domingo, 26 de febrero de 2012

JORDI

            Le conozco desde que nació, o mejor dicho, desde que “lo nacieron”. Jordi era un niño querido y buscado, pero no imaginábamos lo que vendría con él. Ahora que ya han pasado los peores años echo la vista atrás y pienso en su madre y en su padre. En la reacción que tenemos las personas cuando se presenta una situación así de difícil es donde realmente se ve nuestra calidad como seres humanos.


            El cuerpo de la madre comenzó a rechazar al feto cuando estaba de siete meses. Había detectado una malformación en él y pretendía eliminarlo. Ella se hinchó como un globo aerostático, en dos días pasó de tener un volumen normal a parecer una embarazada de gemelos a punto de dar a luz. Consiguieron parar las contracciones con reposo y medicación, entraba y salía del hospital continuamente, y en el octavo mes le dijeron que no veían el problema, así que suponían que estaba en sus tripitas. Podía no tener ano, podía ser que el intestino no fuese funcional, pero no sabían. Hicieron una cesárea y Jordi fue examinado a conciencia.


            En pocas horas se precipitaron las cosas. Seguían sin encontrar el problema, Jordi hizo una acidosis, y luego complicó con una enterocolitis necrosante, o dicho para los profanos, sus riñones sufrían y su intestino se moría a trozos, amenazando con matarlo rápidamente. Lo metieron a quirófano sin esperanzas, lo abrieron de arriba a abajo. Salió lleno de sondas, con una enorme cicatriz y un agujero en su costado que vertía las heces en una bolsa. Y esperaron a ver qué pasaba.


            Los días iban transcurriendo y Jordi peleaba por vivir como una pequeñísima fiera. No le servía la leche adaptada para prematuros, tenía que ser leche humana. Su madre no tenía. Tiraron de donaciones, que gracias a Dios aún existen. En los siguientes meses, su vida dependió de que la siguiente complicación que se presentase no fuese más fuerte que él. Yo no sé la cantidad de médicos que le vieron, la cantidad de infecciones, agujas y medicamentos, ni podría calcular los kilómetros de pasillo de hospital que hicieron sus padres en los siguientes cuatro meses. Y por fin, aquel cuerpecillo blanco, agujereado, cosido y frágil, recibió el alta y pudieron llevarlo a casa. Muchos meses después fue operado de nuevo, extirparon gran parte de su intestino, que no era funcional, y cerraron la colostomía para que pudiese dejar de llevar la bolsa pegada a su piel y su vida se aproximase a la normalidad. Aun así, las visitas a los médicos eran frecuentes: al nefrólogo, al de digestivo, al hematólogo… Hay que suplementarle la sal, el bicarbonato y el hierro porque no los puede absorber de los alimentos, crece muy despacio, es pequeñito y los dientes se le han teñido de gris por los medicamentos. A cambio, Jordi es la alegría de vivir personificada, juega, grita, revuelve, canta, aporrea su tambor hasta que se agota. Es inteligente y curioso, y no da besos porque le dan asco. Si le insistes mucho te arrea un lametón en la mejilla y te dice: “toma, un beso de vaca”. Y se marcha riéndose como un diablillo rubio.


            Esta semana ha cumplido siete años, y quería compartirlo con vosotros. Su vida es el triunfo de la constancia de su familia, del tesón de su madre, de la ayuda de sus tías, de su padre, de los médicos y enfermeras del hospital, que lo vigilaban de un modo exhaustivo, de la mujer que iba donando la leche para su crianza. Hace siete años por estas fechas, dos amigas entramos en su casa y ayudamos a guardar todo lo que estaba preparado para el recién nacido. Quitamos de la vista el capazo, la cuna, el carro, la ropita y el cambiador, y lo escondimos todo en la buhardilla, para que su madre no lo viese al volver del hospital sin él. Lo más probable era que muriese, pero él se empeñó en demostrarnos a todos que estábamos equivocados, que Jordi había llegado para quedarse.


 Las personas como él son las que cambian el mundo cuando crecen. No podrá hacer deporte a nivel de competición, ni será tan alto como otros niños, ni podrá dejar de tomar los suplementos para rellenar las carencias que su escaso tramo de intestino le produce, pero a cambio se come la vida a bocados. Llegará tan lejos como sus ganas quieran, y creedme, tiene muchas. No deja a nadie indiferente.


Felicidades, Jordi. Es la séptima tarta cuyas velas te veo soplar, y brindo por ello. Un beso de vaca, “amic”.

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