lunes, 12 de marzo de 2012

CLAQUÉ

            El bailarín de claqué tardó muchos años en dominar su arte. Se llamaba Mark, y desde pequeño había admirado hasta la obsesión las antiguas películas de Fred Astaire y Ginger Rogers, las de Gene Kelly, las de Frank Sinatra… en ellas, los protagonistas, de impecable frac ellos, o vestidos de marineros, y con vaporosos vestidos ellas, bailaban claqué con una soltura y una ligereza que le enamoraban. Por eso se empeñó en hacer de ese baile su profesión.


            Cuando cumplió los veinticinco años era un increíble bailarín de claqué, tan ágil y preciso en sus movimientos como rítmico en el golpeteo de los zapatos sobre el suelo. Ya estaba preparado, así que abandonó su empleo de reponedor de supermercado, gastó sus últimos ahorros en un frac nuevo y unos preciosos y brillantes zapatos para bailar, y se fue a probar suerte a la Meca del cine.


            Durante el largo viaje en autobús que le iba a llevar hasta Hollywood desde su Texas natal, Mark sacaba de vez en cuando los zapatos de su maleta, los acariciaba y los admiraba. El charol negro brillaba con una luz especial. Eran su pasaporte hacia el éxito, con ellos su vida también acabaría brillando. Ya se veía en los carteles de los cines, acudiendo a los estrenos, como las legendarias estrellas de los años dorados, los artistas de la Metro, la Paramount… Lo iba a conseguir.


            Con la maleta y la cabeza llenas de sueños, y los zapatos de charol con sus tapines metálicos en la mano, llegó a su particular tierra prometida. Solo pasó por alto un detalle: los años dorados del cine en blanco y negro, los musicales y el claqué, hacía décadas que habían pasado de moda. Ahora se hacía otro cine en el que su estilo y su maestría bailando no tenían cabida.


            Se dejó la piel haciendo cástings. Visitó a todos los agentes, todos los estudios. Buscó trabajo en clubes nocturnos para ir tirando mientras conseguía el primer contrato cinematográfico, y terminó conociendo a tantas estrellas frustradas que habían llegado allí con sueños parecidos a los suyos que poco a poco sus esperanzas se fueron ahogando igual que las de todos los demás. Los zapatos de claqué fueron perdiendo su brillo a fuerza de gastarlos de prueba en prueba. Fueron dos años muy duros. Cuando al fin el charol de los zapatos se rompió, el bailarín de claqué sintió cómo su futuro brillante también se rompía.


            Aún estaba tratando de decidir qué podía hacer con su vida, si volver a casa o seguir malviviendo entre la falsedad y los sueños hechos trizas de Hollywood un tiempo más cuando conoció a Frank. Frank era como él, pero en negativo. Me explico: también era un fantástico bailarín de claqué, también era joven y también había ido allí con el mismo objetivo e idéntico resultado. Incluso su estatura y complexión eran parecidas a los de Mark. Pero era negro.


            Frank y Mark quedaron un día para bailar en un parque, por aquello de matar el gusanillo y no perder la práctica. Volvieron a quedar la tarde siguiente. Los únicos días que sus múltiples trabajos les permitían bailar en el parque eran los lunes y los martes, y para su sorpresa, a la tercera semana unas cuantas personas se habían acercado a verles. A la semana siguiente eran más. Pusieron un sombrero, y fueron cayendo en él algunos dólares.


            Al cabo de un año mucha gente acudía aquellas tardes de lunes y martes a verles bailar en el parque. Los dos se habían comprado zapatos nuevos, Frank iba vestido de blanco impoluto que contrastaba con su piel negra, y Mark iba de negro riguroso sobre su piel blanca. Parecían dos fichas de dominó bailando claqué, y de ahí su nombre artístico, “The Domino’s Boys”.


            Atraído por los comentarios, un empresario de Broadway se acercó un martes a verles. Ahora tienen un espectáculo en el que son protagonistas. En Las Vegas también esperan con ansia que acaben la temporada de teatro para que actúen en uno de los mayores casinos, y su agente tiene sobre la mesa varios guiones cinematográficos para ellos.


            Alcanzaron su objetivo, aunque no como ellos creían. A veces, para cruzar la meta, hay que coger otros caminos, explorar otras sendas y alejarse de las que ya anduvieron los demás. Lo importante es tener claro a dónde quiere uno llegar y no dejar de caminar. Aunque se nos rompan los zapatos.

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