domingo, 12 de febrero de 2012

PLUMAS

            La familia llegó con el coche lleno de maletas. Iban a quedarse un mes en el pueblo, en casa de los abuelos. Por aquel entonces era una modalidad de veraneo muy extendida, no se estilaban los hoteles de “todo incluido” ni los cruceros por las islas griegas. Aunque las familias como aquella, con un sueldo solo y tres niños, tampoco se lo habrían podido permitir. Hoy en día, a lo que se hacía entonces se le llama “turismo rural”, y se ha puesto de moda. Cosas del progreso.
            La familia, como iba diciendo, llegó con el coche cargado hasta los topes de bultos, y los tres niños desaparecieron en cuanto se bajaron del vehículo. Allí eran libres, podían ir y venir a su antojo sin vigilancia, y cada uno se fue a practicar su afición favorita: el mayor a dar patadas al balón, el mediano a rodar con la bicicleta, y la pequeña a visitar a las vacas, ovejas, gallinas y conejos de todo el vecindario.
            La madre organizó todas las provisiones que llevaban desde la ciudad, porque el pueblo carecía de tienda; después preparó las camas de todos, colocó la ropa de todos y se dispuso a preparar comida para todos. La abuela la ayudaba, feliz de tener compañía. El padre se fue a echar una mano al abuelo en la huerta, no sin antes revisar todos sus aparejos de pesca para ir al río en cuanto amaneciese el día siguiente. A la hora del desayuno volvería con truchas frescas para la cena de todos.
            Cuando los niños se sentaron a desayunar, el padre acababa de entrar a calentarse junto a la cocina de carbón; a pesar de ser pleno agosto, la montaña era la montaña, y el frío obligaba a buscar cobijo junto a la lumbre. Ocho hermosas truchas venían en su nasa, y la abuela las recibió con una sonrisa de orgullo. Después, él se aseó con el agua caliente del cacharro que siempre había dispuesto sobre la cocina. Entonces se dio cuenta de que no podía afeitarse: había olvidado la brocha en casa, y no tenía con qué hacer la espuma. Aún no existían los sprays de gel que hay ahora, en aquellos años se usaba jabón de barra, y la brocha era indispensable. No quiso besar a los niños ni a la madre para no pincharles con su barba incipiente.
            Acabado el desayuno, los chiquillos desaparecieron; tenían orden de volver a la una y media para lavarse antes de sentarse a la mesa, pero se hizo hora, los mayores llegaron puntuales, y la pequeña no volvía. A las dos menos cuarto los padres salieron a buscarla. No la vieron en la plaza, ni tampoco junto a la ermita. Preguntaron en casa de los primos, pero no estaba allí. Comenzaron a preocuparse. Los abuelos se unieron a la búsqueda, y también los hermanos mayores. Fueron preguntando por las casas de los vecinos, que tampoco sabían nada. Entraron en todas las cuadras y corrales, sin resultado. Una hora después pensaron que debían llamar a la Guardia Civil, así que se dirigieron a la oficina del teléfono, el único lugar de la aldea que contaba con línea. De camino hacia allí la vieron venir. Cojeaba.
            El padre y la madre corrieron hacia ella; el susto hacía que pareciesen enfadados, pero en sus reproches había más miedo que enojo. La niña no entendía qué era lo que pasaba. Venía sucia, llena de arañazos y con varias heridas en las piernas y las manos, y al ver tanto revuelo se echó a llorar. ¿Qué te ha pasado? ¿Dónde has estado? ¿Cómo te has hecho esas heridas? ¿Por qué no volvías a casa? Y la niña, aturdida, no acertaba a contestar a nada porque el hipo, los mocos y las lágrimas no se lo permitían. La llevaron a casa casi en volandas, la madre la lavó con agua tibia, la abuela le puso agua oxigenada y mercromina en las heridas, y el revuelo se fue apaciguando. Entonces, pasado ya el susto y calmado el llanto, la niña dijo: “perdóname, mami, pero es que a las gallinas no les gusta que les arranquen las plumas”. Y sacó de su mochila un manojo de plumas, de distintas formas y colores. Había pasado la mañana buscando las gallinas del pueblo con el plumaje más bonito, las había perseguido hasta sus gallineros para tratar de coger las plumas que se les hubieran caído, e incluso a algunas les intentó arrancar una o dos si eran realmente coloridas y llamativas, cosa que, evidentemente, no les había hecho mucha gracia a los animales. Los arañazos y picotazos que llevaba en las piernas así lo aseguraban. Después, se había puesto a buscar una cuerda, y como no encontró ninguna se quitó el cordón de una de sus zapatillas; se le salía al andar, pero no le importaba. Con todo ello había hecho un hermoso manojo. Había algunas plumas negras de cola de gallo, otras rojizas, blancas con manchas negras, grises, blancas… Le ofreció el ramillete a su padre y le dijo: “Toma, papi, tu nueva brocha de afeitar. Así podrás darme besos sin miedo a pincharme con la barba. Siento haberos asustado, pero papá necesitaba una brocha, y yo necesito que me dé besos”.
            Cada mañana, durante todo aquel mes de agosto, el padre se afeitó usando su brocha de plumas de gallina, y después, con la cara húmeda y oliendo a jabón de La Toja, iba a despertar a su niña y a comérsela a besos. Aún hoy el olor de aquella marca de jabón de afeitar  trae a la memoria de ella el verano de cuando tenía seis años.

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