miércoles, 29 de febrero de 2012

HILO MUSICAL

            A Diego le costaba mucho estudiar. Superar los cursos en el colegio fue un objetivo más o menos asequible, pero al llegar al instituto la cosa se complicó. El problema del muchacho no es que no fuese inteligente, porque sí lo era, pero se veía incapaz de estar sentado estudiando media hora seguida. Se distraía con una mosca que pasase, con cualquier ruido, con los coches de la calle… hasta los ronquidos del perro le sacaban de su frágil concentración, y así era imposible tratar de memorizar nada.
            A medida que el curso avanzaba, los contenidos se iban complicando, las materias cada vez eran más densas y la cantidad de datos, fechas, palabras y nombres que debía retener crecía sin parar. Y él no podía recordarlos todos. Comenzó a fracasar en los exámenes. Comprendía los conceptos en matemáticas, pero en historia, lengua, literatura y geografía iba de mal en peor. Comenzó a creer que era estúpido y pensó seriamente en abandonar.
            Al finalizar el segundo trimestre, las cosas iban rumbo a la catástrofe. Cuanto más lo intentaba, más le agobiaba el fracaso, y no paraba de lamentarse de su supuesta estupidez. Quizá si no hubiese conocido a Aroa difícilmente habría conseguido superarlo.
            Aroa tenía pocos años más que él. Era una muchacha bohemia y dulce, le gustaba cortarse el pelo ella misma, vestir sin seguir las modas, los pañuelos de cuello y las prendas de lana tejidas en casa. Tocaba el piano desde niña, estudiaba el último curso de secundaria y lo compaginaba sin problemas con las clases en el conservatorio. Siempre veía a Diego solo en el patio, y un día se acercó para hablar con él. Poco a poco se hicieron amigos, eran una extraña pareja, el zoquete de primero y la rarita de cuarto, pero se entendían bien. Ella comprendía bien lo que él estaba sufriendo, y trató de ayudarle, pero él no quería. “Las personas como yo no servimos para estudiar”, decía.
            Un día, Aroa se presentó en casa de Diego con su teclado, las patas y una banqueta. Y le dijo: “vamos a preparar tu examen de literatura de mañana”. Se sentó con él, subrayaron juntos las frases clave del tema, las ordenaron y después ella les añadió algunas palabras. Al final de cada una de las frases, puso algo que nada tenía que ver, pero que rimaba con lo que había puesto al final de la línea anterior. Algo más o menos así:
El máximo exponente de los cantares de gesta en España es “el Cantar del Mio Cid” (estoy convencido)
Se desconoce el autor, y narra una parte de la vida de Rodrigo Díaz de Vivar, sus servicios al Rey (me lo he aprendido)
La traición, el destierro y sus hazañas heroicas hasta su muerte. Otros personajes que aparecen (lo tengo chupado)
Son los Infantes de Carrión, sus hijas, Doña Elvira y Doña Sol, su esposa, Doña Jimena, sus leales caballeros hidalgos (está superado)
Y presenta multitud de epítetos épicos, como el detalle de la barba larga, que simbolizaba el valor y la nobleza (ya lo he conseguido).
            Diego no tenía ni idea de para qué iba a servir semejante composición, pero Aroa sonrió y se sentó frente a su teclado. Colocó en el atril el papel que acababa de escribir y comenzó a tocar una conocida melodía. Luego se puso a cantar, sustituyendo la letra original por la que hablaba del Cid y sus gestas. Diego se echó a reír a carcajadas, aquello no pegaba ni con cola, pero Aroa repitió la canción un par de veces más, añadiéndole más versos, más datos. Al final de la tarde, Diego se había aprendido, con tres canciones, el resumen del tema que tenía que preparar.
            Aroa le dijo: “La música es un hilo. Con él se van cosiendo unas junto a otras todas las palabras que conforman una canción, de manera que si tú estiras del principio del hilo las palabras van saliendo solas, porque están cosidas a él. Y es imposible olvidarlas, porque la melodía se te pega, y ya nunca se va. Cuantas más veces escuchas una canción más rápido la aprendes, y para ello no hay que sentarse a estudiar. Basta con escuchar y cantar. Por eso somos capaces de recordar canciones que escuchamos de niños y que no habíamos vuelto a oír;  por muchos años que hayan pasado, es suficiente con tirar del hilo de la melodía, y podemos cantarla prácticamente toda sin equivocarnos. Si consigues cantar tus lecciones, los datos se quedarán cosidos a tu memoria”.
            Al día siguiente, Diego hizo su examen de literatura. Fue el primer notable de su vida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario