miércoles, 1 de febrero de 2012

VIAJES

            Hacía muchos años que no viajaba en tren. De hecho, es uno de los medios de transporte que menos he usado en mi vida, y no porque no me guste. Simplemente porque las cosas han venido así. Tampoco es que yo sea lo que se dice una golondrina viajera, básicamente por falta de recursos económicos. Hay tantos sitios a los que me gustaría ir, tantas cosas que querría ver, que me volvería loca en una agencia de viajes a la hora de escoger el destino de mis sueños. Es que yo tengo muchos sueños.
            Recuerdo mi primer trayecto ferroviario, allá por la más tierna infancia. Fue un corto León-La Vecilla que se me hizo larguísimo, tanto por mi impaciencia infantil (¿ya llegamos, mami? ¿Cuándo llegamos, mami?) como por las características de los trenes de entonces. Recuerdo el ruido y el traqueteo, el frío y la incomodidad de los asientos. Y recuerdo el terror que me produjo el ver aquellos inodoros de entonces, con su agujero que iba directito a la vía. Me negué a usar el aseo por si me colaba para abajo y me quedaba en el camino. Mi madre todavía se está riendo. Qué diferencia con los trenes de hoy en día.
            También tengo que decir que hay viajes y viajes. No es lo mismo coger un tren para ir a ver a la novia que cogerlo porque papá se ha puesto enfermo de gravedad. No es igual ir en viaje de trabajo que a hacer turismo, ni tampoco se puede comparar llevar las expectativas altísimas y la ilusión en grado 10 de la escala Richter que ir arrastrando la moral a la par que la maleta.
            La última vez que estuve en Barcelona fue en viaje de placer. Celebrábamos mi cumpleaños visitando a la familia que tenemos por allá, y aprovechamos para hacer un recorrido precioso por el casco antiguo siguiendo los escenarios de la novela “La Catedral del Mar”, de Ildefonso Falcones, un libro que me encantó, y que reconozco que me hizo ver una ciudad que ya conocía con otros ojos. A pesar del frío, nos tomamos un helado enfrente de la iglesia de Santa María del Mar, la que da nombre a la novela, pateamos lo indecible, echamos monedas a las estatuas humanas de las Ramblas y lo pasamos en grande.
            Hoy viajo en un tren comodísimo. Un calorcito agradable, asientos cómodos, reposa-pies, auriculares, música, una peli en la pantalla, y unos aseos limpios, blancos y con agua. El ruido es poco más que un agradable ronroneo, y si me entra el hambre puedo ir a la cafetería a tomarme algo. Qué distinto a lo que yo recordaba de aquel tren de mi infancia. Voy a Barcelona, pero no a ver a la familia, sino a buscar una oportunidad. Esta vez voy sola, sola ante el peligro, y no habrá paseo por las Ramblas, ni turismo, ni helados.
Emprendo esta aventura llena de esperanzas. Quizá este viaje me de un respiro económico que me permita seguir escribiendo un tiempo más, a ver si de una vez llega mi oportunidad. Mañana por la mañana puede cambiar todo, o puede no cambiar nada, pero al menos me dan la ocasión de intentarlo.
            Tengo ganas de llegar. Intentaré disfrutar, pasarlo bien y reírme, y si al fin no consigo lo que pretendo, al menos volveré a casa con una experiencia más, algo que contaros uno de estos días. Mañana, cuando coja el tren de vuelta a casa, seguramente lo haré sonriendo, aunque traiga la maleta vacía. El mundo de la televisión me es completamente ajeno, así que ya os diré si me hice amiga de alguna cámara o, por el contrario, todas me miraron mal y salí en la pantalla con cara de ser la hermana fea de la Bruja Averías. Eso sí, pase lo que pase, no faltaré a nuestra cita diaria, y cuando pueda contaros la experiencia, prometo que lo haré de modo que os arranque alguna carcajada. Palabra de cuentista.

1 comentario:

  1. Estimada Jefa del lugar.

    Quiero éste para mi blog... ¿se podrá?

    Le mando un abrazo

    http://heroismoagonizante101.wordpress.com/

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