martes, 27 de marzo de 2012

EL TINTE

            Aquella mañana era como cualquier otra. Noelia se levantó de la cama, y con un ojo abierto y otro cerrado se fue hacia el baño. Se lavó la cara con agua fresca para despejarse, y mientras se secaba con la toalla se miró al espejo. Dio un grito de terror y, temblando, volvió a meterse en la cama. ¡No podía ser! Era demasiado joven, solamente veinticinco años y ya… ¡ya tenía una cana!


            En cuanto se repuso un poco del primer susto, volvió a colocarse ante el espejo y la miró. Allí estaba, resplandeciente en su blancura, desafiándola. Noelia la separó cuidadosamente del resto del cabello, y de un tirón la asesinó. Se marchó a trabajar con una sonrisa de triunfo, segura de haber erradicado el molesto mal, pero el gesto le cambió al comentar el incidente con una compañera. “¡Uf! Si te arrancas una cana te salen siete, ¿no lo sabías? Mejor ni te toques”. No, tenía que ser una leyenda urbana. No podía ser cierto.


            A la mañana siguiente no se atrevía a mirarse al espejo. Las contó. Siete, exactamente. Era una enorme tragedia. Se estaba convirtiendo en una anciana a ritmo vertiginoso. ¿Qué podía hacer? Las canas brillaban contentas sobre su melena, como hilos de una siniestra tela de araña, tan evidentes como si fueran luces de un árbol de Navidad. Tenía que ocultarlas, no podía salir así a la calle. Era necesario, no, era vital que se tiñera el pelo. Pero no con cualquier cosa: ella no se teñiría con productos corrientes, agresivos para su precioso cabello. Necesitaba el mejor de los tintes.


            Con la cabeza cubierta por un gorrito salió a buscar una tienda en la que comprar el producto que necesitaba. No sabía cuál elegir, así que le preguntó a la dependienta. Quería algo natural, no agresivo, que respetase el ph de su cuero cabelludo, las escamas de queratina de cada uno de sus filamentos capilares, su brillo intrínseco, el equilibrio hídrico, la cobertura grasa natural de su pelo, y bla, bla, bla. La pobre dependienta, abrumada por tantas exigencias, decidió darle una lección a Noelia. Le vendió un producto nuevo, que tenía guardado en el almacén, fuera de la vista del público. El maravilloso, el genial, el único tinte natural, inocuo, respetuoso con todo lo respetable, sin elementos químicos nocivos, sin amoniaco, sin aguas oxigenadas. La bomba de los tintes, lo mejor de lo mejor, la crème de la crème. En París no se usa otra cosa, en Hollywood todas las actrices lo piden a sus estilistas. Y Noelia, encantada de la vida, pagó aquella carísima maravilla sin rechistar y se la llevó a casa.


            Leyó las instrucciones con atención, se aplicó el producto y esperó. Al terminar el tiempo de exposición se lavó el pelo, y después de secado, planchado, alisado y tratado según su procedimiento habitual, Noelia se miró al espejo. El color era igual que el suyo natural. Las canas no estaban. ¡Fantástico! Y de pronto, toda su melena se volvió de color rosa fosforescente. Aterrada, dio un grito. El color cambió a gris tormenta. Se echó a llorar, y cambió a negro. Llena de rabia por lo que le estaba ocurriendo, pataleó con furia, presa de un ataque de ira, y su melena se volvió naranja intenso, tirando a rojo llamarada, para ir apagando su color a la vez que a ella se le calmaban los ánimos. El maravilloso tinte había hecho que lo que Noelia pensaba o sentía se reflejase en su pelo traducido a colores. Aquello era una catástrofe.


            Muy enfadada, se fue a la tienda en la que había comprado el tinte. La dependienta era otra, y allí no trabajaba nadie más. El producto que Noelia describía no se vendía en aquel establecimiento, es más, la chica no había oído hablar de él nunca. Por debajo del gorrito, el pelo de Noelia se iba volviendo azul a medida que la desesperación la iba invadiendo. No tenía a nadie a quien reclamar, no sabía cuánto iba a durar el efecto de aquella cosa que se había puesto en el pelo. Siete canas dejaron de parecerle algo tan terrible, las prefería un millón de veces a lo que tenía ahora.


            De vuelta hacia su casa se cruzó con un chico monísimo. Un pensamiento fugaz y travieso cruzó por su mente, y su cabello se volvió rojo fuego. Se sintió transparente y avergonzada, tenía que acabar con aquello. Aparcó las tonterías, entró en el supermercado más cercano, compró un tinte normal y corriente de color castaño, con su amoniaco, su química y sus colorantes minerales. Una vez aplicado, su melena, de un maravillosamente normal color marrón, dejó de reflejar sus pensamientos y estados de ánimo. Noelia aprendió que pagar por algo que nos prometen maravilloso y exclusivo no nos garantiza el resultado que deseamos. Y que siete canas no son una tragedia, sino simplemente siete pelos plateados.

2 comentarios:

  1. Buenísima historia, si señor!...plas, plas, plas (aplausos). Gracias por tu originalidad y por dar aire fresco a esta tarde. Un abrazo grande de las niñas Bimbollas.

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  2. Genial, genial, Sú. Espero que a mi me siga dando resultado el mio de toda la vida, no quiero correr riesgos jajjja. Total, que son tres canas de nada...

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