, se quedó unos minutos con Carlos escuchando los mensajes de los oyentes en el contestador para elegir el deseo que llenaría el programa siguiente. Había muchos, y de todo tipo. Un hombre quería enamorarse, otro quería recuperar un amor perdido, una mujer mayor deseaba que sus hijos la visitasen más y otra que le tocase la lotería para que los suyos se pudieran ir de casa. Hasta hubo uno que decía “quiero tomarme un café con la chica que cuenta cuentos”, cosa que hizo mucha gracia a Daniela. Al fin, decidieron trabajar sobre la soledad de los mayores y la falta de tiempo de los hijos para visitar a sus padres.
            El día a día de Daniela consistía en servir mesas en el bar de sus padres. Lo de la radio era una colaboración por la que no cobraba, pero le satisfacía tanto que no quería dejarlo. A la gente le gustaba, y a ella también; su padre le decía muchas veces que el tiempo vale dinero, y que malgastar las horas era un desperdicio, pero luego dejaba que se fuera los jueves a la radio sin poner ningún problema.
            La semana siguiente, después de acabar el programa, se quedaron de nuevo para elegir deseo, y entre los muchos que había en el contestador volvía a estar el de “Yo querría tomar un café con la chica de los cuentos”. Daniela se echó a reír y no dijo nada. Pero siete días después se repitió el mismo mensaje, y así continuó ocurriendo, semana a semana, durante cuatro meses. Al fin, pese a la oposición de Carlos, ella decidió escribir sobre “el insistente muchacho con necesidad de cafeína”. A su compañero le daba miedo que el oyente fuera algún pirado e intentase hacerle daño a Daniela, pero ella ya lo tenía decidido: no le daría una cita, pero sí un cuento.
            Por la noche se sentó a escribir. Trató de imaginar quién sería, y por qué no se daba por vencido. Tal vez fuese alguien que necesitaba otro alguien con quien hablar, o simplemente un aficionado a los relatos que quería conocerla, y ya está. Pero una vez más le dio alas a su fantasía y construyó para él una historia sobre cafés compartidos y recuerdos de antiguos amores platónicos. Y al jueves siguiente se puso de nuevo delante del micrófono y leyó.
            Él llamó a la puerta del estudio cuando ya estaban a punto de marcharse. Se presentó como Lorenzo; era un chico más o menos de su edad, iba bien vestido y llevaba un bastón blanco. Daniela aceptó al fin ese café, y juntos, bajo la atenta mirada de Carlos, cruzaron la calle hasta un bar cercano.
            Una vez sentados, y después de pedirle al camarero lo que más le apeteció a cada uno, Lorenzo sacó un papel de su chaqueta y se lo tendió a Daniela mientras le preguntaba: “¿No me reconoces? Porque yo a ti te reconocí enseguida. Desde el primer programa en el que interviniste ya sabía que eras tú”. Ella lo miraba, curiosa. Pero no le sonaba de nada su cara. Además, si hubiera conocido alguna vez a un invidente, lo recordaría, sin duda. Y no era así. Abrió el papel, que resultó ser la factura de un dentista. No entendía nada.
–Disculpa, pero creo que estás equivocado –le dijo Daniela–. Yo no te conozco, me acordaría.
–¿Estás segura? Yo juraría que eres la misma Daniela que me quitaba el chupete en la guardería, y que me daba todo tipo de explicaciones mientras me separaba de las paredes del aula para que me perdiera –le contestó él, divertido–. Te aprovechabas de que no podía ver apenas nada, y luego me dejabas solo en mitad de ninguna parte para que no pudiera seguirte y recuperar lo que era mío.
Daniela no podía creer lo que estaba oyendo, pero el caso es que la historia le sonaba. Su madre se la había contado alguna vez.
            –¿Tú eres “ese” Lorenzo? No me lo puedo creer. Pero si yo tenía…
            –Tres años –le interrumpió él–. Y yo cinco. Por eso me acuerdo. Pero ya te hacías entender igual de claro que ahora. Siempre me contabas alguna historia rara que te ibas inventando sobre la marcha para engatusarme, y luego tenía que esperar a que alguna profesora me oyera y me rescatara, porque si no tenía paredes no podía caminar, tenía miedo de tropezar y caerme.
            –¡Qué mala! Dios, qué vergüenza me está entrando –se ruborizó Daniela–. Pero de todos modos me parece increíble que me hayas reconocido sólo escuchándome por la radio.
            –Vale, me has pillado, hay truco –reconoció Lorenzo sonriendo–. Es por lo que dices cuando acabas las historias, eso de “pórtense bien, pollitos míos, si es que quieren otro cuento la semana que viene”. Nos lo decía Nuria, nuestra maestra de la guardería, cuando nos hacía las lecturas de los miércoles. Y si miras alguna foto de esa época…
            –… la guardería se llamaba “La Granja” y llevábamos el jersey del uniforme amarillo y con un pollito como escudo –terminó Daniela–. “El pollito mala leche” me llamaban a mí. Se ve que era de armas tomar, o al menos eso dice mi madre.
            –Lo dice tu madre y lo certifico yo –rió Lorenzo–. Reconoce que me debías este café a cambio de los chupetes robados.
            –De acuerdo, lo reconozco –respondió ella, divertida–. Pero sigo sin entender lo de la factura del dentista.
La respuesta de Lorenzo la dejó, por una vez, sin palabras.
            “Es que tu voz es tan dulce que sólo de escucharte se me han hecho caries”.

1 comentario:

  1. qué bonita casualidad!
    me ha encantado la frase "el insistente muchacho con necesidad de cafeína" jejeje
    se puede preguntar si esta historia es real?
    bueno qué más da.... me ha gustado!!

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