sábado, 3 de marzo de 2012

LA VISITA DE DIOS

            Alarmado por los ruegos y las súplicas que le llegaban desde el mundo de los hombres, Dios decidió tomar de nuevo forma humana y bajar a la Tierra para averiguar el por qué de tanto requerimiento. Contrariamente a lo que todo el mundo piensa, Dios no está al tanto las veinticuatro horas del día de lo que hacemos los humanos, tiene muchas más asuntos importantes que atender, pero no me preguntéis cuáles son, porque yo no lo sé. Dios no le cuenta a nadie sus cosas.


            Cuando llegó se dio un paseo entre la gente, y vio que caminaban por las ciudades sin siquiera mirarse unos a otros. Sin hablar, sin detenerse. Como máquinas. Al entrar en una avenida vio una pancarta. En ella decía: “8 de marzo, día de la mujer trabajadora”. Dios pensó: “qué extraño. ¿Por qué necesitan escribirlo? Decir mujer ya es decir trabajadora, va implícito en la palabra MUJER. La creé para que fuera el complemento del hombre, para que fuese madre, compañera y amiga, para que fuese amada y respetada por él y criase a sus hijos. ¿Qué ha pasado en el mundo para que exista la necesidad de crear un día de la mujer trabajadora?” Y decidió visitar distintos lugares, hablar con el hombre y averiguar lo que ocurría.


            Tardó seis días en recorrer la Tierra, y lo que vio en ella le dejó desconcertado. En el mundo civilizado, las mujeres trabajaban dos veces: una fuera del hogar a cambio de un salario, y otra dentro de sus casas. Abastecían la despensa, lavaban, planchaban, guisaban, limpiaban, criaban a los niños, atendían a los hombres… En otros países, los que no estaban desarrollados, ellas labraban los campos, cuidaban de los hijos, y ellos ni siquiera trabajaban, sino que ganduleaban al sol todo el día. Dios no salía de su asombro, pero aún le quedaba mucho por ver.


            En el transcurso de su viaje descubrió que en algunos lugares las mujeres, origen de la vida, madres de todo ser humano, eran vendidas como si fuesen mercancía. Otras eran mutiladas, despojadas de trozos de su cuerpo, por ser mujeres. Algunas eran violadas, sometidas, o encerradas tras una cárcel de tela para que nadie pudiese ver ni siquiera su sonrisa, y pertenecer únicamente al hombre que las había comprado. Otras eran amenazadas y obligadas a ejercer como prostitutas. Y muchas eran insultadas, vejadas, golpeadas, humilladas e incluso asesinadas por sus maridos, que pensaban que eran propiedad suya por el mero hecho de ser mujeres.


            Cada vez más entristecido, Dios continuó indagando y vio que las mujeres de la Tierra eran recompensadas por su trabajo con sueldos menores que los de los hombres. Descubrió que muchas precisaban esos salarios para alimentar a sus hijos porque no tenían hombres a su lado, y que para todo se les exigía más esfuerzo. Y por último vio que, además, el sentimiento de culpa las invadía por estar separadas de sus hijos. Le resultaba incomprensible que la mitad de las criaturas humanas creadas por él se sintiera superior a la otra mitad, que el valor de aquellas que prestan su cuerpo para dar lugar a la vida, paren, entregan su tiempo al cuidado de sus hermanos pequeños, de los hijos, de sus padres ancianos, las que ayudan a sus hijos con los nietos para que sus hijas y nueras puedan trabajar también sin encargar el cuidado de los niños a manos mercenarias, fuera menor que el de los hombres. ¿En qué había fallado? ¿Qué parte de su Palabra era la que el hombre no había entendido?


            Al séptimo día, desolado y tremendamente triste, Dios volvió a su cielo, y en cuanto llegó buscó a María, su madre, y enterró la cabeza en su pecho para llorar.

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