viernes, 24 de febrero de 2012

EL ENEMIGO

            Hace pocos días, en unas desafortunadísimas declaraciones públicas, cierto jefe de policía de cuyo nombre no quiero acordarme calificaba a los adolescentes que se manifestaban en la calle contra los recortes en la educación (y a los que, por cierto, adornaron con favorecedores colores rojos y morados con alegría y salero) (y olé, añado) de “el enemigo”. Sí, sí, habéis leído bien. Los chavales de 12 a 18 años que estudian en nuestros institutos son “el enemigo”.


            Sin entrar en valoraciones personales, que no son el objetivo de este blog, os voy a contar una cosa que me ha ocurrido hoy. Me llamaron anoche para ir a cantar un poquillo de folklore a Alcoy. Podía y quería, así que dije “sí”; los amigos que me buscan normalmente suelen encontrarme, así que allá me fui este mediodía hecha un pincel. Carretera y manta, hora y media escasa de coche por una autovía muy decente, risas, charla y buena música. El evento en cuestión iba a tener lugar en un instituto de formación profesional. Terreno enemigo.


            Fuera, en la calle, había un puñado de enemigos fumando. Nada que no hiciéramos los estudiantes de mi época, cuando éramos solamente estudiantes, y no una amenaza para el orden público (eso no lo he dicho yo, que conste. El comentario lo he recogido del Facebook). Entramos al interior, subimos a una terraza, cruzamos hasta otro edificio buscando el punto de encuentro: la cafetería. Mientras esperábamos a las personas a las que teníamos que agasajar con nuestra música y nuestros cantes, algunos enemigos más entraron y salieron.


            El grupo visitante era muy numeroso. Llegaron cerca de las tres, realizamos nuestra actuación, muy aplaudida, por cierto (grandes músicos, un buen compañero de cante, versos bien construidos por él para la ocasión, y mi humilde aportación), y nos sentamos a comer con todos ellos.


            Os voy a transcribir el menú, primero por poneros los dientes largos, y también porque no tiene desperdicio (y vaya que si no lo tiene, no quedaron ni las migas):


Espuma de anchoas sobre pan de leche con aceite de oliva y caviar de tomate.


Coca de maíz con habitas tiernas.


Carpaccio de rape con piruleta de canónigos.


Huevos Benedictine.


Terrina de pescados y marisco.


Merluza en salsa Colbert y mousse de pimientos sobre patata confitada o Lomo de cerdo relleno de costillas a la barbacoa con crema de castañas.


Pastel de queso con peras al vino y chocolate rizado con bartolillo de crema.


            Si hay alguien que está leyendo esto y no se le ha hecho la boca agua, le invito a que se lo haga mirar. No había nada que no estuviera entre rico y buenísmo. Me lo comí todo, como una niña buena, y más a gusto que un arbusto. Caliente, bien presentado, servido con especial cuidado, la mesa perfectamente atendida, vino, agua, cafés al gusto. En la mitad de bodas a las que he asistido en los últimos diez años he comido bastante peor. Pero ahora viene el detalle, el toque de distinción: la comida, los postres y el servicio de las mesas corrieron a cargo de… tachán, tachán… ¡¡¡EL ENEMIGO!!! Enemigos en la cocina, uniformados de blanco con sus gorros y delantales, enemigos en la sala, uniformados de negro y con sus delantales verdes, todos ellos supervisados por sus profesores. Eran los alumnos de hostelería del instituto CIP de FP Batoi, de Alcoy. Les hicimos salir de las cocinas y formar frente a la barra para que recibiesen la ovación que se merecían, que fue larga, ruidosa y sincera.


            Ellos, los profesionales de mañana, los que serán abogados, jueces, economistas y también administrativos, cocineros, mecánicos o electricistas, son “el enemigo”. Pues un gran aplauso y un “hurra” por el enemigo.

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