lunes, 5 de marzo de 2012

EL RINCÓN PROHIBIDO

            En casa de Tina había muchas puertas cerradas. Era una vivienda unifamiliar bastante antigua; una parte la había heredado de sus padres, y la otra se la había comprado a su hermano pequeño, que no tenía el más mínimo interés en volver al pueblo ni mucho menos en vivir de nuevo en la casa. Era bastante grande, sobraba sitio para que en ella estuviera cómoda una familia entera, pero Tina vivía sola. No tenía pareja, y dudaba mucho que ya, con su edad, eso fuera posible. Después del último batacazo amoroso, casi quince años atrás, se había negado a emprender ninguna relación nueva. Ya ni siquiera le interesaba salir a conocer otras personas.


            Había varias estancias en la casa que no usaba nunca; de vez en cuando entraba en ellas a limpiar, y después cerraba la puerta y no la volvía a abrir hasta la siguiente ronda de escoba, mopa y trapo del polvo. Pero había una puerta en concreto que llevaba más de diez años sin abrir: la de la buhardilla. Allí era donde su padre había muerto. No hubo nada siniestro ni criminal, simplemente el hombre, ya bastante mayor, sufrió un infarto fulminante mientras arreglaba y lijaba una de las persianas, y cuando Tina volvió de trabajar lo encontró en el suelo, rodeado por sus herramientas y con el papel de lija aún en la mano. Le dio tanta pena que, al terminar el entierro, ordenó y limpió la buhardilla, cerró la puerta y ya no quiso abrirla más. Era demasiado doloroso para ella, quería mucho a su padre y no podía borrar la imagen de su cuerpo sobre el suelo de terrazo.


            Sucedió que, recién estrenada una primavera, Tina perdió un pendiente. Hubiera jurado que lo había dejado junto al otro sobre su cómoda el día anterior, pero no fue capaz de encontrarlo. Tampoco le dio demasiada importancia, eran piezas de bisutería, pero le fastidiaba. Barrió todos los rincones de su cuarto por si aparecía. Ni rastro. Lo siguiente en extraviarse fue una horquilla. Era una de las preferidas de Tina, tenía una mariposa hecha con filigrana de plata. Supuso que se le habría caído mientras la llevaba puesta, quizá en la calle, y que no la encontraría. Ni en casa ni en el trabajo pudo dar con ella.


            Pocos días más tarde, la cucharilla del azucarero también se extravió. Aquello no podía ser casualidad. Vivía sola, y además se cerraba a cal y canto cuando estaba dentro de casa; quizá era ella misma la que escondía los objetos y después no se acordaba. Le entró miedo: ¿y si tenía algún tipo de enfermedad que hacía que olvidase las cosas? ¿Sería ya un principio de Alzheimer? Alarmada, visitó al médico. Éste le hizo unos test y trató de tranquilizarla: “Tina, tu mente está en perfectas condiciones. La explicación a lo que te pasa no está en tu cuerpo, sino fuera. Busca en tu casa”.


            Al siguiente sábado, después de detectar que faltaba la llave del tendedero, que siempre estaba colgada en la cocina, abrió todas las habitaciones para registrar, barrer y remover los rincones. Todas aquellas cosas se le tenían que haber caído en algún lado. La única estancia que no abrió fue la buhardilla; llevaba años sin entrar en ella, así que allí era imposible que estuviera ninguno de los objetos que había echado de menos. No consiguió encontrar nada.


Al notar la pérdida del medallón de esmalte sobre oro que guardaba de su madre, una pieza llena de valor sentimental para Tina, decidió comentar lo que le estaba ocurriendo con Eugenio, uno de sus compañeros de trabajo. Era un buen hombre, y con el paso de los años se habían hecho muy amigos. Él la había invitado a salir un par de veces, pero Tina se había negado. No quería que se hiciese ilusiones porque si iniciaban una relación y salía mal, perdería también su amistad, y no estaba dispuesta a arriesgarse. Además, no podría volver a superar otra ruptura; con una ya había tenido suficiente. Eugenio se ofreció a ayudarla a buscar el origen de las misteriosas desapariciones, y al siguiente sábado por la mañana se presentó en casa de Tina.


            Tras una dura jornada de búsqueda, después de separar uno a uno todos los muebles de la casa, Tina se dio por vencida. Eugenio le preguntó si había mirado en la buhardilla, pero ella contestó que no. Nunca la abría, era imposible que en ella hubiese nada. Además, no quería entrar allí, no quería volver a pasar por la pesadilla de recordar a su padre en el suelo, sin vida, con la persiana a medio reparar junto a él, las herramientas alrededor y el papel de lija en su mano. Eugenio, de todos modos, le pidió la llave. A regañadientes se la dio. Le parecía que dejar entrar en ese lugar a una persona ajena era como traicionar la memoria de su padre, aquel era su rincón y nadie más lo había pisado en años. Desde abajo, oyó a Eugenio reírse, pero no quiso subir. Él la llamó varias veces, y al fin bajó a buscarla. “Sube, por favor. Todo está allí arriba, pero quiero que lo veas por ti misma”. Muda de asombro y sin saber qué pensar, Tina se dejó conducir escaleras arriba. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para franquear aquella puerta, pero lo que vio la hizo reír también. Todas las cosas de su padre estaban allí, en donde ella misma las había colocado, cubiertas de polvo: las herramientas, los libros… En el asiento de su sillón orejero favorito, que estaba descolorido y con el forro de skay roto por algunos sitios, había un nido de urraca. En él piaban cuatro pollos hambrientos, y también estaba su llave, su pendiente, la cucharilla, el pasador del pelo, el medallón, el tapón de la aceitera, varios trozos de papel de aluminio y algunas cosas más que no reconocía. La madre de los polluelos entró en ese momento por la persiana rota que el infarto del padre de Tina dejó sin terminar de arreglar.


            Contrariamente a lo que siempre había pensado, no sintió miedo ni pena al entrar en la buhardilla. Al contrario, se reencontró con muchos recuerdos de niñez, con las huellas de su padre, con sus libros, llenos de anotaciones hechas por sus manos. Sintió un calor y una ternura que no experimentaba desde que él había muerto, y de veras lamentó haberse negado a sí misma el acceso a aquella habitación durante tantos años.


            Tratando de no tocar a los pajarillos, recuperó sus cosas sonriendo. Un rato después, en la cocina, mientras preparaba un té, se sorprendió a sí misma preguntándose si con Eugenio estaría cometiendo el mismo error que con la buhardilla. Había mantenido su puerta cerrada por miedo al dolor de una nueva ruptura. Tal vez fuera el momento de abrirla, y quizás allí encontrase otro nido con otro pequeño tesoro dentro.


            Le invitó a cenar aquella noche. Ya nunca más se han separado.

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