martes, 21 de febrero de 2012

EL REBAÑO DE OVEJAS

            Érase una vez, en un lejano país, un pastor llamado Pedro. Cuidaba de un rebaño de ovejas que pertenecían a un terrateniente; eran animales pacíficos, y aunque de vez en cuando surgía algún roce entre ellas, la normalidad solía reinar. Caminaban, pacían, rumiaban, amamantaban a sus corderos y dormían. Lo normal en un rebaño de ovejas.


            En el cuidado de los animales, Pedro se ayudaba de dos perros pastores. Los había elegido con especial atención, quiso que fueran inteligentes y cuidadosos, que supieran conducir a las ovejas para alejarlas de los riscos y del río que corría caudaloso cerca de su majada. Los perros obedecían al pastor, y nunca mordieron a ninguna de las ovejas. Ladraban si alguna se iba por el camino que no debía, y con eso era suficiente. Y si no, el amo siempre andaba cerca para vigilar que nada ocurriese.


            Una noche de invierno, un par de lobos intentaron colarse en el redil. Los dos perros defendieron al rebaño con todas sus fuerzas y alertaron al amo con sus ladridos. Los lobos, al fin, se marcharon sin haber conseguido llevarse a ninguna oveja.


            Llegó una época en que dejó de llover, y el pasto comenzó a escasear. Pedro, el pastor, no encontraba nada que dar de comer a sus ovejas, y temió que se le muriesen, así que abandonó el valle con todos sus animales buscando la hierba que les era vital. Las ovejas, cansadas y debilitadas por la falta de comida y la caminata, protestaban y se tumbaban en el suelo, pero el pastor, con ayuda de los perros, consiguió, poco a poco, conducir al rebaño hacia una cañada en la que pensó que podía haber alimento. El terrateniente le preguntó a Pedro el motivo de llevarse a los animales de sus tierras, y el pastor le respondió que si no morirían. “La sequía la manda Dios, no respeta a nadie. Si volvemos a la majada antigua y no llueve pronto, perderemos todas las ovejas”.


            Sucedió que otro pastor quería el puesto de Pedro, y le insistió al terrateniente propietario del rebaño para que lo despidiese. Le hizo creer que no cuidaba de ellas, que no les procuraba alimento ni agua y que por eso los animales se veían débiles y enfermizos. Esa era la razón de que la producción de leche, lana y corderos hubiera disminuido. Le convenció de que era un error dejar que los animales se fueran de sus tierras. Y el terrateniente le creyó. Despidió a Pedro sin contemplaciones y puso a Pablo en su puesto. Éste lo celebró “extraviando” un corderillo lechal que asó para cenar esa misma noche. Después llevó a los dos perros pastores a la perrera y los sustituyó por dos perros de presa, se instaló de nuevo en la antigua majada, que tenía una cómoda cabaña para él, y se echó a dormir. Los animales, que no tenían pasto ni agua por culpa de la sequía, se fueron debilitando cada vez más. Pablo les gritaba: “Estúpidas ovejas, ¿qué queréis? Si tenéis hambre, os aguantáis. Si tenéis sed, os aguantáis. Yo no voy a moverme de aquí, la que quiera buscar nuevos pastos, que se marche”. Algunas se fueron, y no se volvió a saber de ellas. Unas encontraron hierba fresca en otros lugares, otras murieron en el camino, pero a Pablo eso le daba igual. Cuando volviera la lluvia, el rebaño crecería y engordaría en poco tiempo.


            Una mañana, las ovejas se sentaron en el redil y se negaron a salir de él para pastar. El pastor, temiendo que el terrateniente viera que no las sacaba al campo como era su obligación, les echó los perros para obligarlas a salir; al no ser perros pastores, sino de presa, hirieron a un buen puñado de ovejas con sus mordiscos. Los animales, aterrorizados, huyeron en todas direcciones, y el rebaño se dispersó. Pablo se dio cuenta de que tenía un grave problema: cuando el terrateniente se enterase de que había perdido todo el rebaño, le despediría. ¿Qué podía hacer?


            Aquella misma noche, Pablo acuchilló a una de las ovejas y la dejó en el monte para que los lobos la encontrasen. Luego mató otra y la colocó cerca del redil. Finalmente, soltó los perros y se encerró en la cabaña. Sabía que la matanza iba a ser cruel y no quería verlo ni escucharlo, así que conectó la televisión y subió el volumen bien alto. Al día siguiente, los lobos no solo habían dado cuenta de las ovejas muertas, sino que habían atacado a las que andaban dispersas y a las que habían vuelto al redil. Los perros habían huido. Cuando el terrateniente, muy enfadado, le pidió explicaciones al pastor, éste le dijo que la culpa era de los perros, que en lugar de defender al rebaño habían enloquecido y masacrado a las ovejas, y después se habían marchado.


            El terrateniente, que no se caracterizaba precisamente por su inteligencia, se quedó pensando si aquello podía ser cierto o Pablo le estaba engañando. Y Pedro, el antiguo pastor, se abrazó a sus fieles perros, a los que había tenido que rescatar de la perrera con sus últimos ahorros,  y lloró la muerte de los animales a los que durante tanto tiempo había cuidado.

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