lunes, 20 de febrero de 2012

ALUBIAS

         Delfina me lo contó muchas veces, pero yo no quería creerlo. Yo tenía veinte, ella ochenta. “Un día comíamos lentejas, al siguiente alubias, y con suerte, al siguiente garbanzos. Y vuelta a empezar. El arroz era un lujo mensual. La carne, los domingos. El pescado… de ciento en viento. Los huevos dependían de la voluntad de nuestras pocas gallinas. Nabos y coles, el que tenía huerta. Los demás, a mirar. Se mataba un cerdo para todo el invierno, y cuando se acababa, pues se acabó. Conejos, el que podía cazarlos, y los demás, con ratas teníamos para ir tirando. Era muy duro”.


            Siempre tuve la impresión de que lo que Delfina me contaba eran exageraciones producto de la mala memoria y de los muchos años que curvaban su espalda e hinchaban sus piernas, pero ahora me doy cuenta de que no. Era cierto, totalmente cierto. Y ese tiempo, si nada lo impide, está de vuelta.


            Hablar con los mayores es un deporte que no todo el mundo practica. Yo lo he hecho mucho, porque he trabajado en un par de residencias, porque me gusta escuchar y porque no le niego, ni le he negado nunca, la atención a nadie que tuviese algo que contar. Escuché a mis abuelos hablarme de metralla en las piernas, y la toqué sobre su carne con mis dedos de niña. Les escuché hablar de “paseos de la muerte” y de estraperlo, de cerrar los ojos y la boca para sobrevivir, de carencias, de miseria y de represión. De vivir por gritar un lema, de morir por creer en otro. De esconder a los seres queridos emparedados en vida para que no fueran fusilados. Eran otros tiempos que hablaban de venganza, de guerra civil, de hambre, de niños llenos de piojos, de madres que no comían para que sus hijos pudieran dejar de llorar.


            Hoy miro mi ordenador y siento que vivimos en otra época. Y me han entrado ganas de llamar a mi tía Elvira, nonagenaria que nació en Argentina y que nos espera allí con los brazos abiertos, y pedirle asilo. Sus padres huyeron buscando paz y un medio de vida, ella se ha negado a cortar su vínculo con esta tierra, y ahora nos abre su casa allí por si la necesitamos. Desde su edad y su invalidez no puede ver lo que está pasando, y esa pena que se ahorra, porque pese a haber nacido en aquel continente, lo que ocurre aquí lo siente en su carne como algo propio.


La quiero y la admiro por haber sabido conservar su raíz. No la haré llorar ni sufrir por nosotros contándole lo que está ocurriendo. No le diré que en su querida Valencia hoy los policías apalean chavales que podrían ser sus nietos. No le contaré que falta trabajo. No le diré que esa visita que le prometimos hace años no se va a producir, y que probablemente morirá sin conocer a mis hijas, sin volver a vernos, sin que podamos abrazarla de nuevo y decirle lo mucho que la queremos.


Vivíamos en una abundancia artificial, lo admito. Pero ni tanto, ni tan calvo. Hace un par de días, una profesora de mis hijas lloraba porque tenía que elegir entre hacer la compra y pagar el recibo de la luz. Los adolescentes corren delante de la policía, apaleados, golpeados e insultados, por pedir una enseñanza digna y que no les corten la luz en el instituto. He visto pensionistas buscando en los contenedores de basura porque sus hijos en paro han vuelto a casa y no hay para comer todos.


Escuchar a los mayores es algo que todos tenemos al alcance de la mano. Es barato, instructivo y beneficioso. Os lo recomiendo encarecidamente. Muchas veces, los libros de historia se hacen sin preguntar a quien realmente vivió los hechos que se cuentan en ellos, y la experiencia me dice que siempre hay dos versiones, porque cada uno cuenta la feria según le fue. Así que, si queréis un buen consejo, no juzguéis mirando la televisión. Visitad, hablad, estrechad manos llenas de artrosis y callos, escuchad memorias de quienes nacieron en los diez, en los veinte, en los treinta, en los cuarenta. Y luego, juzgad y decidid.


Estoy haciendo acopio de alubias, garbanzos y lentejas. El cielo está negro, y viene lloviendo. Quisiera pensar que la tormenta pasará pronto, pero aún no he visto ningún claro. Ojalá me equivoque.

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