sábado, 18 de febrero de 2012

LA TORRE EIFFEL

            De tanto ser fotografiada y admirada durante tantos años, la Torre Eiffel se llegó a creer el centro del mundo. Ella pensaba que había sido construida en aquel lugar preciso porque era el mejor que existía en toda la Tierra, y que todo lo que la rodeaba estaba a su servicio. Los aviones que aterrizaban en París venían llenos de gente que solamente había hecho aquel viaje para contemplarla a ella, las calles conducían todas a ella, los autobuses fueron fabricados para llevar a la gente hasta ella. Tenía a su servicio una gran cantidad de personas que se ocupaban de mantenerla limpia, pintada, con el ascensor funcionando, perfectamente iluminada de noche y reluciente de día.


            Desde su altura venía contemplando la ciudad y el cielo desde hacía muchos años, y hasta donde a ella le alcanzaba la vista no distinguía ninguna figura tan alta, tan esbelta ni tan bonita. Por eso con el paso del tiempo la torre se fue envaneciendo hasta creer que todo giraba en torno a ella, y se molestaba si alguna bombilla se le fundía y no era inmediatamente sustituida, o si algún desaprensivo la ensuciaba y no la limpiaban al instante. Le molestaba el mendigo ciego que rondaba bajo ella tocando el violín cada día a cambio de unas monedas de los turistas, pensaba que daba mala imagen y empañaba su belleza. Llegó un día en que hasta los pájaros que se posaban en sus barandillas eran tratados por ella de terroristas desaprensivos que venían a ensuciarla.


            La Torre Eiffel se puso a pensar, y vio que la contaminación de París también perjudicaba su piel, que si llovía se podía oxidar y que el frío hacía sufrir el metal del que estaba hecha, así que decidió presentar al Ayuntamiento un pliego de denuncia en el cual detallaría todas las cosas que la hacían sentirse agredida, convencida de ser tan importante como para que sus reivindicaciones fuesen atendidas de inmediato.


            Al Ayuntamiento del distrito parisino en donde estaba colocada la torre llegó una carta extraña. Iba dirigida al alcalde, así que fue abierta, como todas, por su secretario. El hombre, acostumbrado a leer toda clase de cosas, soltó una carcajada, y tiró la hoja a la papelera sin siquiera pasar de la segunda línea. ¿Qué clase de pirado se entretendría en escribir cartas al alcalde firmando como “La Magnífica y Sin Igual Torre Eiffel”, y atreviéndose a pedir quién sabe qué estupideces? Sin embargo, la limpiadora que se ocupaba de mantener el despacho del Alcalde se fijó en la hoja cuando pasó a vaciar la papelera, la leyó y se la guardó en el bolsillo.


            Al llegar el siguiente verano, la mujer de la limpieza hizo la maleta y fue a pasar unos días a su Sevilla natal. Se acercó paseando hasta el río Guadalquivir, y comparó sus aguas llenas de destellos de sol con el Sena gris que veía a diario. Al llegar a la Torre del Oro se detuvo a mirarla de arriba a abajo, y comparó el color de su piedra histórica con el hierro frío y gris de la Torre Eiffel junto a la que pasaba para ir a trabajar. Y sacudiendo la cabeza con un gesto de resignación se acercó a la hermosa edificación sevillana. Se sentó en un banco y sacó del bolso la carta que el monumento parisino había dirigido a su alcalde, y una fotografía de la vanidosa torre metálica.


            Durante toda aquella tarde, la del Oro y ella comentaron el pliego de reivindicaciones de la francesa: abolir el invierno, exterminar los pájaros, prohibir la lluvia, ser pintada dos veces al año en lugar de una vez cada diez años, expulsar a los mendigos de sus alrededores… La torre sevillana se reía de la vanidad de la parisina. Se imaginó a sí misma en una ciudad gris sin pájaros, sin lluvia que limpiase el aire, iluminada como un árbol de Navidad, y decidió que, definitivamente, la otra estaba loca. Y cuando Pepa, la limpiadora, le enseñó la fotografía de la Torre Eiffel, se removió hasta los cimientos con una carcajada que resonó en toda Sevilla. ¿Ese montón de chatarra se creía el centro del Universo? ¡Pero si solo era una antena de radio venida a más!


            Pepa, a su vuelta a París, compró un ticket de ascensor para subir a la Torre Eiffel, y bajo una de las barandillas del mirador pegó una foto de su Torre del Oro con un mensaje de ésta: “Admítame un consejo, Mademoiselle Eiffel. Mis casi ocho siglos de vida me han enseñado que solamente soy un montón de piedra con algo de arte, igual que usted solamente es un montón de hierros con algo de ingeniería. Lo que de verdad nos diferencia es que yo soy feliz y usted no, y le voy a decir por qué: yo sé que soy un elemento más de lo que me rodea, que el sol y la luna no están a mi servicio, que los pájaros no viven para amargarme la vida, que los hombres no son mis criados, y que si fui construida un día y tantos años después sigo aquí es porque mis piedras hablan. Cuentan historias de moros y cristianos, de barcos de río y de mar, de guerras y de paces, de puestas de sol, de descubridores, reyes, caballeros y espléndidas mujeres andaluzas. Por eso, si usted quiere sonreír cada día en lugar de destilar amargura por todos sus tornillos, hágase un favor a sí misma y escuche el violín del mendigo al que tanto desprecia. Siéntase parte de algo mucho más grande, disfrute de la gente, del otoño, del aire, y de todo lo que ocurre a su alrededor, y verá cómo, con el paso del tiempo, el haber sido testigo de lo que ha pasado junto a usted será su verdadero valor. Así se convencerá de que, en realidad, está usted rodeada de cosas tan bellas que mantenerse en pie y envejecer junto a ellas es un regalo, aunque nos vayamos deteriorando”.


            Pepa se alejó caminando por la orilla izquierda del Sena. Se dio la vuelta para contemplar a la Torre Eiffel, y le pareció ver que lloraba.

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