miércoles, 22 de febrero de 2012

LA COLMENA

            El apicultor colocó la colmena frente a un campo de naranjos. La miel de azahar era un producto muy apreciado, y si los insectos hacían bien su trabajo podría comprar y colocar más colmenas. Puso a la reina en su sitio, y una gran cantidad de obreras y zánganos comenzaron a hacer su función: fecundar, hacer las celdillas, depositar las larvas, alimentarlas, fabricar cera, recolectar polen… La pequeña sociedad de la colmena tenía tan claros y tan bien repartidos los papeles que marchaba como una máquina perfectamente engrasada.


            Al llegar el otoño siguiente, el apicultor colocó otra colmena junto a la primera, con otra reina y toda su corte. El campo de naranjos abastecía de sobra a las dos comunidades, pero algunas obreras, empujadas por su instinto, volaron a buscar campos más lejanos en los que encontrar su polen vital. Otro plantío de naranjas de otra clase fue descubierto, e inmediatamente comunicaron el hallazgo a las demás obreras. Pronto las abejas comenzaron a visitar el nuevo campo sin descuidar la recolección del otro. La miel se enriqueció, fue abundante, sabrosa y perfumada, y el apicultor colocó una tercera colmena.


            Una mañana, el dueño del campo de naranjos más cercano fue a ver al apicultor. El hecho de que las abejas cruzasen el polen de sus árboles con los del otro campo, que era de otra variedad de naranjas, estaba haciendo que los frutos salieran llenos de semillas, el sabor no era el mismo, y sus clientes estaban rechazando la cosecha. Ya solamente podría servir para vendérsela por mucho menos precio a alguna fábrica de zumos. Le instó a llevarse las colmenas de allí, pero el apicultor no quiso. El dueño del otro campo de naranjos vino con la misma queja que el primero. Le amenazaron con quemar los panales con los insectos dentro si no se los llevaba de allí.


            El apicultor no sabía qué hacer. Si cambiaba de variedad de miel tal vez podría mantener su actividad, así que buscó una zona de monte en la que abundase el romero y colocó allí las colmenas. Las abejas estaban al principio un poco confusas, pero al fin comenzaron a recolectar el néctar de los arbustos aromáticos que las rodeaban. En una de las colmenas nació otra reina, y el apicultor compró un cajón más. Ya eran cuatro.


            La asociación de cazadores que usaba el monte para sus cacerías de conejos y perdices fue un día a hablar con el apicultor. Le dijeron que las abejas les molestaban, que les picaban cuando se acercaban a los panales, y que debía quitarlos de allí porque les estaba perjudicando en su actividad. El apicultor ya no sabía dónde colocar las colmenas para poder seguir produciendo y vendiendo la miel. Y si no tenía miel, ¿de qué viviría? Mientras tanto, una nueva reina reclamó su propia colmena. Ya eran cinco.


            Después de mucho pensarlo, decidió marcharse a otra comarca. Adormeció a las abejas, cargó los cajones en la furgoneta y se fue. Encontró un pueblo abandonado, lleno de casas vacías y en ruinas, y decidió establecerse allí. Estar solo era la única manera de no molestar a nadie. Puso las colmenas en un campo lleno de flores silvestres, y pensó que la miel no sería tan selecta como la de azahar o la de romero, pero no dejaría de ser miel y de estar buena, aunque tuviera que venderla más barata. Después, buscó un pajar con el tejado en pie, y utilizando piedras y madera de las ruinas circundantes, se arregló una casita para vivir.


            Han pasado muchos años de aquello. Ya no está solo en el pueblo, varias familias se han establecido en él. Todos se dedican a la apicultura. Han plantado naranjos, romeros y lavanda en los campos cercanos a la población, tienen una pequeña cooperativa para unificar la calidad de la miel y establecer los precios. Entre todos han ido arreglando casas y corrales, y el pueblo ha vuelto a la vida.


            Cuando el apicultor mira a su alrededor y ve los campos, las abejas, la cooperativa y la actividad de sus vecinos, se da cuenta de que la semilla de todo aquello la plantó él, y que no lo habría hecho si no le hubiesen cerrado todas las puertas. Nada de aquello habría sido posible si él hubiese sido cobarde.

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