sábado, 25 de febrero de 2012

EL RELOJ DE ARENA

            La Muerte miró a los ojos a un hombre y le dijo: “Voy a regalarte un reloj de arena. El tiempo que tarden en terminar de caer los granos dorados es el tiempo que te queda de vida. Lo confío a tu custodia; tengo mucho trabajo en la Tierra, así que no voy a poder estar vigilándote. Te aconsejo, de todos modos, que no intentes engañarme dándole vueltas al reloj antes de que acabe de caer el último grano para alargar tu vida. Si me entero de que me has mentido, las consecuencias para ti pueden ser terribles”. Y dicho esto, la figura siniestra se echó la guadaña al hombro, colocó la capucha sobre su cráneo desnudo y se fue.


            El hombre no quería morir, así que, después de asegurarse de que la harapienta Muerte se había ido, colocó el reloj de arena sobre la repisa de la chimenea. Los granos iban cayendo lentamente al cuerpo inferior del objeto. Calculó que le quedaban muchos años de vida, así que decidió vivirla a fondo. Sabía que no moriría joven, y con esa información privilegiada en la mano arriesgó el pellejo de manera absurda con carreras estúpidas, deportes peligrosos y drogas. Se sentía inmune al peligro porque sabía que su final estaba aún muy lejano.


            Fueron pasando los años, y el hombre se cansó de su vida de locuras. El resto de hombres y mujeres de su edad llevaban una vida tranquila y familiar, y él acabó deseando también una etapa más serena. Se enamoró, se casó y tuvo hijos, y siempre guardó celosamente su reloj de arena para que nadie lo tocase.


            Cuando ya apenas quedaba una fina capa de granitos en la parte superior del reloj, el hombre acababa de cumplir los sesenta años. Empezó a tener miedo. Su hija mayor esperaba una criatura, su mujer, de cincuenta y cinco años, estaba más hermosa que nunca, y los hijos más jóvenes aún estaban terminando sus estudios. No quería morir, no era el momento de dejarlos solos. Aún no. Lo pensó mucho, y decidió burlar a la Muerte y darle la vuelta al reloj de arena para alargar su vida. Ella no tenía por qué enterarse. Lo hizo.


            Escondió el reloj, que ahora marcaba su tiempo prestado, para que nadie pudiese sospechar lo que había hecho. Cinco años después, su nieto contrajo una meningitis muy violenta y murió. El dolor fue enorme, terrible. Demoledor. Algo se le desgarró dentro. Deseó no haber tenido que ver morir a aquel ser que le adoraba y al que amaba tanto como a su propia vida. La Muerte pasó junto a él sin siquiera mirarle después de segar la vida del niño. Seis meses después, sus dos hijos varones salieron de viaje con sus parejas. El avión se estrelló. No hubo supervivientes.


            El hombre sintió que su vida ya no tenía sentido. Tres de las personas a las que más amaba, tres consecuencias directas de sí mismo, habían muerto. Ya nunca volverían. Sentía el corazón hecho jirones, temió enloquecer y quiso morir, pero no podía: su reloj continuaba dejando caer granos de arena de un tiempo que no le pertenecía. Definitivamente, la Muerte sabía que la había intentado engañar, y le estaba castigando con dureza. Se arrepintió de haber creído que era más listo que ella, porque lo que estaba sufriendo era mucho más terrible que el hecho de morir. El hombre entonces buscó el reloj y le dio de nuevo la vuelta. Le quedaban cinco años y medio de vida.


            Consumida por la pena y los anti-depresivos, su esposa, la mujer a la que más había amado nunca, desarrolló un cáncer de hígado. La metástasis fue rapidísima. La perdió. Aún le quedaban cuatro años de castigo, cuatro larguísimos años para llorar a los que le faltaban, sin tener posibilidad de reunirse con ellos. Intentó morir de mil formas, pero todo su esfuerzo resultó inútil: el reloj seguía intacto, desgranando el tiempo de manera inexorable. Intentó romperlo, derramar la arena, precipitar el final, pero no pudo. Ese fue el momento que eligió la Muerte para volver a visitarle.


            El hombre le pidió perdón de rodillas, le suplicó que fuera compasiva y que se lo llevara con ella porque no podía soportar tanto sufrimiento. Ella se echó a reír, levantó su dedo huesudo y le dijo: “Te advertí que no intentases burlarme, y aun así lo hiciste. Tu castigo serán los cuatro años de soledad y llanto que te esperan. Me llamarás mil veces, pasarás muchas noches en vela, derramarás lágrimas tan amargas que te obligarán a vomitar, pero yo no vendré hasta que no transcurra tu tiempo”.


            Cuatro años son un suspiro para quien goza, pero una eternidad para quien sufre. Duraron tanto como todo el resto de su vida junta. Al fin, el día en que los últimos granos de arena debían caer y la Muerte debía venir a por él, el hombre se acostó en la cama con la foto de su mujer contra el pecho y el coche de juguete favorito de su nieto junto a la almohada. Se vistió con la ropa de sus hijos, que había conservado celosamente en sus armarios. Lloró de alivio al ver aparecer a la de la guadaña y le besó la mano huesuda, la misma mano que iba a arrebatarle la vida. Había aprendido la lección.


            No he querido entristeceros con este relato. Simplemente he querido que penséis y saquéis vuestras propias conclusiones. Yo ya tengo las mías.

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