viernes, 17 de febrero de 2012

CUENTOS DE MIEDO

Vamos a empezar este cuento como si fuera uno de los clásicos.


“Érase una vez una linda niña llamada Gerania. Era tan bonita que... “ Que no. Que esto ya no se lleva. Así empezaban los cuentos de toda la vida, pero lo que os voy a contar hoy no lo es.


Gerania era una niña bastante fea. Su madre quiso ponerle un nombre de flor que fuera original y no estuviera visto, y vaya, se lució, pero a lo grande. Gerania era el blanco de todas las burlas desde que tenía memoria. De nariz grande, pelo lacio y oscuro, dientes desiguales y torcidos, gafas y botas ortopédicas por un defecto de nacimiento, sólo le hacía falta un nombre feo para coronarla, y vive Dios que lo tenía. Gerania, a fuerza de aguantar marea en el colegio, se acostumbró a estar siempre sola. No es que le gustara la soledad, pero era mejor que el pitorreo continuo al que se veía sometida. Sabía que su aspecto físico tenía arreglo, sólo era cuestión de paciencia: con el tiempo, una buena ortodoncia, una cirugía láser contra la miopía, unas mechas bien puestas y una permanente, asunto zanjado. Incluso ya había comenzado a ahorrar para una rinoplastia. Lo del nombre también tenía solución, con la mayoría de edad y una gestión en el registro civil se podía poner Ana, Rebeca, Laura, Diana o como le diera la gana. Todas esas eran dificultades menores, hoy en día no era complicado pasar de ser “Rabo de burro” a ser “Estrellita de oro”, como en aquel cuento. O de patito feo a cisne, como en aquel otro.


Su gran problema era el ser tan asustadiza. Todo le daba miedo, y lo pasaba fatal, porque el terror la ponía tan nerviosa que su cuerpo reaccionaba con violentos ataques de risa. Cuanto más aterrorizada estaba, más se reía, y la gente se pensaba que estaba medio pirada. Se lo dijeron tantas veces que estaba ya comenzando a creérselo.


Gerania tenía miedo de todo: de los perros, de los toros, de los marcianos, las brujas, el monstruo del armario... cada cosa que oía se convertía en un nuevo terror. Oyó el cuento de la chica de la curva, y cada vez que se subía al coche con su padre le entraba un ataque de risa en todos los giros de la carretera. Pusieron una película de extraterrestres en la tele, y se pasó semanas viendo hombrecitos verdes, cabezones y feos, acechándole por las esquinas... Tenía miedo de la oscuridad y dormía con la luz encendida. Le daba miedo que su abuela se quedase sola por si venía el lobo a comérsela. La pobre mujer se fue en una ocasión a Benidorm con el Imserso, y al abrir la maleta encontró dentro un cepo de caza que le había puesto Gerania, con una nota: “Abuelita, ponte este cepo junto a la cama en el hotel, por si viene el lobo a comerte que te dé tiempo de llamar a la policía. Un beso de tu nieta Gerania”.


El caso es que, con tantos terrores y tantos ataques de risa, sus padres ya habían agotado toda su paciencia. La enviaron a un campamento, a ver si se espabilaba, y tuvieron que ir a buscarla al día siguiente porque los monitores no sabían qué hacer con ella: cada araña, cada avispa, cada ruido nocturno había supuesto un escándalo y una revolución del resto de niños. Era un desastre.


Un día, a Gerania le rompieron las gafas en el colegio. Un balonazo perdido le partió la nariz y los cristales en el mismo tiro, lo que le hizo también adquirir terror a las pelotas de fútbol y motivó una visita al hospital. A la vuelta, Gerania decidió pasar a la acción. Estaba harta de tener miedo, harta de ser tan poca cosa, de ser un trastorno para todo el mundo y de no poder disfrutar de nada de lo que la rodeaba.


Pensó en lo que podía hacer, y se le ocurrió que quizá en el botiquín del cuarto de baño habría algún medicamento para el miedo. Rebuscó, hasta encontrar una caja naranja, que ponía “contra el miedo”, y contenta, se fue a buscar un vaso de agua para tomarse las pastillas. En realidad ponía “contra el mareo”, pero sus ojos miopes sin gafas le jugaron una mala pasada. Prudente, se tomó sólo dos, no fuera a volverse tan valiente de pronto que comenzase a cometer temeridades a diestro y siniestro. En cuestión de minutos, el sopor producido por el medicamento la dejó grogui en el sofá del comedor.


La despertó un olor familiar. ¡Coliflor hervida! ¡Puaj! Gerania odiaba la coliflor. Sentado a la mesa de la cocina, un lobo negro y peludo se relamía, a punto de comerse un plato enorme de la verdura, que había regado generosamente con mahonesa.


