martes, 7 de febrero de 2012

FECHAS SEÑALADAS

            Dunia quitó la hoja de Enero del calendario. Terminado el primer mes del año, era lo más lógico. Revisó el papel antes de tirarlo, por si acaso había en él alguna anotación que conservar. Después lo dobló y lo colocó entre las revistas que iba a bajar al contenedor de reciclaje. No quiso mirar la hoja de Febrero. Para ella, desde hacía mucho tiempo, era el peor mes del año.
            Los recuerdos nefastos de los febreros pasados, por mucho que intentó evitarlo, comenzaron a agolparse de nuevo en su cabeza. Pocas cosas realmente malas le habían pasado en la vida, y casi todas le habían ocurrido durante ese mes. No podía evitar tenerle manía, en especial a una fecha: el catorce. Ese día, todo el mundo salía de cena con su pareja, se regalaban flores, perfumes, bombones, pasteles en forma de corazón… Una gran parafernalia mercantil se alimentaba de esa fecha, San Valentín, el día de los enamorados. Dunia estaba enamorada, pero no celebraba nada el catorce de febrero. Ese día, si podía, ni siquiera salía de casa.
            Cuando se muere alguien a quien amamos mucho, recordamos esa jornada durante toda la vida. Se nos fija en la memoria lo que hicimos, cómo íbamos vestidos… todos los detalles se nos instalan en el rincón de los recuerdos y ya nunca los olvidamos. Ella recordaba los vaqueros oscuros, la blusa de seda negra y el pañuelo rojo que se había puesto al cuello. Recordaba que había ido al instituto, que luego había llamado a su novio desde la cabina de la esquina para decirle que le quería, era su primer San Valentín como pareja. Recordaba lo que habían cenado, la rosa roja que él traía, el pijama que se puso para ir a dormir aquella noche, incluso el color de las sábanas de su cama. Y recordaba la llamada a las doce menos cuarto.
            Perder a un hermano es algo terrible. Ya nunca vuelves a ser el mismo. Eso fue lo que le pasó a Dunia;  la maldita moto y la imprudencia de otro conductor se llevaron por delante los veintiún años de Martín, su hermano mayor. Su imagen se congeló para siempre en aquella barbita de tres días, en el gesto alegre y la chispa de su sonrisa. Y el día de San Valentín se convirtió en un funeral perpetuo.
            Cuando la Muerte nos visita en una fecha señalada, como Navidad, Reyes o cualquier otra, es imposible olvidar ese aniversario, porque a la vez que todo el mundo ríe y celebra, quien ha perdido a alguien se siente doblemente triste. Dunia echaba la vista atrás y no recordaba ningún San Valentín de los últimos veinte que no hubiera llorado. Se puso ante el espejo y se observó detenidamente. Ya tenía canas, arruguitas junto a los ojos, algo de papada y manchas en el dorso de las manos. Sin embargo, Martín seguía mirándola desde la foto que había en el escritorio, y sus rasgos seguían siendo los mismos. Las pecas infantiles continuaban sobre su nariz, la mirada divertida bailaba aún en sus ojos, el pelo seguía engominado y peinado a lo loco, como él lo llevaba siempre.
            Aborrecía ir ese día al cementerio, así que siempre lo hacía antes del catorce. Sin flores, eso sí, porque a Martín lo que le gustaba eran las gominolas. Dunia compró, como todos los años, un paquete grande de ositos de colores, de esos que saben a fruta, los preferidos de su hermano, y los dejó sobre la tumba. Charló largo rato con él, como siempre. Le contó los progresos de sus sobrinas, cómo le iba el trabajo, qué tal andaba el mundo… un poco de todo. Después, aterida de frío, volvió a casa.
            El catorce amaneció gris, igual que aquel. Había pedido el día libre en el trabajo para pasar su duelo anual en casa. Se levantó tarde y dedicó toda la mañana a leer “El Principito”, el libro favorito de Martín. Preparó arroz blanco con tomate casero y huevo frito para comer, como el día en que él se fue. Volvió a llorarle acurrucada en el sillón, viendo antiguos vídeos de “Alf” y “Benny Hill”, aquellos con los que tantas veces se rieron juntos. Y maldijo de nuevo las motocicletas.
            Se quedó dormida frente a la tele, y Martín la visitó en sueños. Llevaba una rosa roja en las manos, como aquella que ella había recibido veinte años atrás de su novio, y que colocó sobre el féretro de él antes de que cerraran el nicho. No había consentido que nadie le regalase nunca más una flor como aquella. “Pequeñaja, he venido a devolverte tu flor. Ya está bien de llorarme. No rechaces más rosas, no te pierdas ni un solo San Valentín más por mí. Celebra tú la vida por los dos”. Ella le contestó: “Tintín, no puedo. Ese día tú te fuiste, y no encuentro nada que celebrar. Aún te necesito conmigo”. Martín le tomó la mano y puso la rosa en ella, obligándola a aceptarla. “Arréglate, llama a tu marido y salid a cenar esta noche. Brindad por lo mucho que os queréis, y no te acuerdes de mí hasta mañana. La vida sigue, y yo no volveré por mucho que lo desees. Aunque, si algún día lo hago, ojalá me concedan de nuevo una hermana como tú. Así que despierta, vístete y diviértete. La vida es muy corta como para perder ninguna ocasión de ser feliz por estar llorando”.
            El marido de Dunia se extrañó de verla arreglada y dispuesta a salir un catorce de febrero. No preguntó sobre la rosa roja que había en el búcaro del tocador; solamente la besó. Y salieron de la mano a recuperar veinte San Valentines perdidos.

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