viernes, 16 de marzo de 2012

LA MANTILLA

            La encontré guardada en el último cajón del armario. Yo no sabía que la abuela tuviera una mantilla así, y ni siquiera mi madre conocía su existencia. Por eso me extrañó tanto verla reposando en el fondo del mueble. Era negra, muy grande, hecha seguramente a medida para una mujer alta y bien plantada. Desde luego, no parecía creada para ninguna de las mujeres de la familia, ya que ninguna nos caracterizamos por una gran estatura.


            La desplegué con cuidado. El primoroso trabajo de encaje de Granada hecho a mano, las flores bordadas y los adornos en el ribete decían a gritos: “cuidado con lo que haces, soy una pieza única y valgo una fortuna”. Su color negro señalaba que había pertenecido a una mujer casada, seguramente joven. Una viuda o una mujer mayor la habrían llevado también negra, pero mucho más sobria. De ser soltera la dueña de tal prenda, su color habría sido el blanco.


            Traté de encontrar, entre los álbumes de fotos de la abuela, alguna instantánea en que alguien luciera la mantilla misteriosa. Pero no, las que se veían no eran de ese tipo de encaje.  ¿De dónde habría salido semejante preciosidad? ¿Y por qué motivo estuvo tan guardada que nunca la habíamos llegado a ver hasta ese día?


            Me la acerqué a la cara para ver mejor los detalles, y el olor de las pastillas de jabón que la acompañaban dentro del mueble me inundó la nariz. Mi abuela siempre tuvo la costumbre de guardar en los armarios y cajones pequeños jabones de tocador para que la ropa limpia oliese bien, y de paso tratar de mantener a raya a las polillas sin tener que recurrir a la ofensiva y venenosa naftalina. Yo, coqueta, me coloqué la mantilla sobre la cabeza y me miré al espejo. Parecía cualquier cosa, con mis vaqueros raídos y mi camiseta ajustada tan modernos, y aquellos encajes tan antiguos por encima; decidí volver a guardarla y continuar buscando pistas sobre su origen entre los papeles de la abuela.


            No es fácil, ni agradable, vaciar la casa de alguien que ha fallecido, alguien a quien amabas, para venderla y que otros la ocupen, pero no nos quedaba más remedio. Sin embargo, durante aquel zafarrancho de limpieza en el que muchas cosas iban a ir a la basura, otras al rastrillo y algunas a acumular polvo en el trastero, de vez en cuando surgían recuerdos, destellos de mi infancia y de la de mi madre, momentos ocultos en la memoria que afloran al ver un vaso, una llave, una foto, una factura… Mi imaginación, mientras tanto, dio vueltas y más vueltas tratando de recomponer el origen de la misteriosa mantilla. Se me ocurrieron mil posibilidades: heredada de quién sabe qué antepasada, comprada por mi abuelo para alguna posible amante o regalada a mi abuela por un posible pretendiente fueron algunas de las peregrinas ideas que se me ocurrieron. La explicación real, mucho más sencilla, saltó a mis manos cuatro días después.


            Dimos de baja el teléfono, y los de la compañía vinieron a retirar el aparato. Bajo él había un cajoncillo lleno de notitas con números apuntados. Los últimos años, debido a los túneles que la demencia senil estaba haciendo en la memoria de la abuela, todos los papeles que la pobre mujer recogía por casa y no sabía interpretar terminaban ahí. Encontré entre ellos un ticket de tintorería, fechado cuatro años atrás. En él se describía la entrega de una mantilla antigua, color marfil: la que usó en su boda. La había llevado a limpiar, y no la habíamos encontrado en el armario, así que aún debía estar en el tinte.


            Me acerqué al establecimiento; afortunadamente aún existía. El dueño recordaba perfectamente el asunto de la mantilla. Había sido un empleado extranjero, concretamente rumano, que no llevaba ni dos meses trabajando allí por entonces. Él atendió a mi abuela y a la otra mujer, él les entregó las mantillas equivocadas, y luego no habían tenido forma de localizar la negra debido a la enfermedad de la madre de mi madre, que no volvió para entregarla. De hecho, creo que, de tan mal que tenía ya la cabeza, ni siquiera se dio cuenta del error.


            Fue un placer devolver a aquella familia  un pedazo de su historia, y recuperar de paso un trozo de la nuestra. La mantilla de mi abuela, la que conozco por la foto de su boda, la llevaré puesta cuando me case, si lo hago algún día, y luego la conservaré entre jabones. Espero que no se nos vuelva a perder.

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