jueves, 16 de febrero de 2012

EL MANDO

            En la vida de Belén todo se estaba torciendo. Nada le salía bien, sus proyectos se malograban uno tras otro, y llegó un día en que se planteó si podía, si debía, y si tenía fuerzas para seguir caminando. Los sueños son muy hermosos, pero de ellos no se come, y sin dinero no les podía dar a los suyos la seguridad que necesitaban. Desde que había decidido salir adelante como inventora, todos sus trabajos habían gustado, pero nadie había querido apostar por ellos. Ninguna empresa quiso fabricarlos, ni comprarle las patentes. Su ingenio se sentía tan triste que ya no tenía ganas de seguir inventando.


            Cerró su laboratorio. Era una pérdida de tiempo. Prefirió no seguir invirtiendo esfuerzos y dinero en una actividad que no le producía ningún beneficio a nadie, solamente le reportaba un bofetón tras otro, una decepción tras otra. No supo lidiar con su propia frustración y abandonó.


            Buscó trabajo, pero no lo encontró. La cosa estaba difícil en todos los sectores. Belén llenaba el tiempo que antes invertía en sus inventos viendo la televisión y comiendo chocolatinas. Engordó mucho, pero le daba igual. Estar delgada tampoco le servía de nada, y al menos cuando veía la tele no pensaba en lo mal que iba todo. Y una de aquellas tardes muertas desperdiciadas en el sofá pasó algo.


            El mando de la televisión se le cayó al suelo, y el canal se cambió solo. En la pantalla había una mujer gordísima, con el pelo lleno de canas y un pijama de color verde. Estaba rodeada de papeles de chocolatinas y botes de coca-cola vacíos. Miraba idiotizada hacia un televisor en el que varios periodistas del corazón discutían y se insultaban a gritos. Reconoció con dificultad sus propios rasgos en aquella mujer. Asustada, recuperó el mando del suelo y trató de cambiar de cadena, pero no pudo. En todos los canales estaba la misma imagen. Dirigió el mando hacia el televisor y le dio al botón de apagar. El aparato desapareció, quedando la mesita vacía y con una huella de polvo como único testigo de la existencia de la tele.


            Se quedó mirando el mando como alucinada; no podía ser cierto lo que acababa de pasar, pero lo había visto con sus propios ojos. ¿Era posible aquello? Apuntó hacia un cojín del sofá, uno muy feo que le había regalado la tía Enriqueta, y apretó el botón verde. El almohadón desapareció. Tenía en sus manos un arma tremenda.


            Belén se fue a ver a su antiguo jefe. Llevaba el mando escondido en el bolso. Había sido un mal jefe, y además la había despedido. No podía perdonarle. El botón verde se encargó de que no volviese a amargarle la existencia a ningún trabajador. Después se fue a ver al responsable de la última empresa que visitó con sus inventos; la había tratado como si fuera estúpida, y la había empujado a la situación en la que ahora estaba. Lo hizo desaparecer. Detrás de él fue el banquero que estaba asfixiándola con la hipoteca, y luego el vecino del quinto, que todas las mañanas le ponía el perrito a hacer pis sobre su felpudo para fastidiarle la vida aún más. Después esperó al niñato que le tiraba las colillas sobre el coche cuando estaba aparcado en la calle, y ¡pluf! Se acabó el problema. Estaba encantada con el mando. Se sentía bien, poderosa y capaz por una vez de poner en su sitio a todos los que le hacían o le habían hecho daño.


            Pasó varios días en una especie de borrachera de satisfacción durante la que hizo desaparecer muchas de las cosas que la rodeaban y hacían que fuera infeliz. Al fin, cuando estaba a punto de volatilizar a un conductor intolerante que casi había hecho que se diera un golpe con el coche, se dio cuenta de una cosa: por muchos obstáculos que hiciera desaparecer siempre aparecerían trabas nuevas, problemas nuevos, malos vecinos, gamberros, jefes estúpidos y empresarios sin visión de futuro, y la tía Enriqueta seguiría haciendo cojines horrorosos, y eso no iba a cambiar. No podía deshacerse del mundo entero y quedarse sola para no tener problemas.


            Se sintió tentada de usar el mando contra sí misma, pero amaba demasiado la vida, a su pareja y a sus hijos. Y la convicción de que si desapareciese ellos serían desgraciados el resto de su vida hizo que pusiera el mando sobre la mesa y lo rompiera en mil pedazos con la maza del mortero. Luego tiró todas las chocolatinas que le quedaban a la basura, abrió su laboratorio y se puso a pensar en el próximo invento.

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