miércoles, 15 de febrero de 2012

EL GUISO DE SETAS

            Los cuatro amigos alquilaron una casita rural para pasar el fin de semana. Eran dos matrimonios jóvenes, y planearon la escapada campestre como si de una aventura se tratase. Fueron hasta allí en tren, decididos a salir a coger setas y preparar con ellas la cena del sábado; eran gente de ciudad, y a pesar de que Andrés aseguraba que sabía distinguir perfectamente los hongos comestibles de los que no lo son, el resto no se fiaba del todo. “Ratilla”, la perrita mestiza, gordita y lanuda de Juan y Elena, les acompañaba, y correteaba contenta a su alrededor.
            La temporada de setas estaba en pleno apogeo, según les habían dicho, y no tardaron en encontrar los primeros ejemplares. Andrés las miraba, y escogía las que, según él, se podían comer. Laura, su mujer, se reía de la cara de interesante que ponía cuando inspeccionaba los hongos, y pasaron el día haciendo bromas acerca del tema. Se sentaron a comer los bocadillos que llevaban en las mochilas, y “Ratilla” husmeaba por todos los lados moviendo la cola.
            Al atardecer volvieron a la casa, limpiaron bien las setas que habían cogido, y Andrés las inspeccionó todas de nuevo, con un libro sobre el tema que había comprado para documentarse a fondo; alguno de los hongos le resultó dudoso, y fue a parar inmediatamente a la basura, por si las moscas. No era cosa de arriesgarse a una intoxicación por una tontería.
            Con el fuego de la chimenea chisporroteando alegremente, abrieron una botella de vino y comenzaron a preparar la cena. Frieron la cebolla, después añadieron la cosecha del día debidamente lavada y troceada, echaron la pimienta, el vino blanco y el perejil, todo ello siguiendo una vieja receta familiar que Elena había rescatado de casa de su abuela. Olía de maravilla, pero Laura seguía mirando la cazuela con recelo. No terminaba de fiarse del criterio de su marido a la hora de distinguir las setas, y le daba miedo probar el guiso. Los demás no decían nada, pero la desconfianza cundió en los ánimos de los cuatro. La primera botella de Rioja se acabó, y abrieron una segunda. Arreciaron las risas y las bromas; Laura y Elena cortaron queso y salchichón, y le iban tirando algún trozo a “Ratilla” mientras picoteaban del plato de patatas fritas. El embutido desapareció en pocos minutos, igual que el vino. Abrieron una tercera botella. El guiso de setas ya estaba listo, y se sentaron a la mesa.
            Nadie se atrevía a meter la cuchara en el plato; estaban algo achispados, pero después de tantas bromas sobre hongos alucinógenos y setas malvadas llenas de enanitos, a la hora de la verdad ni el propio Andrés quería ser el primero. Miraron a “Ratilla”, que dormía junto al fuego, y se les ocurrió darle a probar a ella el guiso. Sólo un poquito, para ver si le sentaba bien. Quizá si hubieran estado serenos no se les habría pasado por la cabeza utilizar al animal como catador, pero en aquellas condiciones nadie se opuso. La perrita lamió la salsa y se tumbó de nuevo. Decidieron esperar a ver su reacción apurando el resto del vino que quedaba en la mesa.
            Unos minutos más tarde, “Ratilla” comenzó a temblar. Se levantaba, daba vueltas, se volvía a tumbar, se quejaba. Estaba muy rara. A los cuatro se les apagaron las risas de pronto. Elena se echó a llorar, asustada. Todavía iba a ser verdad que las setas eran venenosas, y la pobre perra iba a pagar las consecuencias de su irresponsabilidad. A Andrés se le ocurrió decir: “bueno, mejor ella que nosotros”, y Juan estuvo a punto de darle un puñetazo por listo. Laura cogió la cazuela con las setas y la tiró a la basura. “Ratilla” cada vez estaba peor. ¿Qué podían hacer?
            “Ha tomado muy poco, sólo era salsa. Vomitará y se le pasará, seguro” decía Juan. Pero Elena no paraba de llorar. La perra comenzó a aullar. El pueblo más cercano estaba bastante lejos, y no había veterinario. Tampoco tenían cobertura en los móviles. No podían hacer nada, salvo esperar.
            Al cabo de un par de horas, “Ratilla” se levantó. Elena y Juan se habían quedado dormidos en el sofá, cerca de ella, y gruñó para despertarlos. Parecía que empeoraba. Juan la acarició, y Elena se echó a llorar otra vez. Con un quejido, la perra expulsó un perrillo sobre la manta. Luego otro, y otro más. Y al cabo de unos minutos, un último cachorro salió de su cuerpo mientras ella lamía a los primeros. Ni siquiera se habían dado cuenta de que estaba preñada.
            Huelga decir que las setas estaban buenas, pero el incidente casi les cuesta la amistad y salir a bofetadas de la aventura, así que desde entonces no se les ha vuelto a ocurrir comer más setas que las que venden en el supermercado. Por cierto, “Champiñón”, “Níscalo”, “Boletus” y “Cantarela”, los cuatro perrillos que nacieron aquella noche, les alegraron la vida durante mucho tiempo.

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