miércoles, 8 de febrero de 2012

CITA A CIEGAS

         Todas las mañanas, durante mi habitual caminata, paso por delante de un campo. Suelo saludarle, si no estoy demasiado distraída pensando o escuchando música. A él le gusta darme los buenos días, dejar que mi perro le rasque algún surco correteando sobre él y enseñarme cómo evolucionan las hortalizas que cría.
            Recuerdo que el invierno pasado estaba lleno de cebollas, cosa que le resulta francamente incómoda, porque cuando los bulbos ya están muy crecidos y asoman fuera de la tierra el olor llega a resultar casi molesto. Para él es como tener mal aliento. Después, durante el verano, tuvo sandías, y estaba más contento porque escuchar las exclamaciones de admiración de los paseantes al ver el tamaño de los frutos le llenaba de orgullo. Pero desde que Nelo, el agricultor, había cosechado las sandías, el campo había estado vacío. Y se aburría.
            He estado unos días sin poder salir a pasear, y esta mañana me he sorprendido mucho al verle. Estaba guapísimo, como hacía tiempo que no le veía. Como comprobé que Nelo no estaba por los alrededores, me senté un rato a hablar con él. “Ole los campos guapos”, le dije. “¿Qué te ha pasado?”. Él, contento y bromista como casi todos los campos cuando están bien cuidados, me respondió con una risa terrera. “¿Has visto? La semana pasada me hicieron un tratamiento oxigenador con lombrices, como en los mejores institutos de belleza. Y ayer por la tarde, Nelo, mi sirviente, vino con el tractor y me ha peinado. ¿A que estoy chulo?”. No pude negar que tenía razón, estaba precioso, con sus surcos tan bien trazados, la tierra removida y suelta, húmedo por el rocío de la mañana y libre de malas hierbas. Decididamente, tenía un aspecto estupendo.
            Siempre me ha hecho gracia comprobar que el campo no veía a su dueño como tal, sino como un sirviente, alguien que está ahí para cuidarlo, abonarlo y regarlo, a cambio del sueldo que supone la cosecha. En cambio, Nelo aseguraba que el campo era suyo, que tenía unas escrituras que así lo demostraban, pero eso para mi amigo no eran más que papeles sin sentido. Él era el señor, y pagaba a quien le servía con melones, cebollas o lo que se terciase.
            Estuvimos un buen rato de charla, me contó que lo habían peinado así porque le habían arreglado una cita. Por fin, después de meses de inactividad y tedio, al día siguiente le iban a presentar a una semilla nueva. El campo ignoraba todo sobre ella, era una auténtica cita a ciegas. Estaba nervioso, ¿cómo sería? ¿Darían juntos plantas bonitas? ¿Frutos grandes o pequeños? ¿Hortalizas o verduras? ¿Prendería bien en él o no congeniarían? ¿Qué tipo de nutrientes le exigiría ella? “Ojalá sean calabazas”, me dijo. “Me encantan las flores amarillas que damos juntos las semillas de calabaza y yo. Me hacen sentir pletórico, y luego los frutos son grandes y dulces, a la gente le encantan. Aunque bueno, si son coles no pasa nada. Una vez me plantaron coles ornamentales, eran de colores, para jardines, no para comer. Todo el mundo se quedaba boquiabierto al pasar por mi lado, fue divertido. ¿Tú qué crees que será?”.
            No supe contestarle, entiendo poco de cosechas. Es lo que tiene ser mujer de ciudad. Lo que sí sé es que, sea como sea la semilla que le van a presentar mañana, seguro que con la ilusión que él tiene harán buena pareja, y se verán recompensados con hermosos frutos. Es, otra vez, el milagro del amor y de la vida. Qué ganas tengo de que llegue la primavera.

No hay comentarios:

Publicar un comentario