lunes, 6 de febrero de 2012

EL FANTASMA DEL POETA

            El fantasma del poeta estaba muy enfadado. Había vivido los tiempos turbulentos, padecido las hambres, las miserias, los fríos, las enfermedades de los pobres durante toda su vida. Su genio febril, sin embargo, se había empeñado en crecer a medida que su salud y su razón decrecían. Era consciente de que de su pluma estaban saliendo los poemas más hermosos que imaginarse puedan, que pasaría a la historia de la literatura universal sin duda, pero se veía sin un mendrugo de pan que llevarse a la boca a pesar de ello, y la cólera que esto le producía iba minando poco a poco su ya de por sí frágil y sensible cordura. Sabía, estaba seguro de que su trabajo algún día valdría una fortuna, pero los estúpidos editores de su época no sabían verlo y nadie quería comprar ni publicar sus escritos. Ni siquiera los periódicos le abrieron la puerta a unas pocas líneas diarias que le facilitasen el sustento.
            El poeta, cuando estaba vivo, sentía que no se le estaba haciendo justicia, y se cansó de luchar. Trazó un plan delirante mediante el cual podría irse de este mundo y esperar una época mejor para volver a nacer, y el día que le pareció más propicio se tiró al mar. La muerte no fue fácil ni indolora, como él había pensado, ni tampoco supuso la liberación de sus padecimientos, como él suponía. Y su fantasma, a la espera de tiempos más propicios para reencarnarse, andaba por ahí casi un siglo después mortalmente aburrido y bastante enfadado.
            Cinco o seis años después de dejar la vida corporal tuvo que ver cómo sus manuscritos eran vendidos por uno de sus sobrinos (uno de aquellos que en vida no querían ni verle, le llamaban “el vago ese que no quiere trabajar y se piensa que con palabritas va a llegar a algo en la vida” o, resumiendo, “mi tío el vago”) a un editor avispado (y extranjero) que luego los difundió como “los versos del último gran romántico”. Resumiendo, que la fama y la gloria le llegaron, pero tarde. Quizá el hecho de haberse suicidado contribuyera a aumentar su éxito, pero la cruda realidad era que, ahora que por fin la literatura le daba la razón,  se veía en estado fantasmal y sin poder continuar con sus creaciones. ¿Tenía o no tenía razones para estar enfadado?
            Así estaban las cosas cuando decidió volver. Sus libros de poemas se vendían como churros, y consiguió nacer de nuevo en el cuerpo de un varón. Esperó impaciente los años de infancia, el aprendizaje de la lectura y la escritura, la adolescencia con todos sus problemas, y mientras tanto fue escribiendo más poemas, para publicarlos en cuanto llegase a la mayoría de edad. La continuación de su obra era, si cabe, más brillante que lo que dejó escrito un siglo atrás.
            Fue expulsado de todas las editoriales que visitó, tachado de “mal imitador del último romántico”, tildado de pedante, de antiguo y de raro. Y su vida volvió a ser el mismo fracaso que cuando la había abandonado por primera vez. Entonces supo que no quería morir de nuevo para alcanzar la gloria, así que guardó sus manuscritos e hizo carrera como representante de detergentes.
            No valen de nada los laureles ni los homenajes cuando uno ya no está para disfrutarlos, así que si alguien que tenéis cerca hace un buen trabajo, decídselo, y si podéis, ayudadle a que se le reconozca. De la muerte solamente se benefician los buitres.

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