martes, 28 de febrero de 2012

EL JOYERO DE ROCÍO

            Rocío era una niña increíble. No tenía nada material, ni siquiera padres. Tampoco hermanos, que ella supiera. A sus siete escasos años de edad había conocido ya gran parte de las miserias del ser humano. El centro de acogida era el primer lugar que recordaba en su vida, y eso en ella era una suerte, porque el barrio de chabolas en el que la habían encontrado, medio muerta, cubierta de lodo y porquería y mordida por las ratas, no era, precisamente, un lugar del que merece la pena guardar ningún recuerdo. La policía preguntó, pero nadie dijo nada. Todos los habitantes de aquel inmundo lugar se habían vuelto amnésicos de pronto. Los servicios sociales, asqueados de lidiar contra tanta miseria, se la llevaron sabiendo que entre todos aquellos que afirmaban no saber nada había unos cuantos que sabían mucho, pero era inútil insistir.


            La bautizaron Rocío porque a la anterior niña abandonada que se había encontrado la habían llamado Patricia, y siguiendo el alfabeto se saltaron la “Q” por falta de nombres bonitos. Tenía los anticuerpos del SIDA, aparte de una alarmante desnutrición y una fuente inagotable de lágrimas en sus ojos. Lloró durante días porque no sabía hacer otra cosa. En el centro de acogida sabían que era una criatura muy complicada para dar en adopción, su enfermedad latente echaría para atrás a muchos posibles padres. Así fue. Nadie la quiso. Con el tiempo, sus rasgos fueron revelando en su origen una mezcla racial difícil de definir.


            Rocío creció en aquel hogar-escuela, sin apellidos y sin una casa ni una familia a la que volver después de clase. Se fue mostrando poco a poco al crecer como una criatura reflexiva que compartía con los demás solo lo imprescindible. Lo demás, sus deseos, sus pensamientos, sus ilusiones, se los guardaba todos para ella.


            No tenía nada propio. La ropa era propiedad del centro, su material escolar también. Cuando los pantalones y jerseys se le quedaban pequeños, eran heredados por alguna otra niña de menor talla, y lo mismo pasaba con los zapatos. Pero Rocío no se conformaba, y en su afán de tener algo privado y únicamente suyo, secuestró una caja vacía de galletas de la cocina y la convirtió en “su joyero”. La forró con cuidado empleando un papel de regalo maltrecho que había recuperado de la papelera los días posteriores a la última Navidad. Algunos de sus compañeros tenían familia, aunque no podían vivir con ella; algunos recibían incluso regalos por Navidad. Ella no.


            El joyero de Rocío dormía bajo su cama. En él iba guardando sus pequeños tesoros: una bolita del ciprés del patio, dos canicas robadas, una goma del pelo de un fabuloso color rosa chicle, un caramelo a medio chupar… Todo aquello significaba cosas para Rocío, aunque los mayores no lo logremos entender. Pero un día todo aquello cambió.


            Algo falló en el organismo de la niña. A pesar de que tomaba una medicación para que la enfermedad que tenía no se desarrollase, por alguna razón su cuerpo respondió mal. Lo primero fue una neumonía. Luego, una infección intestinal. Después, otra neumonía. Ella solamente quería ver el mar antes de estar tan mal como para no poder moverse de la cama. Pero el mar estaba tan lejos que nadie quería “mojarse”, subirla a su coche, recorrer con ella medio país para que lo conociera y volver.


            Una noche se fue a buscar a Gerardo, el director del centro de acogida, y le entregó su joyero con todos sus tesoros. “Es todo lo que tengo. Te lo doy. Por favor, llévame a ver el mar”. Gerardo abrió la caja de galletas camuflada, contempló las canicas, el caramelo, una tapa de bolígrafo, la goma del pelo, y le entraron muchas ganas de llorar.


            El AVE tarda una hora y media en llegar de Madrid a Valencia. Salieron de mañana, y la invitó a comer en Pinedo, al borde del mar. La niña no podía despegar los ojos de las olas. Pasearon descalzos por la orilla, y cuando el sol comenzó a declinar volvieron a la estación. Cuando llegaron al centro de acogida, Rocío iba dormida. En los bolsillos llevaba sus nuevos tesoros, y los colocó en su joyero en cuanto despertó. Ahora, junto a la goma, la bolita del ciprés, las dos canicas y el caramelo están los pedazos de su sueño que logró robarle al mar aquel inolvidable día en Valencia.


            Gerardo mira la caja cada día. Sigue estando en una estantería de su despacho. Cuando Rocío se fue, pocos meses después de cumplir su ilusión, fue incapaz de tirar el joyero a la basura.

1 comentario:

  1. qué bonito!!! para cada uno su tesoro es lo más valioso del mundo, y sólo por eso no se puede menosvalorar. Precioso cuento me ha emocionado
    felicidades otra vez

    miss.geishy

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