sábado, 17 de marzo de 2012

EL MÚSICO EN FALLAS

            Imagino que muchos de vosotros, puede que la mayoría, no habrá vivido nunca la fiesta por antonomasia de Valencia, las Fallas. Hoy que me encuentro inmersa en ellas, y lo digo de manera literal, voy a tratar de explicaros lo que es, lo que supone ser músico en Fallas. Yo he sido turista, vecina sufridora, fallera y ahora músico, ya lo he vivido de todas las maneras posibles, así que os voy a hacer un esbozo de esa vertiente, la del componente de una banda contratada por una comisión fallera para amenizar la fiesta.


            15 de marzo por la noche: la “plantà”. Se montan los monumentos, se terminan de pintar, se retocan… Eso lo hacen los artistas y sus equipos. Los falleros de a pie miran, cenan y animan. La banda charanguea a destajo. Allá a las tres de la mañana, un chocolate y a seguir animando la fiesta. Más o menos a las cuatro y media vemos la cama. A las siete toca salir de ella corriendo, a las ocho hay que tocar ya en la “despertà”. El tema consiste en desfilar soplando el saxo, trompeta, trombón, clarinete o lo que a cada uno se le dé bien por la calle para que el que duerme abra el ojo y se acuerde de que estamos en Fallas (y de nuestros muertos, de paso. Efecto colateral). Los coros los hace un grupo de falleros que van detrás de ti tirando petardos (si te dan miedo, mejor esos días cuelgas el instrumento y te vas de vacaciones al Caribe. O te acostumbras a la pólvora, o estás vendido). Nueve de la mañana, se termina el recorrido y le volvemos a dar al chocolate con buñuelos.


            Doce de la mañana. Pasacalles. Las falleras se ponen guapas, y a desfilar. Y el músico, de traje y corbata, se sacude el sueño y toca, venga el pasodoble, venga el pasodoble, como si le fuera la vida en ello. Después de comer hay que hacer un nuevo desfile para ir a recoger el premio a la Plaza del Ayuntamiento. Da igual que el galardón sea el decimocuarto puesto de la sección séptima B: otra horita y media de pasodobles no te la quita nadie. Eso con la comisión infantil. Con la comisión mayor, tres cuartos de lo mismo.


            Día 17, ocho de la mañana. “Despertà” que te crió. Repaso a “La vaca lechera”, “Tírate de la moto”, “Carnaval, carnaval”, “Tontorrón el que no bote”, “Samba Brasil” y similares, todo ello aderezado con petardos varios. Más chocolate con buñuelos. Y a las doce, otro pasacalles. Dos de la tarde, concentración; tres y media, a la ofrenda de flores. Puede ser una horita de plantón, otra desfilando, otra media horita hacia el autobús para volver a casa… Todo ello sin dejar de soplar y caminar, caminar y soplar.


            Día 18, ocho de la mañana. Levantarse para ir a tocar a la “despertà” se convierte en una heroicidad. Las gafas de sol que no falten, hay que disimular los ojos rojos y pequeñitos. Los pies hinchados los llevas calzados con deportivas, los zapatos de vestir ya no te caben y las rozaduras no se llevan bien con las tiritas que te has puesto. Hoja de papel de fumar doblada sobre los dientes para resistir la herida en el labio que hace que cada vez que te apoyas el saxo en la boca veas las estrellas y la luna. Más chocolate con buñuelos. Una cabezada antes del pasacalles de las doce; cuando abres el ojo ya no sabes en qué día vives, pero alguien te lo recuerda, te vistes, cambias la caña del saxo, te aprovisionas de papeles de fumar, te embutes los pies en los zapatos y sales bebiéndote un café con ibuprofeno. Con suerte, te darán la tarde de descanso.


            Día 19, ocho de la mañana. Despertà. La haces con el piloto automático puesto y medio grogui. Los petardos te han hecho callo en el cerebro y ya ni los oyes. Dos horas de sueño antes de acompañar a las falleras a misa te parecen un lujo asiático, aunque no tengas más que una silla para dormir (en tiempo de guerra todo agujero es trinchera, dice el refrán). Pasacalles para ir, pasacalles para volver. No sabes si entrar en misa a celebrar San José o tumbarte en la acera de la calle a ver si te da tiempo a echar otra cabezada. Te confunden con un pobre y te echan unas monedas. Las aprovechas para hacerte un café doble en la cafetería más cercana a la parroquia. Y por fin, al terminar el oficio religioso, acompañas a la comisión a su casal tocando pasodobles toreros a destajo, y termina tu cometido. Ya te puedes ir a casa a meter los pies en agua con bicarbonato.


            La “cremà”, cuando eres músico, no sueles verla. A esas horas estás gozando de la beatitud del Nirvana entre las sábanas, siendo consciente de lo hermoso que es tener una cama en casa para descansar, y mientras las falleras lloran viendo cómo el precioso monumento se reduce a cenizas, tú… tú… tú estás apagado o fuera de cobertura, después de haber jurado que “este año es el último”. Nunca lo cumples, al año siguiente ya solo te acuerdas de lo bien que te lo pasaste.


            Os dejo, que me esperan para una rondita de charangas. Disfrutad de la fiesta. ¿Alguien me presta unos zapatos del 43?

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