jueves, 8 de marzo de 2012

COÑAC AÑEJO

            Cuando Miguel nació, un frío día de enero hace ya unos cuantos años, su abuelo no cabía en sí de gozo. Después de cuatro hijas, Dios por fin le había levantado el castigo, y el primer nieto que le daban era un varón. Lo miró con detenimiento: el llanto era vigoroso, las piernas fuertes, las manos largas, y los… bueno, que lo tenía todo en su sitio, como un hombre. Era lo que más deseaba en el mundo: un chico en la familia, un muchacho con su sangre. Ese día brindó con todo el que se le puso a tiro, y antes de volver a casa, pasó por la bodega y compró una botella del mejor coñac.


            Cuando por fin su hija salió del hospital y llegó a casa con el bebé, el abuelo fue a visitarlos con la botella de licor en la mano. Era un regalo para su nieto, y deseaba que se quedara guardado hasta el día en que él se casara. Entonces, y solo entonces, se abriría la botella. Insistió en que su hija la guardase, no quería hacerlo él porque cabía la posibilidad de que no viviese lo suficiente como para ver la boda de su adorado Miguel.


            Años después fue teniendo más nietos, seis chicas, cuatro chicos más, pero no compró más botellas de coñac para ninguno. Ese honor quedó reservado únicamente al primer varón. Además, el azar y la genética se aliaron con él, y Miguel se parecía a su abuelo tanto o más que si hubiera sido hijo suyo: los mismos ojos chispeantes y pillos, la misma estatura, los huesos interminables de brazos y piernas, la cara alargada, los dedos… El chico era un calco del anciano en muchos sentidos. A veces, Miguel abría el mueble del salón de su casa, allí donde su madre había guardado la botella de coñac, y la contemplada. Ya sabía que no debía tocarla, que solamente se abriría el día que él se casara, y sabía también que el abuelo le quería por encima de todas las cosas.


            El abuelo vivió muchos años, pero no tantos como para llegar a la boda de Miguel. Le faltaron cinco. La botella de coñac, que permanecía intacta, tenía ya los días contados: Carmen, la futura esposa, preparaba con ilusión la fiesta, como todas las novias, y Miguel la dejaba hacer y deshacer a su antojo. Acordaron comer con la familia más próxima el mismo día del enlace, que se celebraría por la tarde. El convite para todos los invitados consistiría en una cena servida en un conocido salón.


            Alrededor de la mesa se sentaron los novios, sus hermanos, sus padres y los padrinos. Entre bromas y risas dieron cuenta de una buena comida, y después de tomar café la madre de Miguel sacó la botella de coñac que había guardado durante treinta y dos largos años. El licor ya era añejo. Su tono de caramelo oscuro les recordó a todos el color de los ojos del abuelo. Miguel desprecintó el gollete, quitó el tapón y sirvió una copa a cada uno.


            Hora y media después aún estaban todos sentados a la mesa. El coñac ya se había terminado, era una pena no bebérselo después de haberlo guardado tanto tiempo, y además estaba tremendamente bueno. Las caras de todos reflejaban los vapores del alcohol, volaban los chistes, el coro de risas era tremendo. El padre de la novia contó una anécdota de cuando ésta era pequeña, y a Miguel le hizo tanta gracia que comenzó a reírse a carcajada limpia; todos le miraron, y en ese momento todos lo vieron. Era exactamente igual que el abuelo a su edad, cuando alguna cosa le hacía reír a carcajadas. El mismo gesto de echar la cabeza hacia atrás, los mismos ojos llenos de chispas, las mismas sacudidas de su cuerpo, el mismo tono de voz… incluso la costumbre de dar palmadas cuando encontraba algo realmente gracioso. Y se dieron cuenta de que el abuelo sí que había llegado a tiempo de ver casar a su nieto, porque gran parte de él estaba en Miguel. Su coñac había servido para que los demás se dieran cuenta de que seguía estando allí. De que siempre estaría allí, con ellos.


            Todos llegaron tarde a la boda, incluidos los novios. Tuvieron que esperar un poco a que se les pasase el efecto del licor. De eso hace tres años, y ahora, que están esperando su primer hijo, los dos abuelos se echan a los chinos quién va a comprar la botella de coñac.

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