jueves, 29 de marzo de 2012

LA HUELGA

            Pese a estar completamente de acuerdo con la convocatoria de huelga general que se había lanzado para aquel día, a Susana le era imposible secundarla de una manera efectiva. En su empresa no se había recibido ninguno de esos vergonzosos panfletos de la patronal en los que se animaba a los empresarios a sancionar económicamente a los huelguistas, a no facilitar vacaciones a nadie para ese día ni a permutar la fecha por uno de los días libres que les pudiesen deber: Susana no tenía empresa. Tampoco es que su jefe le hubiera amenazado con aplicarle al pie de la letra la nueva reforma laboral, o sea, despedirla de manera expeditiva pagándole una cantidad ridícula y sin necesidad de justificación: Susana no tenía jefe porque llevaba casi dos años en paro. Pero ella quería secundar la huelga, que se supiera que, aunque parada, también tenía derecho a protestar unas medidas que no le parecían buenas ni justas.


            El día de la huelga amaneció tranquilo. No bajó a por el pan, sino que sacó uno del congelador. Arregló su casa como cada día, mandó los niños al colegio para que fuera más evidente el paro de los profesores que estaban ejerciendo su derecho a protestar con su ausencia. Ellos sí computaban. A las diez de la mañana, como ya había terminado de preparar la comida, bajó el automático de la luz de su casa. Hasta las doce, consumo cero. No abrió la nevera para que no perdiese frío y no se estropease su contenido durante el tiempo que el electrodoméstico no estaba recibiendo energía.


            No fue a tomar el café con las amigas, ni tampoco compró el diario. No movió el coche para no tener que repostar, ni fue a la ciudad para no emplear el autobús; no era el día de hacer compras, sino de pasear por los alrededores. Para la noche, hizo una cena fría y a las nueve, hasta las diez, encendió un par de velas y volvió a quitar el automático de la luz.


            Susana no estaba de acuerdo en que algunas personas intentaran obligar a los demás mediante violencia a secundar la huelga, pero tampoco podía permitir que sus gestos no contasen por el hecho de ser un nombre más en la larguísima lista del INEM. Ella sabía, aunque en la tele dijeran cifras inventadas, que ese día la huelga general había llegado mucho más allá que lo que podían decir los números de unos y de otros. Por eso colocó un gran letrero en su balcón: “YO TAMBIÉN ESTOY EN HUELGA”. Y tras ella lo hicieron otros muchos, de esos que “no computan” porque no se puede faltar a un trabajo que no se tiene. Casi seis millones de letreros en casi seis millones de balcones. Ojalá eso sí compute en las cifras de la huelga.

1 comentario:

  1. Si que sería bueno que computara, si...Saludines de las niñas Bimbollas

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