lunes, 27 de febrero de 2012

LA MUELA DEL JUICIO

            Guillermo era el chico más popular del instituto. No era el mejor estudiante, pero sí el que más amigos tenía, y el que más suspiros provocaba entre las chicas. Era monín, pero sobre todo era un chaval simpático y alegre, siempre con la broma a flor de labios, el chiste agudo, la ocurrencia justa para que todo el mundo lo pasara bien. Sacaba los cursos sin demasiado esfuerzo, las notas que obtenía no eran malas, y todo el mundo le quería.


            Cuando cumplió los dieciséis años, de pronto, pasó algo. Se notó un bulto en la encía inferior, justo donde acababa su última muela. La inflamación le dolía bastante. Estaba saliendo su primera muela del juicio. Después le salió otra, luego otra más, y al fin la cuarta asomó su corona blanca terminando el proceso. Lo malo es que, a medida que le iban saliendo las últimas piezas dentales, su carácter iba cambiando. Empezó a hacerse preguntas: ¿lo estoy haciendo bien? ¿Debería estudiar más y salir menos? ¿Tendría que pensar más en la física y la química y menos en las chicas? Todas esas dudas se agolpaban en su cabeza. Poco a poco, fue dejando de salir. Estaba comenzando a preocuparse en serio por el futuro.


            Guillermo le daba tantas vueltas al tema de la universidad, o los ciclos de formación profesional, las salidas laborales, la elección de carrera o de profesión, y a todos esos temas que nunca le habían preocupado en exceso, que ya no estaba tan alegre ni tenía la broma tan ágil. Ni siquiera tenía ganas de bromas.


            Dejó de salir con chicas. No era lo más acertado. ¿Y si le distraían de sus estudios? ¿Y si llegaba a más con alguna, se casaba y después descubría que no era la mujer de su vida? ¿Y si la elegida no les gustaba a sus padres? O peor aún: ¿Y si él no les gustaba a los padres de ella? ¿Debía elegir una chica que fuera a estudiar carrera universitaria o una que se fuera a quedar en casa cuidando de la familia?


            Cada día que pasaba, Guillermo estaba más lleno de dudas, sólo tenía diecisiete años y ya parecía un cuarentón serio y aburrido. Apenas salía, y los chistes y bromas que le hacían tener esa imagen alegre y despreocupada ya no acudían a su cabeza ni salían de su boca. No solo ya no era el más popular del instituto, sino que ahora todo el mundo le veía como un fastidio.


            La madre de Guillermo, al verlo siempre tan caviloso, comenzó a preocuparse. Lo llevó al médico, que le recetó unas vitaminas. “Cambios de la adolescencia. Nada grave”, dictaminó. El psicólogo del instituto le dijo más o menos lo mismo. Sin embargo, la chica de la farmacia que le vendió el bote de vitaminas recetado por el médico, al oírle contar lo que le pasaba, le llamó aparte y le dijo: “A mí también me ocurrió, y ¿sabes qué era? Una de mis muelas del juicio era una muelis futuronegrum. Me lo hacía ver todo complicado, venga a preocuparme por el día de mañana, y sin disfrutar nada del presente. Al final me la hice arrancar, y ya está. Se acabó el problema, y volví a ser la de antes”.


            Guillermo lo pensó despacio, y se dio cuenta de que todo el cambio había venido después de la salida de las últimas muelas. Todavía iba a ser verdad que tenía una muelis futuronegrum. ¿Cómo saber cuál de las cuatro era? Decidió ir al dentista para ver si allí se lo podían decir, pero el odontólogo no supo distinguir cuál de ellas era la culpable de tanta preocupación. El chico reflexionó con cuidado. ¿Qué debía hacer?


            Resolvió vivir la juventud con un poco de alegría. Ya tendría tiempo de preocuparse por cosas de adultos cuando fuera adulto. Se hizo arrancar las cuatro muelas del juicio, y cuando se le pasó la inflamación recuperó la sonrisa.           

1 comentario:

  1. que bonito, me están saliendo las muelas del juicio, espero que no me pase lo mismo jaja :)

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