sábado, 4 de febrero de 2012

MI NURI

            Lo que siente un hombre por su mujer, novia, pareja o lo que sea, se le ve en los ojos cuando habla de ella. Es algo que no se puede ni fingir ni esconder. Puedo escuchar a cualquiera hablarme maravillas de su mujer, describirme al detalle todas sus buenas cualidades, y con sólo mirar a sus ojos se me hace evidente que no la ama. Y sin embargo, hay hombres que solamente te dicen el nombre de su media naranja, y esas pocas letras encienden tal chispa en sus pupilas que podrían iluminar un edificio entero.
            Ayer conocí a Ramón. Fue algo casual, producto de las circunstancias. Compartimos un par de horas de televisión, charla y confinamiento en una sala, exigencias del guión. Charlamos de todo y de nada. Los dos habíamos ido allí tratando de ganar un premio, pero no competíamos entre nosotros. Yo le hablé de mi vida, de mi profesión de escritora, de mis cuentos, mi música, mi marido y mis hijas. De lo que ocupa todo mi tiempo, en resumen. Él también me habló de su trabajo, de su día a día, y de Nuria.
            Los ojos de Ramón cuando habla de Nuria, de “mi Nuri”, como él dice, cambian en el instante en que pronuncia su nombre. Se inundan de ternura, de admiración y de luz. El amor y el respeto le sobrepasan y los sentimientos se le salen por las costuras sin que él pueda ni quiera hacer nada por evitarlo. Yo necesitaba el dinero para seguir escribiendo y sacar adelante mi libro de cuentos. Pero el cuento de Ramón era distinto. Era una pesadilla terrible, de la que ya estaban despertando; un drama real y palpable que puso a prueba todo lo que son, como seres humanos y como pareja, y que ha hecho que si antes la amaba y la admiraba, ahora lo haga mucho más. La historia entera forma parte de la vida privada de Ramón y Nuria, y por eso no os la voy a contar, sería como traicionarles. Sólo os diré que ninguna mujer debería verse en la tesitura de elegir entre la vida y la muerte, y ella lo hizo con valentía y con entereza, pero antes de dar una respuesta definitiva le preguntó a Ramón, y los dos de la mano tiraron adelante sabiendo que se les rompían muchas ilusiones, pero que era preciso luchar.
            Nuria está ahora superando un cáncer de mama. Como muchas otras mujeres, pensaréis. Sí, es cierto, como muchas otras mujeres. Pero para ella supuso mucho más que perder un pecho o parte de él, ganglios, el pelo o la forma de su cuerpo. Y esa renuncia hizo que Ramón la admire como a una heroína, por ser capaz de superar, de sobrevivir, y de luchar para seguir junto a él, para no dejarle solo.
            “Quiero ese dinero para llevar a mi Nuri a hacer un crucero de lujo; quiero que se sienta como la reina que es, se lo merece por lo mucho que ha peleado, por lo que ha padecido, porque está ganando la batalla. Y porque es la persona más valiente que he conocido nunca. Nuri, mi Nuri, es la mujer 10, y yo le daría hasta la luna si pudiera alcanzarla, porque ella lo vale”. Y los ojos de Ramón, mientras hablaba de ella, iluminaban Barcelona entera. Esa mirada, la intensidad de esa luz, la veo cada vez en menos ojos.
            Yo perdí en el juego, como ya sabéis. Y me sentí mal. Pero aún me sentí peor cuando vi que Ramón también perdía, y el regalo que le quería hacer a “su Nuri” se esfumaba. Si él hubiese ganado me habría alegrado tanto como si lo hubiese hecho yo. Nos dimos un abrazo para despedirnos, y supongo que nunca volveremos a vernos, pero de verdad deseo que alcancéis todo aquello que deseáis. Porque merecéis ser felices, porque os habéis ganado el derecho a disfrutar de la vida, y porque aún os quedan muchas cosas por hacer y por vivir juntos. Y mientras esa chispa se encienda en tus ojos cuando hablas de ella, mientras sigas queriéndola así, todo lo que soñáis será posible. Todo, todo. Encantada, de verdad, muy contenta de haberte conocido, Ramón. Dale a “tu Nuri” un beso grande de mi parte.

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