domingo, 19 de febrero de 2012

EL NIÑO QUE GRITA

            No sé cómo se llama, yo lo llamo “el niño que grita”. Tampoco conozco a sus padres más que de vista, ignoro sus nombres, de qué viven y cómo son. Solamente sé con certeza una cosa: que ese niño tiene un gran problema y sus padres tendrán pronto muchos más. No soy una experta en educación infantil, pero lo poco que mi experiencia me dice sobre el tema basta para ver venir ciertas cosas.


            El niño que grita vive en mi barrio. Tendrá seis o siete años, calculo yo. Y hace lo que le da la gana a todas las horas. Si un día no quiere ir al colegio, grita y patalea en la puerta de casa, se tira al suelo, se provoca el vómito… y al fin, su madre claudica y vuelven para dentro. No sé qué hará allí toda la mañana, supongo que ver la televisión o jugar a los marcianitos, porque no creo que sea de los que les da por leer. Si está jugando en la calle y le dicen que ya es hora de recogerse, vuelven a empezar los gritos. Y se queda un rato más. Le he visto gritar en el parque, en la calle, en la puerta del colegio… El niño que grita consigue todo lo que quiere así, gritando como si estuviera loco.


            Los padres del niño que grita discuten todo el tiempo, y no me extraña. Cuando el crío está en pleno éxtasis de berridos, son incapaces de ponerse de acuerdo. Uno dice “déjale”, el otro dice “no lo dejes”. Uno quiere pegarle, el otro lo defiende. Cuando el chaval quiere algo, le pregunta a uno. Si no lo obtiene, le pregunta al otro, y ya está. Y si ese día, por casualidad, los dos le niegan lo que demanda, empiezan los gritos. Se alimenta a capricho, no sabe lo que es un plato de acelgas, pero conoce todas las marcas de pastelitos del mercado. Presenta un incipiente problema de obesidad, y todo el mundo le huye. Al niño que grita ya no lo aguanta nadie.


            Los padres del niño que grita se han quedado sin amigos. Nadie va a su casa a cenar los sábados, porque el enano siempre consigue crear algún conflicto, alguna situación incómoda que ahuyente a los intrusos. Ellos tampoco van a ningún sitio. En las casas de los demás, el niño que grita pretendía hacer lo mismo que en la propia, así que ya nadie los invita. Una vez, en un restaurante, les echaron a la calle porque varios comensales se habían quejado de las rabietas y los gritos del pequeño


            Los profesores del niño que grita están desesperados; es imposible hacer que obedezca las normas que siguen los demás, porque solamente hace lo que le da la gana. No escucha, no respeta. Es inteligente, pero parece tonto. Y esa es la impresión que todo el mundo tiene de él: que es estúpido, que está mal de la cabeza. El psicólogo del colegio ya les ha dicho a sus padres que los problemas de aprendizaje que tiene no son tales. Lo que tiene es falta de educación y de normas. Tiene una grave falta de “NO”.


            Los padres del niño que grita no entendieron que su hijo muchas veces necesitó un “NO” rotundo e inflexible para aprender a ser una persona, pensaron que eran mejores padres dándole cuanto pedía. Ya no tendrán más hijos, he oído que se van a separar. Su amor no ha aguantado la dura prueba de educar al pequeño monstruo. Piensan que han tenido la desgracia de que su hijo sea así, y no se dan cuenta de que ellos son los responsables de haber creado una persona sin futuro.


            Muchas veces me sentí culpable de reñir a mis hijas, de negarles cosas, muchas veces estuve tentada de ceder ante sus rabietas. Los primeros ocho años de la crianza de un niño son extremadamente duros, yo nunca creí que tanto. Muchas veces llamé por teléfono a mi marido al trabajo para saber qué respondió él a la petición que me estaban haciendo en ese momento, y cambié mi respuesta para no contradecir ni ser contradicha. Pude disfrutar mucho más de la maternidad siendo más permisiva, pero ellas habrían pagado las consecuencias. La gran renuncia de ser madre no está en prestar tu cuerpo a otro ser, en sufrir pariendo, en estar disponible las 24 horas del día durante la lactancia o en las noches sin dormir calmando llantos o fiebres. El gran sacrificio de la maternidad estriba en la cantidad de veces que hay que decir “NO” a ese inteligentísimo ser que tenemos delante y que no levanta un metro del suelo para conseguir que no nos destruya a nosotros.


            Hoy he visto al niño que grita darle una patada a su madre porque se había equivocado al comprar el pastelito de la merienda. Y la cara de ella me ha producido una pena inmensa.

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