martes, 20 de marzo de 2012

EL HOMBRE SIN SUEÑOS

            Había un hombre que no tenía sueños. Además, no los echaba de menos, porque no se puede añorar lo que no se ha conocido. Nunca se había despertado con el regustillo en la boca de una noche feliz, no había soñado que abrazaba a la chica inalcanzable del instituto, ni había viajado a la luna en una astronave de cristal para ver las estrellas desde todos los ángulos, ni tampoco había encontrado un yacimiento inagotable de tarta de queso con arándanos, su postre favorito, para hartarse de él a placer sin sufrir indigestiones.


            Todos los que le conocían pensaban que no era un hombre completo porque no tenía sueños. Le faltaba uno de los ingredientes principales de la vida, el que hace al ser humano concebir locuras que se convierten en genialidades al llevarlas a la práctica, ya que de todos es sabido que las mejores cosas que ha creado el hombre, en principio, formaron parte de los sueños de alguien. Pero él no lo entendía así. Él solo deseaba lo que podía ver, lo que ya existía. No valía la pena anhelar lo que no estaba al alcance de su mano porque solamente le podría ocasionar frustración y dolor el no poder tenerlo. Además, según él, la parte buena de no tener sueños es que tampoco había riesgo de sufrir pesadillas. Nunca se vería perseguido por un monstruo imaginario, ni sentiría angustia por soñar que llegaba tarde a un examen. Tampoco experimentaría la vergüenza de verse desnudo de repente en un sitio público, ni tendría accidentes de coche en los que se viera atrapado en las situaciones más difíciles que pudiera su mente concebir. Para él, su carencia era la mejor manera de mantener la salud mental.


            El hombre sin sueños, convencido como estaba que el estado de mayor felicidad era el suyo, vivía encantado con sus noches en negro absoluto, hasta que llegó un día en que su suerte dio la vuelta. Su esposa, la mujer a la que amaba más que a nadie en el mundo, enfermó. Él recorrió todos los hospitales, buscó a los mejores médicos, pero para el tipo de tumor que ella tenía no existía una cura. Entonces, el hombre sin sueños quiso soñar que el remedio estaba a su alcance, que era descubierto a tiempo, que conseguían salvarla en el último momento, para poder albergar una mínima esperanza de que ella sanase, pero no fue capaz. Ella murió, y sus noches vacías comenzaron a ser una carga para él. Quiso soñar con ella para volver a sentirla, para poder tener la ilusión y el consuelo de no haberla perdido del todo, pero por mucho que se esforzó, por más que lo deseó, no pudo. Ya no soportaba la idea de irse a dormir porque solo podía recordarla si estaba despierto, así que decidió no cerrar más los ojos. Seis días con sus noches se mantuvo en pie.


            Al séptimo día se volvió loco, y como loco que era comenzó a soñar despierto, y así consiguió también soñar dormido. Y la vio en sus sueños, y la abrazó, oyó su voz, olió su pelo y se dio cuenta de que por fin era un hombre completo, y de que ahora, aun estando loco, estaba mucho más cuerdo que cuando sus noches se parecían más a la muerte que a la vida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario