lunes, 19 de marzo de 2012

EL DÍA DEL PADRE

         Doña Juana tenía cinco hijos, todos seguiditos. Tres chicos y dos chicas, para ser más exactos. Se llevaban entre ellos el tiempo justo para recuperarse del parto del anterior y quedarse en estado del siguiente. Bueno, entre el cuarto y la quinta había casi dos años de diferencia, pero fueron producto de las circunstancias.


            Después de nacer Emilio, el cuarto, el marido de doña Juana se fue a por tabaco, y ella se quedó recién parida y sola con un crío de teta, otro aprendiendo a andar, otro más que aún llevaba pañales y la mayor, de tres años, que se tenía que vestir sola porque a su madre le faltaban manos para atenderla. No supieron de él hasta que volvió un año después. Se presentó de noche, abrió la puerta y pidió la cena, como si no hubiera pasado nada, como si nunca se hubiese ido. Doña Juana le pidió explicaciones, pero él dijo que no tenía por qué dárselas. A la mañana siguiente, después de hacerle el quinto hijo, se volvió a ir a por tabaco.


            Para sacar adelante a sus hijos, Doña Juana hizo de todo: servía en una casa por las mañanas, fregaba portales y escaleras por las tardes, cosía chándals por encargo de una fábrica textil por las noches, y los fines de semana ayudaba en la cocina de un restaurante. Mientras tanto, los niños mayores cuidaban de los pequeños, y una vecina amable les echaba un ojo de vez en cuando. En el momento que sus hijos cumplían los dieciséis años, comenzaban a trabajar y a estudiar a la vez; era la única manera de sobrevivir sin tener que abandonar la formación, y de paso los sueños. Cuando los dos mayores terminaron la carrera y se colocaron, ni se les pasó por la cabeza emanciparse hasta que los pequeños no terminaron los estudios.


Cuando el pájaro con el que se había casado se marchó con viento fresco por segunda vez, Doña Juana proscribió el día del padre. En aquella casa el 19 de marzo era día de labor como todos, y como ninguno se llamaba Pepe ni Pepita, no había nada que celebrar. El día de la madre también se trabajaba, pero en esa fecha se permitían incluso algún pastel, unas flores o algún detalle para homenajear a esa mujer que se dejaba la vida, las manos y los pies cada día por sacarles adelante. Así fue hasta que la hija mayor cumplió los nueve años. El segundo tenía ocho, y los pequeños siete, seis y cuatro. Ese año, en vísperas del día del padre, en el colegio todos los niños preparaban con ilusión sus regalos manuales para sus papás. Todos menos ellos, que acababan de saber por una tía lejana que el suyo vivía con otra mujer y tenía otros hijos a los que sí mantenía.


            Juani, la hija mayor de Doña Juana, se negó a realizar el trabajo escolar del día del padre. Ella mantenía que el suyo no existía. ¿Por qué debía hacer el más mínimo esfuerzo para regalarle algo? La maestra llamó a Doña Juana, que no acudió a la cita porque no se podía permitir perder jornal: cada hora de trabajo que le descontaban era pan que sus hijos no se podían llevar a la boca. La profesora entonces habló con los hermanos pequeños, y vio que todos se habían negado a hacer siquiera un dibujo para regalar al que les había dado la vida, y de paso, una existencia difícil y llena de pobreza. Entonces les reunió e hizo con ellos un pacto.


            Ese año, y desde entonces todos los años, los hijos de Doña Juana hicieron un trabajo especial para su madre, porque gracias a ella y a su coraje habían salido adelante, y porque a pesar de ser mujer había tenido más redaños que cualquier hombre. Ella era el mejor padre que hubieran podido tener, y así querían que lo sintiese. Ahora que ya todos ellos están casados y tienen niños, siguen reuniéndose en casa de su madre el 19 de marzo para festejar el día de Doña Juana, y es que para ellos, como para muchos otros hijos, mamá es el mejor y el único padre que han tenido.


            Para ella, y para todas las que sacan adelante solas a sus hijos por elección o porque no les queda más remedio, feliz día del padre. Os merecéis este homenaje.

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