– ¡Qué asco! ¿De verdad vas a comerte eso? –le dijo, con cara de repugnancia.


– Mujer, pero si está buena –le contestó el animal, masticando a dos carrillos–. Todas las verduras son maravillosas, me encantan.


 – Yo pensaba que los lobos érais carnívoros –murmuró ella, sin atreverse a acercarse demasiado–. Y sanguinarios...


– Ya, claro, y comemos abuelitas indefensas y niñas desobedientes. Qué hartísimo estoy de tanto cuento estúpido y tanta mala prensa –gruñó el lobo, malhumorado–. Como si no tuviéramos otra cosa que hacer. Que sepas que Caperucita es una mentirosa patológica, y con la excusa del lobo metió a la abuelita en una residencia y utiliza la casa de la vieja para sus encuentros secretos con el musculoso leñador. Yo soy vegetariano, y el resto de mis congéneres cazan conejos y otros animales para comer. Igual que hacéis vosotros, que criáis y cazáis animales para alimentaros. O a ver si te crees que las hamburguesas de ternera que te comes crecen en los árboles.


Perpleja, Gerania salió de casa dejando al lobo con su festín vegetal. No sólo no le había dado miedo, sino que le producía un poco de pena. No debe estar en sus cabales alguien que es capaz de decir que la coliflor está buena, pensó la niña.


Caminó un rato por la carretera. Un toro venía por ella corriendo, y asustada, saltó a esconderse en la cuneta, detrás de unos arbustos. El toro saltó tras ella, y se escondió a su lado temblando de miedo. Al momento vieron aparecer un grupo de gente armada de palos y pinchos, que corrían y gritaban. Le buscaban a él, que permanecía agachado, con la cabeza escondida tras la espalda de Gerania. Ella se aguantó la risa del pánico, que estaba a punto de invadirla, hasta que perdieron de vista a los que iban tras el animal.


– Gracias por no gritar, niña. Si me pillan me matan –dijo el bicho, tratando de recuperar el aliento.


– ¿Por qué? ¿A quién le has hecho daño? A mí me dais miedo los toros, sois enormes y amenazadores, con esos cuernos tan peligrosos...


– Vosotros los humanos sí que dais miedo. Os coméis nuestra carne, nos toreáis y torturáis para divertiros, nos hacéis correr para asesinarnos como salvajes. ¿Es para teneros miedo, o no?


– Pues hombre, visto así... –Gerania se quedó pensando, y al fin continuó su razonamiento– Pero vosotros de vez en cuando herís o matáis a los toreros, y eso no está bien.


– Que se te ponga a tí delante un tío vestido de cosa rara, venga a clavarte pinchos y cosas, luego otro a caballo hincándote una lanza en la espalda, y luego otra vez el de las lentejuelas con un trapo rojo y una espada. Verás cómo tratas de defender tu vida –el toro se puso de pie, dispuesto a huir hacia el monte– Piénsalo, niña. Yo sólo soy un animal. No merezco morir así.


Gerania continuó caminando, pensativa, por la carretera. Vaya, después de todo los toros no eran tan terribles tampoco. Las pastillas contra el miedo estaban funcionando bien.


Un poco más adelante se tropezó con una chica que hacía auto-stop con su mochila a cuestas. El miedo volvió a atacar a nuestra protagonista: ¿Sería la chica de la curva?. Al llegar a su altura, se armó de valor para preguntarle.


– Hola, ¿tú eres la famosa “chica de la curva”?


– Sí, soy yo.


– ¿De verdad estás muerta? –preguntó Gerania tímidamente.


– ¿Tú has visto alguna vez un muerto que hable? –contestó la chica, echándose a reír con ganas– ¡Pues claro que no! Sólo soy una agente de la Guardia Civil, hago dedo porque busco a un criminal que acostumbra a aprovecharse de las chicas que hacen auto-stop. Lo que pasa es que llevo tanto tiempo con esta investigación que la gente, por puro miedo, se ha inventado esa tontería de que estoy muerta,  aviso a los conductores de las curvas peligrosas y luego desaparezco. Pero no, ese trabajo se lo dejo a las señales de tráfico, yo tengo otras cosas que hacer.


Perpleja, Gerania no sabía si echarse a reír o qué hacer; en ese instante, paró una furgoneta, y ambas se subieron en ella. Una mujer, casi anciana, conducía, y otras dos, más jóvenes y rematadamente feas, la acompañaban. Eran extranjeras.


– ¡Hola, me llamo Gerania! Me suenan vuestras caras. ¿Os conozco?


