viernes, 10 de febrero de 2012

ACHAMÁN

            Somos unos grandísimos incultos en lo que a nuestro entorno se refiere. Lo reconozco haciendo acto de contrición. Yo he viajado poco en comparación a otra gente, pero ya hace mucho tiempo que decidí invertir en conocer mi país antes de tratar de buscar destinos más lejanos. No conozco Andalucía, ni Extremadura, el País Vasco y Cataluña los he tocado de refilón, y delito tendría dejarme un dineral en viajar al Caribe sin haber visto muchas de las maravillas que tengo más cerca.
            Lo mismo me pasa con la mitología. Conozco algo de la romana y la griega por mi padre, que es catedrático de latín; también un poco de la de Sudamérica por los libros que he leído. La cántabra la caté por convivencia con Ojáncanos, Trasgus y Anjanas, y la gallega por mi madre, que es de Lugo, y me transmitió cuanto sabía del tema. Pero si os digo “Achamán”, ¿sabéis quién es? Me apena ver que muchos no conocéis su existencia, porque era el Dios de uno de una de las tierras más bellas y cercanas que conozco: Tenerife.
            Los antiguos guanches, pobladores de la isla, adoraban y rezaban a su Dios, llamado por ellos Achamán. Pero llegamos los peninsulares a conquistarlos cruz en mano, y destruimos su forma de vida y su cultura con la rapidez que nos caracteriza (lo mismo hicimos en América del Sur, no lo olvidemos). Quemamos, matamos, usurpamos, esclavizamos y nos envanecimos de ello como siempre habíamos hecho. Les obligamos a admitir un Dios que ellos conocían con otro nombre, y proscribimos al suyo. Y como siempre, estábamos más que equivocados.
            Me escandaliza ver que sabemos más de fútbol que de historia, que dominamos el mundo de la prensa del corazón mejor que la geografía de nuestro propio país, y que mucha gente ha viajado a Cuba pero no ha visto Cuenca, ni Segovia, ni Cáceres, ni Mérida, ni La Laguna, ni La Orotava. Me escandaliza y me da vergüenza. Por eso hoy he decidido hablaros de Achamán, el dios de los aborígenes de Tenerife.
            Los canarios tenían su propio idioma en el que el sol era Magec, sus reyes eran Menceyes, las Harimaguadas eran sacerdotisas que se purificaban con las aguas del Atlántico y además cuidaban de la buena educación de las muchachas de familias prominentes; amaban y respetaban la tierra, los volcanes con los que convivían y conviven, y se sentían libres y colmados de bienes con lo que tenían. Cultivaron su música, sus cantos, sus propios instrumentos, elaborando una cultura tan rica como desconocida para nosotros, los peninsulares.
            A día de hoy, en pleno siglo XXI, la cultura, el folklore y la idiosincrasia de los pueblos que conforman nuestro país siguen siendo una incógnita para la mayoría de nosotros. Lo de los andaluces sigue siendo fino, pescaíto frito, sevillanas y olé. Lo de los catalanes se reduce a sardanas, castellers y butifarra, los gallegos son marisco y muñeiras, los vascos pacharán y aurresku, y del resto del país ni se sabe, mi teniente. No nos miramos, no nos prestamos atención. No sentimos curiosidad por nuestros vecinos. Y es una lástima, porque nos perdemos muchas cosas que vale la pena conocer.
            Me he propuesto como meta no viajar a ningún sitio fuera de España (si el trabajo no me lo exige, que en ese caso no hay discusión) hasta conocer lo muchísimo que no conozco de lo que los mapas políticos dicen que es “mi país”. Temo que no me alcanzará la vida para verlo todo, pero bueno, dentro de mis posibilidades, haré lo que pueda. Y, o poco me conozco a mí misma, o me enamoraré muchas veces de los sitios por los que pase, igual que me enamoré de León, de Valencia, de Palma, de Ibiza, de Toledo y de La Orotava.
            Todo esto os lo cuento porque hoy he sabido que a un grupo llamado “Achamán”, que lleva 36 años dando el callo, cantando y tocando, le han concedido un premio en Canarias, concretamente en La Laguna. Con lo difícil que es ser profeta en la propia tierra. Por eso, por llevar tanto tiempo partiéndose la cara con el mundo para seguir haciendo folklore, por llevar el nombre del Dios de los antiguos guanches, por negarse a perder sus raíces, por cultivar lo poco que les dejamos conservar de una cultura rica y fascinante como pocas, hoy son mis protagonistas.
            No hace mucho, uno de sus componentes me cambió su último disco por un ejemplar de mi libro, y el trueque ha resultado muy ventajoso para mí. He podido conocer a los ahijados de mis Sabandeños del alma, y ver que Canarias tiene razones de sobra para sentirse orgullosa de sus hijos. Enhorabuena, Achamán, por esa medalla de oro de San Cristóbal de La Laguna. Nunca, nunca dejéis de mirar a vuestro origen, porque esa es la única forma de saber hacia dónde tenéis que caminar para construir el futuro.

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