jueves, 9 de febrero de 2012

LAS LISTAS DE MARISA

            Marisa era una mujer extremadamente metódica. Lo planificaba todo hasta la obsesión, y luego obedecía a esas planificaciones previas de manera escrupulosa. Nada se escapaba a su análisis, y todo acababa formando parte de una de sus listas. Y es que Marisa, antes de hacer nada o de decidir nada, elaboraba siempre una lista. Si tenía que ir al supermercado, hacía una lista, y no compraba nada que no figurase en ella. Si debía aceptar o no una cita con un hombre, hacía una lista con lo que le gustaba de él y otra con lo que no le hacía gracia, y después las comparaba. La lista con más conceptos ganaba e inclinaba la balanza en un sentido u otro. Así lo hacía con todo.
            Marisa había llegado a hacer tantas listas que tenía carpetas llenas de ellas, ordenadas por conceptos (listas de la compra, listas de limpieza de la casa por orden de rincones, listas de cualidades de chicos, listas de tareas…), cada una con su fecha, para no olvidar lo que decidió ni cuándo, lo que compró y cuándo… Así, si quería saber la fecha de la última limpieza de, por ejemplo, el armario de las escobas, sólo tenía que consultar el dato en alguna de sus múltiples listas.
            Una mañana, Marisa se levantó preocupada. Cuando había empezado a salir con su actual novio había elaborado una lista de las cosas que amaba de él, y otra con las que detestaba. Lo malo es que a lo largo de los meses la de las cosas que no le gustaban había ido en aumento, y la otra menguaba cada día. Incluso había conceptos que en principio estuvieron en la de virtudes (tiene una risa encantadora) y habían sido tachadas y pasadas a la de defectos (se ríe como una morsa con espasmos), y los “contras” ya ganaban a los “pros” por goleada. Tenía que acabar con aquella relación, pero no sabía cómo hacerlo sin herir demasiado a Toño, su casi ya ex – novio. A pesar de lo de las listas, le tenía cariño.
            Pensó durante todo el día la mejor manera de romper con él. Le dio vueltas, y más vueltas, y al fin decidió quedar para cenar en un restaurante. Así, en público, sería más fácil. Y dicho y hecho, llamó a Toño y reservó mesa en la Trattoria a la que solían ir los fines de semana. No se arregló mucho para la ocasión, no quería estar demasiado atractiva. Tampoco se perfumó, no se trataba de seducirle, sino de abandonarle. Le daba un poco de pena, pero la lista decía que aquello se tenía que acabar.
            Cuando llegaron al restaurante, su camarero de siempre les llevó a su mesa de siempre. El mantel de cuadritos verdes, la vela roja en una botella vacía de Chianti, la música de Ramazzotti, Tozzi , Mina y Toto Cotugno, el aroma de albahaca y orégano… todo invitaba al romanticismo. Toño iba especialmente guapo, y aunque advirtió que Marisa no se había esmerado tanto con su aspecto, la besó y le dijo que estaba muy linda. Ella se sintió halagada, pero la lista era la lista… No se atrevió a decirle nada durante el aperitivo, ni tampoco durante el primer plato. Antes de los postres, Toño se fue al aseo, y Marisa se quedó sola. Aprovechó para respirar hondo y prepararse para dar el paso. Repasó la lista que llevaba en el bolso: Le vas a dejar porque siempre llega tarde, porque odias su risa ridícula, porque no te gusta la actitud de su madre, porque es un desastre con la ropa, porque no se corta el pelo tanto como debería, porque lleva el coche siempre lleno de barro, porque no sabe decirle que no a su jefe, porque su perfume empalaga, porque…
            Guardó el papel en el bolso, temerosa de que él volviese y la descubriese consultando las razones que tenía para romper con él. Mientras le esperaba, paseó la mirada, distraída, por su silla. En el respaldo estaba colocada la americana de él, y de su bolsillo sobresalía algo blanco. Marisa, curiosa, sacó el papel y comenzó a leerlo a hurtadillas. Era una lista.
“Vas a pedirle que se case contigo porque: se parece mucho a ti. Adoras su risa. Te enamora su perfume. Está guapa hasta cuando no se peina. Te recuerda que tienes que ir a la peluquería porque le gusta verte guapo. A mamá le parece una chica estupenda. Te dice qué es lo más apropiado para ponerse en cada ocasión, porque tú no tienes ni idea. Llega siempre puntual a los sitios, incluso antes que tú (tratar de mejorar eso, siempre llegas tarde), y nunca te dice “me hiciste esperar”. Es la mejor mujer que has conocido”.
            Cuando Toño llegó de nuevo a la mesa, Marisa estaba llorando, pero no le explicó por qué. En el cenicero que había junto a la botella de Chianti humeaba un papel recién quemado: era la lista de las razones por las que iba a dejarle. Se había dado cuenta a tiempo de que escuchar solamente a la cabeza y a la razón no es el camino para ser feliz. La lista de Toño obedecía a su corazón, y Marisa, por primera vez, había escuchado al suyo.
            Dijo “SÍ”.

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