domingo, 5 de febrero de 2012

LA ENSALADA DE LEWIS

            El jueves no fue un buen día. Estaba lejos de casa, me sentía sola, y el frío y la nieve lo habían complicado todo de manera que me vi teniendo que quedarme una noche más en Barcelona. Por suerte me habían buscado un buen hotel, moderno, agradable y atendido por personas amables y de sonrisa amplia, y eso siempre facilita mucho las cosas. Llegué un poco decepcionada y muerta de frío; di un paseo por los alrededores mientras hubo luz, me tomé un café y luego me encerré en mi habitación a escribir.
            A la hora de la cena me sentía bastante desanimada. Tenía más ganas de llorar que de comer, pero bueno, me obligué a bajar al restaurante. Y allí estaba Lewis, con su uniforme negro de camarero, sus modales suaves y su habla susurrante. Enseguida me di cuenta por su acento de que había nacido a muchos kilómetros de Cataluña.
            Era un hombre joven, de cabeza casi rasurada, moreno y sonriente. Me indicó mi menú, a mí realmente me daba un poco igual lo que me sirviera, porque sólo hacía falta ver la carta para intuir que la cocina del restaurante era de buen nivel. Me ofreció una ensalada, pescado y frutas. Perfecto. Antes de traer el primer plato, se acercó con su paso elástico para ofrecerme un aperitivo, y luego vino con la selección de panes: de olivas, de cereales, integral, blanco, de cebolla… Elegí el de olivas negras atendiendo a su recomendación; aproveché para saciar mi curiosidad preguntándole sobre su origen, ya que su nombre, Lewis, lucía sobre una chapita blanca en su solapa. “Peruano, señora. Soy de Perú. Enseguida le traigo la ensalada”. Y su sonrisa blanca volvió a destacar en el rostro moreno.
            No sé por qué hablábamos en susurros, parecía que más que camarero y cliente fuéramos dos viejos amigos haciéndose confidencias; además, apenas había seis personas más cenando a esa hora tan temprana. Me sirvió el agua, se fue a la cocina y volvió con un plato. “Aquí tiene, señora. Su Ensalada Ordenada”. La sorpresa me duró unos segundos, lo que tardé en averiguar a qué venía lo de ordenada. Lewis me aclaró: “así, si algo no le gusta sólo tiene que no tocar esa parte del plato. Si todo estuviera mezclado, tendría que ir apartando trocitos con el tenedor, y sería más molesto para usted. ¿Quizá no es de su agrado?”. Yo solté una carcajada, tanto la ensalada como la explicación me parecieron sencillos y encantadores, y de una aplastante lógica y practicidad. “Qué maravilla”, dije.
            Tengo la costumbre de fotografiar todo aquello que me llama la atención para luego escribir sobre ello. Mis hijas, cuando me ven con el móvil en la mano apuntando hacia algo, comentan entre ellas: “eso es carne de cuento”. Y sí, aquella Ensalada Ordenada, y Lewis, con su acento criollo y su amabilidad, eran carne de cuento; sólo fotografié el plato porque él desprendía una calidez que sería imposible de captar con ninguna cámara.
            No hay vegetal que no me guste, así que dejé el plato limpio; también ventilé el bacalao rebozado sobre salsa de tomate y almendras con pimientos de Padrón, y las frutas del postre siguieron el mismo camino. Cuando Lewis me trajo la manzanilla calentita que le pedí, le di una tarjeta del blog y le dije: “búscate en un par de días, vas a salir en un cuento”. Si pudiera describiros la emoción que se asomó a su rostro moreno lo haría, pero no encuentro las palabras exactas, era como un niño la mañana de Reyes. Esa es una de las grandes alegrías de mi profesión. Con esa cara me regaló unos ánimos que me hacían mucha falta.
            Las personas que son ricas en ilusión ven la vida de otra manera, y en cierto modo son bastante más felices que aquellos que sólo ven realidades. Entre otras razones, por personas como él yo me dedico a escribir. Gracias, Lewis.

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