sábado, 11 de febrero de 2012

BLANCA Y RADIANTE

         Hay que ver, parece mentira, la que se lía cada vez que nos metemos en el fregado de celebrar algo. Aún recuerdo las vueltas que dimos para comprar el vestido de bautizar a mis hijas, y menos mal que me empeñé en usar el mismo para las dos, porque si no me veo otra vez pateando el centro de la ciudad con la criatura colgando de la teta y venga a mirar precios y modelos, como cuando la mayor. Pero esta vez no ha habido escapatoria posible. Hoy hemos ido a comprar el traje para la Primera Comunión de mi vástaga pequeña, y ha sido toda una aventura.
            Habida cuenta de que los catálogos son en todas las tiendas los mismos (en las tiendas normales, obviamente. Lo de la “haute couture” y los modelos exclusivos es algo que me negué siquiera a considerar, aún no he perdido el juicio), con dos o tres establecimientos tuvimos más que suficiente, así que nos decantamos por aquel en el que menos gente vimos. Fue un error. Cumpliendo fielmente la Ley de Murphy, en cuanto traspasamos el umbral entró la marabunta, y allí no había quién se aclarase.
            Lo primero fue mirar fotos con la niña. Se fijaba más en la longitud del pelo de las peque-maniquíes que en los vestidos; al cabo de seis catálogos, decidí quitarle la ropa y empezar a probarle modelos. En ese momento, mi Barbie Destroyer fue directamente al perchero de los de firma: Rebota y Comba, La Gata Ruin en el Prado (también hace trajes de Comunión, aunque parezca mentira), y algún otro nombre de campanillas. “No, mi niña, ese perchero no, que no son unos vestidos tan bonitos como estos otros (mirada a la pared opuesta, trajes preciosamente normales y maravillosamente asequibles) que te van a quedar divinos de la muerte”. Bendita inocencia infantil. No opuso resistencia, y los adultos respiramos un poco más tranquilos.
            Segunda parte: “¿Cuál de todos estos te gusta, mi amorrrrrr?”. Respuesta de cajón de madera de pino: “Toooodooooos, maaaaaamiiiii”. Manos a la obra. Descolgué el primero. Una dependienta solícita me lo quitó de las manos y se interpuso entre los trajes y yo. “Disculpen: ¿tienen cita?” Ups. No me imaginaba yo que para comprar un vestido de Comunión hubiera que pedir cita. Le hice un hábil quiebro. “No, pero somos clientes, es el cuarto traje de Comunión que compramos aquí, ni siquiera nos planteamos el tener que pedir cita”. La dependienta me echó una mirada desconfiada por encima de las gafas. Pero coló.
            A partir de ahí, Pretty Woman al lado de mi gordita pequeña, una aficionada. Era como una reina en camiseta y can-can subida en un pedestal y dejando que todo el mundo le dorase la píldora. “Este te queda ideal, este otro te estiliza, el tono tostado te va increíble con tu tez rosada, el lazo verde y las plumas son lo más, una tiara es lo indicado para esa melena rubia tan linda, cómo va a negarle a la niña unos guantes con lo elegantes que son…”. En fin, ya os hacéis una idea.
            Ha sido una tarde muy larga, pero ya tenemos elegido el traje, el lazo para el pelo y los guantes (sí, al fin tragué. Qué le vamos a hacer). Y además la sobornaron regalándole una película de Disney acerca de una morena que iba por ahí besuqueando batracios, con lo cual salió de la tienda encantada de la vida. Su abuelita paterna, orgullosa y emocionada, sacó la chequera de comprar trajes de Comunión y pagó la cuenta. Entonces ya éramos dos las que estábamos encantadas de la vida: mi gordi y yo.
            Ahora sólo me queda comprarle la ropa interior, camisón, zapatos, segundo traje, reportaje fotográfico, regalitos, flores y… no sigo, que sólo de pensarlo ya me estoy mareando. Pero todo sea por cumplir su ilusión, y que ese domingo se vea blanca, radiante y protagonista. Como debe ser.
            Sí, ya sé lo que estáis pensando: todo eso es superfluo, lo importante es el Sacramento, con mucho menos gasto se puede celebrar. Vale, tenéis razón, pero si la viérais tachar las casillas del calendario desde hace más de un año esperando que llegue su día… No voy a cortarle las alas a ese sueño. Ya tendrá tiempo de ver lo puñetera que es la vida más adelante.

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