domingo, 4 de marzo de 2012

LOS OJOS MÁS BONITOS DEL MUNDO

            Cuando era un niño pequeño, Arturo decía que quería encontrar los ojos más bonitos del mundo. A todos les hacía mucha gracia su deseo, porque a esa edad, que por entonces no tendría más de seis años, un niño puede querer el coche teledirigido más chulo del mundo, o las canicas más bonitas, pero no. Él quería encontrar los ojos más bonitos.


            Sus padres le preguntaban a veces cómo creía él que tenían que ser esos ojos, y siempre decía que serían azules y grandes, y que cuando los encontrase ya nunca se separaría de la persona que los llevase puestos. Su madre entonces se reía de la ocurrencia, y pensaba que a Arturo le atraían los ojos azules porque él, igual que todo el resto de la familia, los tenía marrones, y ya se sabe que a los niños les llama la atención todo aquello que es diferente de lo que tienen. No le dieron más importancia.


            Al ir creciendo, Arturo dejó de hablar de su deseo, pero éste permanecía latente en él, de manera que, día tras día, se sorprendía a sí mismo mirando los ojos de todas las chicas que iba conociendo. Algunas de ellas tenían los ojos azules, pero no eran los más bonitos del mundo. Eran bonitos, y ya está. Esa circunstancia no le impedía ligar de vez en cuando, el chico no era tonto, pero no acababa de encajar bien con ninguna chica, y todas aquellas relaciones de juventud se fueron rompiendo sin apenas dejar huella.


            Con el paso de los años se fue convenciendo a sí mismo de que los ojos soñados no existían. Había muchos ojos bonitos, y encontrar los más bonitos del mundo era una utopía. ¿Quién podía decidir que realmente eran los más hermosos? Nadie, ni siquiera él. Al fin, conoció a una muchacha de grandes ojos celestes, que además era morena, pequeñita y simpática. Le pareció tan bonita que la invitó a salir, y en poco tiempo se enamoró de su risa, de su pelo y de sus labios, de su forma de ver las cosas y de sus manos blancas y diminutas. El sentimiento era recíproco, así que, después de madurarlo mucho, decidieron casarse.


            A pesar de su compromiso, Arturo seguía mirando los ojos de todas las mujeres, un poco por no olvidar su sueño infantil, y un poco también por costumbre. A Rebeca, su mujer, no le hacía mucha gracia, pero al fin se acostumbró porque no había malicia ninguna en ello. Él no buscaba a otra porque la amaba a ella, pero su “título de belleza oftalmológica”, como a veces lo llamaba jocosamente, seguía sin dueña. Ninguno de los dos lo sabía, pero eso también estaba a punto de cambiar.


            Un par de años después, Arturo miraba a los ojos de Rebeca mientras le infundía ánimos. El parto se estaba desarrollando bien, la matrona y la auxiliar sonreían mientras le iban dando instrucciones a la parturienta de cómo tenía que empujar. A Arturo le habría gustado poder hacer algo más útil que cogerle la mano a su mujer, y le hablaba para que no desfalleciese. En pocos minutos vio cómo un cuerpecito ensangrentado salía de ella. Envolvieron en una toalla aquel trocito de vida, le limpiaron la nariz para que pudiera respirar bien, y la criatura, llorando con fuerza y tiritando, le fue entregada a la madre, que la colocó sobre su pecho llorando y riendo a la vez. Arturo besó a Rebeca y miró la cara de su hija por primera vez. La niña dejó de llorar y abrió los ojos. Eran azules, como los de su madre, enormes y preciosos. Allí estaban por fin. Eran los ojos más bonitos del mundo.


            Cuando Iris piensa en Arturo, su padre, le viene a la memoria una de las cosas que siempre le decía: “Si buscas algo y no lo hallas, si sueñas con algo y no lo encuentras, invéntalo, fabrícalo, créalo. Hazlo posible, no esperes a que nadie lo haga por ti. Será lo mejor de tu vida, lo que más feliz te haga”. Así fue para él. Así es para todos.

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