– Puede ser. En un tiempo fuimos la flor y nata de la alta sociedad, pero la puñetera niña aquella nos arruinó la vida. Por su culpa pasamos de vivir en un palacio con sirvientas a tener que emigrar, porque nos echaron de nuestro país, y ahora tenemos que trabajar limpiando escaleras sin contrato y por seiscientos euros al mes –dijo la mujer que conducía–. Yo me llamo Amanda, y estas son mis preciosas hijas, Astolfa y Rigoberta.


Gerania, que no veía la belleza de las chicas por más que miraba, de repente cayó en la cuenta. Aquellos nombres... aquellas narices de loro... aquellos pelos de esparto... ¡claro! Eran la madrastra y las hermanastras de Cenicienta, ella las había visto en una película, y le daban un repelús... Pero el caso es que, vistas de cerca, no parecían tan malvadas. Más bien parecían tres infelices. Y encima, eran inmigrantes ilegales. Vamos, una lástima.


Nada más llegar a la ciudad, Gerania y la agente camuflada de la Guardia Civil se bajaron de la destartalada furgoneta, y siguieron cada una su camino. Se hacía de noche, y nuestra amiga comenzó a sentir miedo de andar sola por ahí. La oscuridad la asustaba, y le tenían dicho que, a los niños que andan solos por la calle cuando se pone el sol, se los lleva el hombre del saco. De pronto, al doblar una esquina, lo vio. ¡Era él, tal y como le habían dicho! Viejo, feo, desharrapado y con un saco enorme a la espalda, seguramente lleno de niños para la cena... paralizada por el pánico, Gerania comenzó a sufrir un violento ataque de risa. El hombre del saco, enfadado, le espetó.


– ¡Tú, niñata! ¿Qué pasa? ¿Te resulto gracioso? Esta juventud, ya no respeta a los mayores, a dónde vamos a llegar a este paso...


– Disculpe, señor Hombre del Saco, pero es que cuando tengo mucho miedo me da por reírme, no es nada personal –le contestó la niña–. Y cuando le he visto con el saco lleno de niños, he pensado que venía a por mí y me he asustado.


– ¿Lleno de niños? ¿Hombre del saco? ¿Pero de qué hablas? –se extrañó el anciano– Me llamo Antonio, y el saco va lleno de garrafas vacías de agua que he recogido de la basura. Soy un señor normal, sólo que tengo una enfermedad llamada el Síndrome de Diógenes. Recojo toda la basura que pienso que puede resultarme útil, y la guardo en mi casa.


– Pero entonces, eso del hombre del saco que me han contado...?


– Chorradas, criatura –dijo el viejo mientras seguía su camino–. Tengo nietos, aunque no vengan a verme. ¿A quién se le ocurre decir que como niños?


– Entonces, ¿lo de las brujas y los chupa-sangres también es mentira? –preguntó nuestra Gerania tímidamente– ¿Usted lo sabe, señor Antonio?


– Pues no, mira por dónde, eso sí es verdad –le dijo el hombre, antes de perderse de vista–. Brujas son unas señoras que salen por la tele, piden dinero por adivinarte el futuro, te cuentan un cuento, cobran y desaparecen. Y los Chupa-sangres no salen al anochecer, sino que trabajan en los bancos, te quitan dinero todos los meses, y si no puedes pagar la hipoteca, te embargan el piso y acabas viviendo en la calle.


– Gracias, señor Antonio –se despidió la niña–. Me ha ayudado usted mucho.


Contenta, Gerania siguió su camino. La carga de sus terrores se iba haciendo cada vez más ligera, pese a que la oscuridad le incomodaba aún. Paró junto a una farola para decidir hacia dónde debía continuar, y a la luz de la bombilla vio pasar un ratón. Dio un salto, asustada. Pasó otro. Luego otros dos, y por último un grupo grande, que llevaba a hombros una pequeña caja. En ella, un ratoncito yacía muerto. Era un entierro de ratones. A la cabeza del cortejo fúnebre se situó un palomo vestido de negro, que iba a oficiar el funeral, como si fuese un sacerdote. Gerania, llena de curiosidad, le preguntó a uno de los últimos ratoncillos.


– Disculpe, señor ratón. Le acompaño en el sentimiento. ¿Cómo ha fallecido su amigo?


– ¡Ay! –gimió el roedor mientras las lágrimas le caían por el hociquillo– ¡Pobrecito Ramiro! Era mi primo, ¿sabe? Pobre, tenía hambre. La señora del 5ºB tenía algo rico al fuego, y él se coló en su cocina para tratar de comer algo...


