domingo, 25 de marzo de 2012

ENFERMEROS

Cuando Tino enfermó tomó conciencia, por primera vez en su vida, de que el ser humano no era el poderoso dueño de la tierra, el que decidía sobre la vida y la muerte, el que tenía el control de todo lo que existía sobre el mundo. Cuando Tino enfermó se dio cuenta de que al fin el ser humano no es más que carne, sangre, miseria y dolor. Nadie se había preocupado de hacérselo ver antes, y cuando le dijeron lo que tenía no se hizo una idea de lo que le esperaba.


Es difícil perder la batalla, pero aún es más difícil, con la certeza de la derrota en la mano, esperar el final, porque no hay cosa que nos dé más miedo que el dolor, ni nada que nos apene más que dejar cosas pendientes porque la vida se nos acabó antes de que nos diésemos cuenta de que se hacía tarde. En ese momento lo único que nos queda es confiar en la bondad, en la humanidad de los demás. Tino tenía suerte; su mujer y sus hijos, sus hermanos y sobrinos, le querían y se turnaban para no dejarle solo. Sabía que le engañaban cuando le daban ánimos (“vas a ponerte bien, ya lo verás”) pese a que siempre les pidió que no le mintieran. Ahora se alimentaba de esas mentiras para que no le vieran llorar.


La cercanía de su “viaje” hizo que Tino se sintiera totalmente vulnerable, y por primera vez, cuando le fallaron las fuerzas, se vio a merced de otros. No podía defenderse solo, y hasta para lo más íntimo necesitaba unas manos ajenas. En ese momento descubrió que las hadas buenas sí existen. No son como las de los cuentos, ni tampoco hay que hacer sonar una campanilla para que acudan. Solamente apretar un botón. Con eso es suficiente.


El médico pasaba un par de minutos al día, y no le volvía a ver hasta la mañana siguiente. El resto del tiempo solo le quedaban la familia, su propio sufrimiento, y las hadas. Sus manos, expertas y enguantadas, sabían siempre qué había que hacer. Si se ensuciaba le limpiaban con suavidad, si sentía dolor le administraban morfina. Vigilaban los sueros, las sondas, la evolución de su mal. Siempre tenían una sonrisa para él, una palabra de apoyo, tratándole con el mismo cariño y dedicación que si hubiera sido su hermano, o su padre, o un amigo de toda la vida. Las hadas no hacían distinciones en su trato, porque para ellas todos somos distintos en nuestras necesidades, pero iguales como seres humanos. Ellas no veían cuerpos enfermos, sino personas que necesitaban de su ayuda.


Tino, como muchos otros, siempre había pensado que los enfermeros solo son trabajadores sanitarios que pinchan, vendan y medican a cambio de un salario, que para ellos no somos más que un montón de necesidades biológicas que atender. Y sin embargo, a su alrededor él no veía enfermeros, solamente hadas. Hadas que le llamaban por su nombre, que le cogían de la mano. Hadas que vaciaban su orina sin un gesto de fastidio, haciendo bromas amables para que no se sintiese violento. Hadas que le cambiaban las sábanas cuantas veces lo necesitaba si se le escapaba algo a su cuerpo descontrolado. Hadas que traían a media noche un zumo para su mujer y le preguntaban si estaba bien. Hadas que no permitían que sintiese dolor, que masajeaban con cremas sus miembros para evitar las heridas, que vigilaban su tensión, que acariciaban su mejilla cuando la morfina le dejaba adormecido y secaban sus lágrimas cuando le invadía la pena de dejar a los que más amaba. Esas hadas sin alas vestidas de blanco consiguieron que no sintiese en ningún momento que él era parte de su trabajo. Durante todo el tiempo que estuvo en sus manos hicieron que se sintiese la persona única e individual que siempre había sido, y no lo que realmente era: un cuerpo esperando la muerte en la cama de un hospital.


Cuando Tino dejó de hablar ya le quedaban pocas horas. No quería irse así, en silencio, de modo que concentró en sus ojos las pocas fuerzas que consiguió reunir. Con una mirada intensa le dijo a su esposa “te amaré sin fin”, y a sus hijos “viviré en vosotros siempre”. Al resto de su familia y amigos más íntimos les miró para decirles “recordadme con cariño”. Y por último, antes de cerrar los ojos, dirigió sus pupilas al hada que tenía junto a su cabecera y con un fugaz destello le dijo: “GRACIAS”.

4 comentarios:

  1. Jo,que boníto!!! Desde mi puesto de HADA,te digo GRACIAS por este relato,reflejas lo que siento por mi trabajo,un besico!!!!

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  2. Yó soy auxiliar de enfermeria,que somós las que mas contacto tenemos ,somos un equipo

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  3. Pues desde esta historia, que esta noche, y eso sí, con una pena muy grande ahora mismo en mi corazón, y una congoja que no me deja respirar, he vuelto a leer, quiero dar las gracias a todas las enfermeras y enfermeros que lean esto, así como a los médicos y toda esa gente que ha cuidado tan bien de mi tío, y le ha ayudado a que su sufrimiento se atenuara, y llegar al final, al menos, sin dolor. Lo que hacéis no estará nunca lo suficientemente bien pagado.

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