sábado, 10 de marzo de 2012

ADIÓS, AMIGO

            Porque me quisiste. Porque te quise. Por eso me cuesta tanto despedirme de ti. Siempre es demasiado pronto, siempre se van los mejores, y tú eras uno de ellos. En realidad creo que nunca conoceré otro como tú, con tu belleza, con tu vocación de servicio, con tu manera de caminar y de acogerme, con tu calor. Habrá otros, pero ninguno como tú.


            Recuerdo la primera vez que te vi. No me enamoré, lo confieso, aunque sí me gustaste. El cariño vino con el roce, como en el refrán. Pronto me di cuenta de que las horas contigo pasaban en un suspiro, y fuimos juntos a tantos sitios, hicimos tantas cosas divertidas que si me pusiera a contar no pararía. Tú y solo tú conseguiste que perdiese el miedo, que me lanzase, que fuera valiente y decidida. Contigo me sentía protegida, segura. Me abrazabas y yo me veía invencible. Hacías que no hubiera frío que me acobardase ni calor que me aplastase. Tú y yo, juntos, éramos un equipo ganador.


            Veinte años no son nada, dice el tango, pero para ti y para mí sí lo han sido. Veinte años han supuesto muchos cambios para mí, y en todos tú has estado presente. Me viste enamorada, me viste casada, me soportaste embarazada, incluso te vomité encima un par de veces. Eso es más de lo que muchos aguantarían, pero nunca te oí protestar. Acogiste a mis hijas, las protegiste desde su primer día de vida, has cantado para ellas, les has contado cuentos. ¿Y conmigo? ¿Cuánto has cantado conmigo? ¿Cuántos boleros, cuántas canciones de los ochenta, cuántos programas de radio hemos compartido? Cientos. Miles, diría yo. Veinte años de correrías dan para mucho, y tú y yo los hemos disfrutado a fondo.


            He sido muy desconsiderada contigo a veces, lo sé. Por descuido, por el “mañana lo haré”, por el “es que ahora no me viene bien”, no te he dado siempre el trato que te merecías, y sin embargo tú nunca me has dejado en la estacada. Bueno, miento. Una vez te enfadaste y me diste plantón, pero solamente fue una vez, y yo, en contrapartida, te he dejado esperándome bajo la lluvia, bajo el sol abrasador del verano o con tres grados bajo cero, y jamás te he oído protestar. Hasta hoy.


            En este instante de despedida me vienen a la memoria muchos momentos contigo, como aquel en que casi nos matamos, ¿te acuerdas? Hacía calor, fue un mes de julio, y tuvimos ese accidente tan estúpido en el que nos hicimos tanto daño. Tú no podías ni caminar, y yo, llena de magulladuras, tuve que soportar dos meses aquel collarín. Menos mal que los dos nos recuperamos, pero sé a ciencia cierta que tú me protegiste con tu cuerpo, y por eso tus lesiones fueron tan serias que llegamos a temer lo peor. Aunque tengo que reconocer que desde aquello ya no fuiste el mismo.


            Hoy tengo que despedirme de ti, y no sé cómo. No me acostumbraré a estar con otro, yo te quería a ti. ¿Por qué me has hecho esto? ¿Por qué no me avisaste de tu enfermedad? ¿Por qué he tenido que verte morir entre mis manos? “No hay nada que hacer”, nos ha dicho el señor de las emergencias. “Se le ha roto la correa de distribución. Ha muerto”. Casi ni he podido despedirme de ti antes de que la grúa se te llevara al desguace. Apenas me dio tiempo a sacar mis cosas de tu interior: las sillas de las niñas, la herramienta auxiliar, las estampitas que se empeñó mi suegra en ponerte dentro de la guantera, la camiseta que cubría mi asiento… Te he visto partir definitivamente, y me he sentido perdida, vulnerable y muy, muy sola.


            Mañana iré a comprar un coche nuevo. Será más moderno, más bonito, con más botones y lucecitas, pero no tendrá mi huella en el asiento del conductor, ni tu color gris plata especial y sufrido, ni las rayas que te hice aprendiendo a aparcar en cordón. Siempre te recordaré. Adiós, amigo, cochecito mío. Que tengas un feliz reciclaje.

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