martes, 13 de marzo de 2012

EL MUNDO ES DE LOS VALIENTES

            Así le habían enseñado a pensar a Mireia. El mundo es de los valientes, de los que tiran adelante sin miedo, de los que luchan sin importar el esfuerzo. Y con esa creencia creció, estudió y avanzó. Ella era valiente, así que todo lo que tenía delante era terreno por conquistar, sin duda. Y con esa filosofía de vida, mirando siempre al frente y sin callarse nada, fue hacia delante.


            Cuando Mireia se enamoró, muchos la miraron raro. Viviendo con él se sentía casada, así que era absurdo pasar por la Iglesia, en la que no creía, ni por el juzgado, que no podía aportarle nada a su relación con él aparte de un papel legal. ¿Para qué molestarse? Él la quería, ella le quería, vivían juntos y esperaban un hijo. Pasó por encima de las miradas de la gente, que cuchicheaba a sus espaldas: él era extranjero, un indio, hablaba el español con dificultad, y ni siquiera era católico. Poco importaba que se hubiera criado en Inglaterra desde los diez años, tenía pelo de extranjero, nariz de extranjero y acento de extranjero. Y ya se sabe lo que son los extranjeros: obligan a sus mujeres a adoptar sus costumbres, a cocinar sus comidas, a quién sabe cuántas cosas extranjeras más.


            Mireia ignoraba a todos los que hacían ese tipo de afirmaciones: vivían en España, él tenía educación europea y jamás insinuó nada extraño. Cuando nació la niña lo celebró igual que cualquier padre, y Mireia seguía vistiendo igual, trabajando y viviendo de la misma manera. Iban a la playa y a la piscina, y él jamás le dijo “en mi país las mujeres se visten de otra manera”, ella no lo habría permitido. Ni por amor ni por nada. El mundo era de los valientes, ella era valiente, y si él hubiera hecho algún tipo de intento orientado a prohibirle algo se habría visto automáticamente con la maleta en la puerta.


            Todo fue bien hasta que los dos se quedaron sin trabajo. La maldita crisis, tan de moda ahora. Él volvió a Inglaterra para tratar de buscar un medio de mantener a la familia. Ellas, Mireia y la niña, se quedaron en España esperando a ver cómo se desarrollaban las cosas.


            En unos meses, todo empeoró. Mireia no encontraba trabajo en ningún sitio. Él sí, aún tenía contactos en Inglaterra, dominaba el idioma y consiguió un empleo. Se echaban terriblemente de menos, pero el dinero gastado en viajar para verse era un lujo que no se podían permitir. La relación se fue enfriando, y Mireia no sabía qué hacer, qué camino tomar. La decisión era difícil. Si se quedaba en España, el amor que sentían se congelaría hasta morir, sería un extraño para la niña, y todo lo que habían conseguido juntos se quedaría en papel mojado. Pero si se iba tras él a un país extranjero, gris y lluvioso, con un idioma ajeno, lejos de su familia y sus amigos, tal vez sería ella la que se rompiera en pedazos.


            Mireia pensó mucho. Pidió consejo a las personas más cercanas a ella: sus amigas más íntimas, sus padres… Nadie quería decirle que se quedara, pero tampoco nadie la animaba a irse. Estaba hecha un lío; si decidía marcharse, su hija tendría que empezar de nuevo, incluso ella debería ir a clases intensivas de inglés para poder desenvolverse y buscar un trabajo. Todo se le hacía una montaña. Además, para irse tendría que casarse, era un requisito legal imprescindible.


            “El mundo es de los valientes. El mundo es de los valientes. El mundo es de los valientes”. Mireia arregló los papeles, se casó y se fue. Los comienzos están siendo muy duros, pero sé que lo va a conseguir. Sé que ha recuperado la intensidad del amor, que tiene salud, que la niña se adapta poco a poco, y que ella va superando uno tras otro todos los obstáculos que se le ponen delante. Y la admiro. Más de lo que ella se cree. Bueno, la admiro y la echo de menos, lo confieso. Añoro el pragmatismo de sus razonamientos, que en más de una ocasión han conseguido ponerme los pies en la tierra cuando ha hecho falta. Necesito a veces esas verdades que plantaba sobre la mesa, sin pelos en la lengua, le pesase a quien le pesase. Pero sé que su mundo, poco a poco, será suyo. Yo no sé si habría sido tan valiente.

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