jueves, 23 de febrero de 2012

LA SUBASTA

         Heredar una casa medio derruida puede ser una gran oportunidad o un gran problema, dependiendo de cada caso. Para Meli representaba, en principio, lo segundo. Había tenido una gran relación con su tía-abuela recientemente fallecida, y ahora encontrarse con que le había otorgado el título de propiedad de su vivienda en el pueblo suponía un gasto que no podía afrontar. En principio, solamente los impuestos y el cambio de nombre de las escrituras ya sumaban una cantidad de dinero de la que no disponía. A ello había que sumarle el hecho de que la casa estaba ya en muy mal estado. La tía Benita había pasado los últimos ocho años de su vida en una residencia, y el tiempo y la falta de mantenimiento habían acelerado el proceso. Ya se sabe lo que pasa en las casas en las que no se vive.


            Después de pensarlo mucho, y con una gran pena, Meli decidió vender su herencia. Con lo que le dieran podría pagar los gastos y aún le quedaría algo de dinero. Abrió la casa, levantó las persianas y se dispuso a recorrerla. Estaba llena aún con los enseres de la tía Benita. Encontró su rosario y su velo de ir a misa, la antigua Singer, las sábanas bordadas para su ajuar de novia que nunca usó, porque se había quedado soltera. También estaba la antigua radio, el botijo, su bastón, el aguamanil de plata, que era su mayor tesoro… A Meli se le ocurrió una idea: podía organizar una subasta con todos aquellos objetos, muebles y enseres. A mucha gente le gustaba decorar las casas de campo con cosas como aquellas, para dar un aspecto de antigüedad al ambiente. También había visto piezas similares en restaurantes, pubs y hoteles rurales. Decididamente, era una buena idea.


            Publicó en la prensa y en la red la subasta y eligió las piezas que iba a vender. Se quedó el rosario de bolitas de ébano, el aguamanil de plata y algunas cosas más que le traían buenos recuerdos. El resto lo fue catalogando y numerando, puso precios de salida a todo lo que consideró vendible, etiquetó, elaboró la lista y fotografió los objetos. Por último, colgó todo en su página de internet y esperó hasta la fecha que había fijado para el evento.


            El día de la venta acudió mucha más gente de la que esperaba. Hubo una puja por la máquina de coser, otra por el arca de guardar las mantas, otra por sus madreñas de madera con un rosetón tallado, las que usaba cuando llovía para no mancharse las zapatillas con el barro de la calle. La lechera de lata, un cedazo, una horca de madera con sus tres dientes y el botijo desaparecieron rápidamente. Los juegos de sábanas salieron también pronto de la casa. El bacín de porcelana, que no estaba a la venta porque Meli pensó que nadie lo querría fue solicitado por un matrimonio. Le puso un precio al azar, y no hubo discusión. Adjudicado.


            A lo largo de la tarde, todas las cosas fueron desapareciendo mientras la caja de Meli se llenaba de dinero. Nunca pensó que fuera a ir todo tan bien. Un hombre preguntó si la enorme radio, una de las primeras con enchufe eléctrico, funcionaba. La probaron, y aún estaba en uso. Pujó por ella y alguien más se interesó. El precio subió hasta los casi seiscientos euros. Vendida. Fantástico.


            Un hombre de unos sesenta años merodeó por allí sin inclinarse por ninguna pieza en concreto. Esperó a que todo fuera vendido, incluido el cuadro de la Última Cena del comedor, el crucifijo del dormitorio y los muebles de la alcoba. Ya no quedaba nada que vender, pero aquel hombre no se marchaba. Meli se acercó a él para preguntarle si necesitaba algo. Su respuesta fue muy extraña: “Quiero la puerta de la casa, si usted tiene a bien vendérmela. No me importa el precio que le ponga”. Intrigada, Meli decidió cerrar la vivienda vacía, ir a tomar café al bar del pueblo y averiguar por qué aquel hombre quería a toda costa la puerta vieja y deteriorada de una casa ruinosa.


            “Doña Benita y mi madre eran pretendidas por el mismo hombre, un carpintero nacido en el pueblo de al lado. Él hizo esta puerta, el tallado, las molduras, el barniz… Cuando tomó las medidas del dintel se fijó en Doña Benita, que según cuentan era buena moza, saludable y bonita, y cuando vino a colocar la puerta ya terminada le habló por fin. Anduvieron juntos unos meses, hasta que llegaron las fiestas del pueblo de al lado. Ese día, uno de los hermanos de ella, posiblemente tu abuelo, averiguó que mi padre había dado palabra a otra mujer, a mi madre. Doña Benita, muy a su pesar porque estaba enamorada, esperó a que viniese a buscarla como cada tarde para dar un paseo, y allí mismo, delante de esa casa que has heredado y a la que no le dejó entrar, le pidió que no volviera más. Y luego entró y cerró la puerta. Dicen que él estuvo llorando y rogando que le abriera durante varias horas, hasta que alguien desde la ventana de arriba le tiró un cubo de agua. Entonces agachó la cabeza y volvió a su pueblo con mi madre. Si Doña Benita hubiera cedido a sus ruegos y le hubiera abierto, yo no estaría aquí. Por eso mi madre siempre me ha dicho que estoy en el mundo gracias a una puerta que no se abrió. Esa es su historia, y por eso quiero comprarla. Mis padres ya no viven, pero después de aquello fueron muy felices y se quisieron mucho. Por eso yo también agradezco que la puerta que hizo mi padre se le cerrara en las narices gracias a la fortaleza de Doña Benita. No olvidó la lección y nunca más le faltó a mi madre”.


            Después de escuchar esa historia, Meli le dijo a aquel hombre que si ponía otra en su lugar se podía quedar con la puerta. Para él significaba algo importante. A ella solamente le había confirmado lo que ya sabía: que su tía-abuela Benita había sido una mujer noble, íntegra y con un gran carácter. Y admirándola aún más en su fuero interno, se fue a casa acariciando el rosario de bolitas de ébano, que dormía en su bolsillo.

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