lunes, 13 de febrero de 2012

BAILE DE MÁSCARAS

            Por fin, después de más de un año de relación a ciegas, había conseguido una cita con ella. No había sido fácil convencerla, pero necesitaba materializar de una vez todo lo que sentía, todo lo que había soñado durante tantos meses. En sus larguísimas conversaciones a través del chat le había dicho tantas veces que la quería que ya no aguantaba la ansiedad de no poder tenerla cara a cara. Sí, tenía miedo. Claro que tenía miedo. A encontrarse con algo que no esperaba, a no cumplir sus expectativas, a descubrir que ella le había mentido en algo, o en todo. Pero sería peor continuar hacia delante sin saberlo. A esas alturas ya estaba tan enamorado que pasaba las horas mirando la pantalla del ordenador esperando a que ella se conectara.
            Habían quedado en una fiesta de disfraces. Para reconocerse, acordaron que ella se vestiría de Reina de Corazones. Él buscaría un traje de Rey del mismo palo de la baraja francesa. Y por fin se encontrarían. El salón de un hotel, terreno neutral y público, les pareció a los dos un buen lugar para esa primera y definitiva cita. Ahora se arrepentía de no haberle mencionado su “defectillo”, pero ya no había marcha atrás. No se habían enviado fotos, él prefería que le conociese bien por dentro antes que por fuera, no quería ser juzgado, como lo había sido siempre, por su tamaño. Era algo que le había acomplejado desde niño. Un metro cincuenta y cinco no es una estatura para sentirse orgulloso.
            La Reina de Corazones también tenía miedo. De que él no hubiera sido sincero, de haberse creado una ilusión que estallase como un globo en el momento de verse. No sabía cómo era él, ni le importaba, porque si los sentimientos que a través del teclado le había transmitido eran auténticos, su aspecto físico era ciertamente lo de menos. Pero, ¿y si no lo eran? ¿Y si cuando la viera decidía que no era lo que buscaba? No le había hablado nunca de su “defectillo”, era algo que la había acomplejado siempre; no es fácil para una niña perder todo el pelo a los tres años por culpa de una extraña alopecia genética y crecer bajo una peluca. Tampoco es fácil para una adolescente calva salir con chicos, a esa edad casi todos echaban a correr en cuanto detectan el “problema”. Había sido blanco de bromas crueles durante muchos años, y temía que el Rey de Corazones la rechazase también. Con mucho cuidado, peinó su mejor peluca, se la puso bajo la corona dorada, se ajustó la máscara y salió de casa.
            El salón estaba repleto de gente disfrazada. El motivo de la fiesta era “Alicia en el País de las Maravillas”, así que cuando él llegó se encontró con media docena larga de Reinas de Corazones. ¿Cuál sería la suya? Miró disimuladamente a todas, buscaba una que no tuviese pareja, y tres de ellas no la tenían. Los enmascarados bailaban a su alrededor, bebían y reían, y él no se atrevía a hablar con ninguna de aquellas Reinas temiendo meter la pata. Empezó a sudar. Se sintió pequeño.
            Cuando ella llegó se encontró que en la fiesta había nada menos que ocho Reyes de Corazones. No había contado con esa posibilidad. ¿Cómo saber cuál era el suyo? Caminó por el salón mirándolos a todos con disimulo. Algunos estaban sin pareja, pero no se atrevía a abordar a ninguno temiendo equivocarse y que la tomasen por una estúpida. Decidió ir a la barra a por una copa y esperar.
            Los dos llevaban ya cerca de dos horas en la fiesta y aún no se habían encontrado. Un conejo blanco trató de sacarla a bailar, pero ella prefirió no hacerlo. El conejo insistió, estaba algo bebido, y al fin accedió. “Sólo un baile, ¿eh? Estoy esperando a alguien”. Y de pronto, sucedió. El conejo blanco dio un traspiés, se agarró a ella para no caerse, derramó su copa, la Reina resbaló y cayeron los tres al suelo: el torpe, la chica… y la peluca coronada. Todos a su alrededor la miraban, y durante unos eternos segundos quedó tumbada en el suelo, avergonzada y queriendo desaparecer. Un Rey de corazones muy bajito le tendió la mano, caballeroso. La ayudó a levantarse y recuperó su melena del suelo; estaba mojada y olía a cerveza. Trató de peinarla lo mejor que pudo antes de ofrecérsela. Ella se la puso balbuceando un “gracias”, le miró y se echó a llorar. Acababa de darse cuenta de que al fin había encontrado a su Rey, justo en el momento más ridículo que había protagonizado nunca. Él le dio un pañuelo: “si te agachas un poco para llegar a mi altura puedes llorar en mi hombro cuanto quieras. Siento no haberte dicho que era tan bajito. Espero que no te importe, seguramente estarás acostumbrada a salir con hombres más altos”. La Reina de corazones se secó las lágrimas y le acarició la mejilla. Estaba tan preocupada por su “defecto” que ni siquiera se había dado cuenta del de él. “Y seguramente tú estarás acostumbrado a salir con mujeres que tengan pelo”.
            El Rey de Corazones la tomó de la mano y la sacó a bailar mientras le susurraba: “sí, pero ninguna era tan linda como tú”.

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