– ...¡Y se cayó en la olla, seguro! ¡Igual que en el cuento! –exclamó ella.


– ¡No! Esa asesina lo mató a escobazos, y tiró su cuerpo a la basura... ¡Criminal! ¡Es una criminal! –sollozó el ratoncillo– Pobre, pobre Ramiro...


Y el cortejo fúnebre continuó su camino. Otro mito, otro terror de Gerania se había esfumado. De verdad, si llega a saber antes de la existencia de las pastillas contra el miedo, se las habría tomado hacía años. Cuántos malos ratos se habría ahorrado.


Empezó a pensar en pedir ayuda a algún adulto para regresar a casa. Se hacía tarde, la aventura ya estaba durando demasiado, y sus padres estarían preocupados. Miró a un lado y a otro, y algo le llamó la atención: una luz brillante y roja que bajaba a posarse en un descampado cercano. No sabía si ir o no ir. Temió que fuese un ovni, y la posibilidad de que un alienígena terrible le pudiera salir al paso le hizo comenzar un nuevo ataque de risa. La luz roja se acercó hacia ella. Era... ¡un reno!


– Buenas noches, guapa –saludó el animal, con un acento un poco raro–. ¿Has visto a mi jefe, un tío gordote de barba blanca y traje rojo?


– No, señor Reno. No le he visto. Ese señor sólo viene en Navidad, y estamos en junio. Por cierto, límpiese –dijo Gerania mientras le alcanzaba un pañuelo de papel–. Se le cae el moquillo.


El reno, que olía a alcohol de forma escandalosa, se limpió la nariz y luego sorbió ruidosamente. Estaba como una cuba.


– Vaya, el whisky de Laponia ya no es lo que era –murmuró el animal– Con razón no encuentro al jefe, debe estar en su mansión del Polo. ¿Tengo la nariz muy roja? Si llego así a casa mi mujer me va a tener un mes durmiendo en el sofá...


Jopé –pensó la niña–, menuda castaña lleva el Rodolfo...


El reno, mareado, puso el intermitente del cuerno izquierdo y despegó rumbo a su casa sin siquiera despedirse. Gerania, muerta de risa (risa de la buena, de la divertida, no de la otra), se fue a buscar un policía, para decirle que se había perdido y avisasen a sus padres.


Cerca de allí había una comisaría, y entró en ella. El agente uniformado del mostrador la invitó a sentarse en un banco, para que esperase allí a su padre, que ya estaba de camino para recogerla. A su lado, un niño muy raro, que también esperaba a su papá, se la quedó mirando.


– Hola. ¿Eres de aquí? –preguntó el niño raro, rascándose la cabeza calva con unos dedos larguísimos y huesudos. La miró con sus enormes ojos negros y sonrió. No tenía dientes. Ni nariz. Decididamente, era un niño rarísimo.


– Sí, me he perdido. Mi papá viene a buscarme. ¿Y tú?


– Yo también me he perdido. Le cogí a mi padre la nave intergaláctica sin permiso, en el tercer sistema solar a la izquierda me equivoqué de camino, y casi choco con un reno borracho que iba por el carril aéreo contrario. No he sabido volver. Me van a tener castigado sin salir hasta dentro de un año luz, como poco.


– Entonces, ¿eres un alienígena? –dijo Gerania, con un hilo de voz y a punto de estallar con un nuevo ataque de risa– Me dan pánico los alienígenas...


– A mí también me dábais miedo los alienígenas. Ten en cuenta que yo lo soy para tí, pero tú lo eres para mí. No eres de mi planeta, por lo tanto eres una alienígena también. Y muy guapa, por cierto...


Papá Alien entró en ese momento, cogió a su hijo en brazos, le dio las gracias educadamente al policía y se marchó. El niño extraterrestre se despidió de Gerania con un gesto de su mano. Vaya, pensó la niña. Para una vez que ligo, es de fuera. Qué mala suerte...


El padre de Gerania no tardó mucho en llegar para llevársela a casa. Llegó tan cansada que se quedó dormida en el sofá mientras su madre le preparaba un vaso de leche. O eso pensaba ella.


A la mañana siguiente despertó en su cama. No le habló a nadie de las pastillas contra el miedo, ni de su aventura del día anterior. Se sentía mejor que nunca, y ya no temía a nada. Ni siquiera a la oscuridad, porque ya sabía que no había nada en ella que pudiese dañarla. Todos esos cuentos, historias y mentiras que se les contaba a los niños para obligarles a obedecer sólo eran eso: cuentos. Ya tendría tiempo, cuando fuera mayor, de temer a los verdaderos problemas; aún tenía mucha niñez por delante para disfrutarla sin miedo.

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