domingo, 11 de marzo de 2012

EL MEJOR TRABAJO DEL MUNDO

            El maestro puso como deber a sus alumnos para el fin de semana una tarea distinta a las habituales: les pidió que averiguasen cuál es el mejor trabajo del mundo, y que se lo razonasen. Debían componer con ello una redacción y entregarla el lunes por la mañana. Cuando se lo dijo, entre sus alumnos, que cursaban quinto curso de primaria, se produjo un murmullo de descontento. Les parecía un tema muy difícil, pero el maestro insistió. “Hablad con los mayores, pensad y escribid. Os va a servir de mucho este ejercicio”.


            Cuando recibió los trabajos el lunes, el maestro ya sabía cómo iban a ser muchos de ellos, no en vano conocía bien a cada uno de sus alumnos. Sabía que Marta iba a resolver con cuatro frases manidas para terminar pronto e irse a jugar a la calle. También sabía que Saúl, cuyo padre es policía, iba a copiar palabra por palabra lo que éste le dictara, concluyendo que el suyo era el mejor trabajo del mundo. Juan iba a argumentar que lo mejor era no trabajar, muy en su línea. Aitana, que no era la más avispada de su clase, pondría que lo mejor era un empleo de tamborilero en Semana Santa, porque solo hay que dar el callo una semana al año, sin caer en el detalle de que por eso no se cobra, y de que la fe alimenta el espíritu, pero no el cuerpo. Lo de las ideas peregrinas era muy propio de ella, que parecía vivir en los mundos de Yupi.


            Después de leer todas las redacciones, separó dos de ellas para analizarlas con más cuidado. Le habían sorprendido, pero por distintas razones. Sus autores eran hermanos mellizos, y por lógica deberían parecerse, ya que ambos compartían el mismo contexto familiar, pero la de Sonia era radicalmente distinta a la de Aarón.


            La redacción de Aarón decía: “Después de preguntar mucho, he llegado a una conclusión: el mejor trabajo del mundo es el de rey. Un rey gana mucho dinero. Su trabajo consiste en navegar, esquiar, irse de vacaciones y viajar por el mundo para verse con los otros reyes y con los presidentes. Le invitan a todo, inaugura cosas, firma papeles y ya está. Le enseñan a pilotar helicópteros, las tropas desfilan ante él, pero no tiene que decidir nada, porque para eso están los políticos. Da fiestas que salen en las revistas, puede comprarle muchas joyas a su mujer, tiene muchos coches chulos y no limpia ni plancha, ni tampoco cocina. Todo eso se lo hacen las criadas.


            El rey no se tiene que preocupar de que sus hijos estén en el paro, porque le sobra jornal para mantenerlos a todos. Además, en la peluquería a la que va mi madre dicen que sale con otras señoras que no son la reina, pero ella no se divorcia porque se le acabaría el chollo. El único peligro que tiene el ser rey es que le pase como al de Francia, que le cortaron la cabeza y desde entonces tienen República y solamente hay una reina, que es una modelo italiana, aunque no entiendo muy bien por qué.


            Definitivamente, y por todas las razones que he dicho, creo que ser rey es el mejor trabajo del mundo”.


            Ni que decir tiene que el maestro se estuvo riendo un buen rato con las ocurrencias de Aarón, pero se puso en su pellejo, trató de adoptar la visión de un niño de diez años, y se dio cuenta de que, a priori, la suya no era una conclusión descabellada.


            La redacción de Sonia, sin embargo, tenía otro tono completamente distinto. La frivolidad y la visión infantil que exhibía Aarón en su texto estaban completamente ausentes en el de su hermana.


            “Tengo un poco de lío con esto de decidir cuál es el mejor trabajo del mundo. Pensé que bombero era una buena opción, pero a veces se queman, y lo de quemarse duele mucho. Médico también podría servir, pero cuando ellos se equivocan la gente se muere, y eso es una cosa que yo no podría aguantar. Pensé que quizá con ser enfermero valía para ser un héroe y salvar vidas, pero la madre de una amiga lo es, y el otro día nos contó cómo llegó a urgencias una chica después de caerse con la moto y solo de pensar en tanta sangre y huesos rotos me mareé.


            Ser maestro me parecía también un buen trabajo cuando era más pequeña, pero ahora no lo tengo tan claro, sobre todo después de ver llorar a la profesora de matemáticas de sexto porque la madre de una de sus alumnas la insultó y la amenazó por suspender a su hija. No me extraña lo del suspenso, porque esa niña no hace ni los deberes, fuma a escondidas en el patio y escribe cosas guarras en las puertas de los baños. Además, al director del instituto al que va mi hermano mayor una vez le pincharon las ruedas del coche. No, decididamente, ser maestro no es el mejor trabajo del mundo.


            Lo he pensado mucho, y he llegado a la conclusión de que el mejor trabajo del mundo es el de músico callejero. Primero y principal porque no tienes jefe, mi madre maldice continuamente al suyo porque dice que es un inepto y que va a hundir a empresa y acabarán todos en el paro. Segundo, porque el horario es el que a ti te convenga. Tercero, porque hay muchos sitios en los que se puede tocar, y la gente se para a mirarte y te echa dinero, y no porque les des pena, sino porque lo que escuchan les gusta. Si hace frío, puedes tocar en el metro, y si hace calor te puedes poner a la sombra, o en alguna calle en la que corra el aire. Cuarto, porque no hay decisión que tú tomes que le pueda costar la vida a nadie, ni dejar sin trabajo a nadie: con lo que haces no hay posibilidad de que te hagas daño ni de que se lo hagas a otro. Y quinto, y para mí el mejor argumento, es que, si lo haces bien, les alegras la vida a los demás. Con tanta crisis y tantos nervios, creo que la gente agradecería doblar la esquina y escuchar algo que les sacase una sonrisa, algo bonito que les saliera al paso así, de repente, sin buscarlo. Además, los músicos callejeros viajan mucho y conocen mundo, lo cual también es una ventaja, y si no quieren viajar, con cambiarse al barrio de al lado para hacer su trabajo, ya tendrían clientes nuevos.


            Esta mañana he salido a dar un paseo con mi abuelo. Cerca de la Catedral hemos visto una acordeonista sentada en un taburete, y estaba tocando una música maravillosa. Nos hemos parado a escucharla, y luego mi abuelito le ha dado un euro y yo le he aplaudido. Después de pensarlo mucho, creo que ese es el mejor trabajo del mundo”.


            El maestro se dio cuenta, más que nunca, de lo importante que es escuchar a los niños. En ocasiones, ellos ven lo que a nosotros nos impide ver nuestra propia “adultez”.

1 comentario:

  1. Le llevaré la contraria a los niños, y diré que el mejor trabajo del mundo es el de contar estas historias ...

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