miércoles, 21 de marzo de 2012

BROTES

            Uno de los caminos por los que más suelo transitar en mis paseos habituales discurre por la orilla de un barranco. Normalmente el cauce está seco, o lleva dos palmos de agua como mucho; no tengo el rumor de la corriente para acompañarme, pero sí el murmullo del viento entre los cañaverales que crecen animados por la humedad. Es, junto con el canto de los pájaros, uno de los sonidos más reconfortantes de la zona.


            El otoño pasado, cosas del progreso, decidieron asfaltar todo el camino, que era de tierra apisonada, para facilitar el tránsito de coches y bicicletas por allí. Cuando me lo dijeron, fui a disfrutarlo una vez más, antes de que las máquinas de petróleo negro y caliente arrasasen aquello. Me acerqué para despedirme de las cañas del cañaveral, que tantas veces me habían acompañado con su canto vegetal, que tantos caracoles me habían proporcionado durante años. Me senté junto a ellas, acaricié sus hojas ásperas, y les dije lo que iba a ocurrirles. “Lo siento, amigas. Os cortarán, y taparán la tierra con asfalto, ahogando el lugar en el que crecéis. Mañana ya no estaréis aquí, y creedme que de verdad lo siento. Voy a añorar vuestras voces cuando camine junto al barranco, pero no puedo hacer nada por evitarlo”. No pude contenerme y me eché a llorar, ya sabéis que soy de lágrima fácil. Al otro lado del camino, en los huertos, los naranjos temblaron, pero les dije que no temieran, que ellos no se verían afectados. Solamente cortarían las cañas. Ellos respiraron tranquilos, enviándome una bocanada de aroma a mandarina recién nacida para consolarme.


            Mis amigas las cañas, esas que me regalaron algunos de sus tallos para fabricar cometas con que entretener a mis hijas, y también silbatos e improvisadas flautas para alegrar los largos paseos en familia, pidieron un soplo al viento para agitarse y cantar para mí, y me dijeron: “No llores, mujer. Ahora nos cortarán, extenderán el maloliente asfalto y creerán que han acabado con nosotras y que han mejorado el camino, pero ya verás cómo al final conseguimos volver. Nuestras raíces dormirán todo el invierno, y la primavera  conseguirá el milagro de que renazcamos a pesar de las dificultades. Ya nos las arreglaremos, no te preocupes”. No quise contradecirlas para que no cayesen en el mismo desconsuelo que tenía yo, pero estaba convencida de que lo que ellas me decían era imposible.


            Esta mañana he pasado por allí. Lo que antes era un camino de tierra dorada ahora es liso y negro, y los conejos se esconden entre los naranjos para no ser atropellados por los coches que de vez en cuando pasan. En el tramo donde antes estaba el cañaveral sólo se veía la ausencia de mis amigas, taladas y asfixiadas por el progreso. Pero de pronto, sin esperarlo, una vocecita me llamó desde el suelo. Me pareció increíble, pero allí estaban, saludándome, dos preciosos brotes verdes. La fuerza de la naturaleza estaba haciendo, una vez más, que la vida se abriese camino pese a todos los impedimentos, y dos cañas ya habían conseguido agujerear la capa de asfalto y grava y asomaban, desafiantes, entre el manto negro. “¡Hola, amiga! ¿Ves cómo nosotras teníamos razón? Aquí estamos, de nuevo, con la primavera. Y hemos vuelto para quedarnos”.



            Sé que antes o después alguien vendrá y tratará de cortarlas, pero saldrán otras, y después otras más, a plantarnos cara. La naturaleza se defiende. Y yo me alegro.

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