jueves, 2 de febrero de 2012

ARDILLAS

            A pesar de que hacía un frío que pelaba, estar una tarde entera encerrada en la habitación de un hotel era más de lo que mi espíritu inquieto podía soportar, así que, aprovechando que durante un rato las nubes se habían calmado un poco y no llovía, salí a dar una vuelta. Y tuve una experiencia de lo más curiosa.
            Compré un café para llevar en un establecimiento cercano, y con él entre las manos me senté en un banco del parque infantil que hay junto al hotel. Era una sensación agradable el calor que el vaso de cartón me dejaba en las manos en contraste con las temperaturas gélidas de la tarde. Y cuando más distraída estaba, les oí. Era como un parloteo incesante, bullanguero y juguetón, que provenía de algún sitio por encima de mi cabeza. De repente, delante de mí cayó la cáscara de una avellana, seguida de una cascada de risitas. Miré por todos los lados, pero no vi a nadie, así que volví a mis pensamientos. La siguiente cáscara me cayó en el pelo, y protesté.
            Una voz se hizo oír desde el árbol bajo el que me había sentado: “¿Queréis hacer el favor de no molestar a la gente? Os tengo dicho que la basura hay que sacarla de noche, no cuando hay personas en el parque. La próxima cáscara que salga de la madriguera os va a costar un castigo a todos, ¿me habéis entendido?” Yo no hacía más que mirar y seguía sin ver a nadie, ni a los niños traviesos ni a su madre. Unos momentos después, la cabeza de una ardilla asomó desde un hueco del tronco del árbol, muy por encima de mi cabeza. El animal trató de sonreír, visiblemente incómodo. “Disculpe a mis hijos”, me dijo. “No les he dejado salir de la madriguera en todo el día porque hace un frío de bigotes, y como se aburren… bueno, ya sabe usted lo que pasa. No se puede tener a cuatro pequeñajos encerrados en una habitación tanto tiempo sin que se alboroten”. Me eché a reír, un poco para que viera que no estaba enfadada, y uno poco también porque siempre me han resultado simpáticas las ardillas, aunque reconozco que nunca había hablado con ninguna. “Tranquila, yo también tengo hijos pequeños, sé lo que pasa en días como este”. Ella sonrió. Se llamaba Montse.
            Estuvimos un ratito charlando como si fuéramos dos vecinas de patio, ella desde su ventana y yo desde el banco, al que me había subido de pie para estar más cerca y no tener que chillar. Sus cuatro pequeños se entretenían dentro jugando con ramitas secas y hojas, y viendo la televisión. La amable mamá ardilla me los fue presentando uno por uno, y les obligó a asomarse para que ellos también me pidieran disculpas por el incidente de las avellanas. El mayor lo hizo primero. “Lo siento, señora. Mis hermanos pequeños son incorregibles. Me llamo Enrique, y de mayor quiero ser abogado. Encantado de conocerla, espero que no se haya molestado demasiado, y que no haya habido daños por los que pueda usted presentar una demanda al Ayuntamiento. Eso sería terrible para nosotros, nos echarían del parque”. Me alcanzó una garrita para que se la estrechara, y lo hice con un dedo.
            La siguiente en asomarse fue una hembra, que sacó su cabecita rubia por el agujero y me tendió su garrita. “Yo también le pido disculpas, señora. Me llamo Ana, y le diría que subiese hasta nuestra madriguera para ofrecerle algo de merendar, pero no tenemos ascensor ni grúa para humanos, y se podría hacer daño. Aunque, si quiere, le puedo sacar unos pistachos que guardábamos por si venía visita”. Se lo agradecí, y ella me sonrió enseñando sus dientecillos blancos.
            Los dos últimos en asomarse eran los más pequeños, los autores del lanzamiento de cáscaras sobre cabeza fija. “Buenas tardes, señora. Yo me llamo Susanna, y este es mi hermanito Antonio. Sentimos mucho lo ocurrido, pero llevamos muchas horas aquí encerrados, mamá Montse no nos deja salir porque hace frío, y ya no sabemos qué hacer. ¿Usted nos puede enseñar algún juego nuevo para entretenernos? Es que esto es un rollo, Antonio no hace más que encender y apagar las luces, y yo estoy intentando hacer los deberes de la escuela pero se me ha estropeado el lápiz, y…”
            Estuve un buen rato de charla con las cinco ardillas. A Susanna le regalé el mejor lapicero que llevaba en el bolso, le temblaban hasta los bigotillos de la emoción. Les conté algunos cuentos sin final que tenía en la libreta, y les sugerí que, como juego, me ayudasen a terminarlos imaginando cómo podrían acabar. Y al fin, antes de irme, hice trizas mi pañuelo del cuello para fabricarles una bufandita a cada uno. A cambio, mamá Montse me regaló dos nueces, pero no pude aceptarlas: a ellos les podían hacer falta, aún queda mucho invierno por delante.
            Tal vez mañana, antes de irme, les visite otra vez. Quizá su juego me proporcione buenos finales para mis cuentos inacabados; con lo alegres y majetes que eran, estoy convencida de que todas esas historias terminarán bien y con gracia. Y a partir de ahora, siempre que coma avellanas me acordaré de esas cinco ardillas. Seguro que se me escapa una sonrisa.

1 comentario:

  1. Reconozco ese hotel y ese parque. Me pasaré por él para ver a las ardillitas.
    Gracias por el papelito amarillo, me encantaría salir en uno de tus cuentos,me ha gustado mucho el de hoy.
    Alba

    ResponderEliminar