sábado, 31 de marzo de 2012

LOS PUENTES DE VALENCIA

            Una de las cosas más bonitas que tiene la ciudad de París son los puentes sobre el Sena. Esos caminos de piedra han sido (y son) algo más que obras de ingeniería: son símbolos. Unen, comunican, estrechan lazos, facilitan relaciones, tanto comerciales como humanas. Mirad si son importantes que cuando se ataca una ciudad, lo primero que se destruyen son sus puentes.


El turista en París recorre las aguas del río en un barco, y siempre hay un guía que le va explicando la historia de cada uno de los maravillosos puentes bajo los que va cruzando. Se hace raro, lo digo por experiencia: el camino natural para cruzar un puente es su parte superior, y el hecho de pasar por debajo le hace sentir a uno un poco fuera de lugar.


            Entiendo, ya que he visitado la ciudad luz y he paseado en bateau-mouche, el interés que tienen esos caminos monumentales sobre las aguas del río de París: algunos de ellos son auténticas maravillas. Lo que no entiendo es por qué en otras ciudades no se presume de ese modo teniendo razones. Os estoy hablando, por ejemplo, de los puentes sobre el río Turia.


            Para los que no conozcáis Valencia, os diré que el agua fue desviada fuera de la ciudad para evitar que las riadas convirtiesen algunos barrios en cementerios, como ya había ocurrido otras veces. El cauce quedó seco, muerto, como una gran cicatriz en el rostro de una hermosa mujer. Los puentes atravesaban el vacío sobre la maleza y la basura. Así estuvo durante décadas, hasta que alguien tuvo la suficiente cordura y valentía como para soñar con un parque que convirtiese ese espacio en algo disfrutable, paseable, que permitiese atravesar la ciudad sobre la huella del agua sin semáforos, sin ruidos, respirando, pedaleando, corriendo o caminando, solo o en grupo, en pareja, con el perro, los niños, a caballo… Fue un gran proyecto que costó muchos años y esfuerzo realizar, pero que al fin vertebró la ciudad entera a su alrededor, creando espacios para el deporte, el juego, la música y las relaciones humanas. En él, los árboles y las fuentes se alternan con el carril para bicicletas, los campos de fútbol y atletismo, los aparatos de gimnasia y las cafeterías, los parques infantiles y las albercas, las esculturas y las plantas aromáticas. Y todo ello cruzado por encima con una sucesión de maravillosos puentes llenos de historia, puentes con esculturas, con santos, con monstruos mitológicos, con jardines sobre ellos. Puentes que conducen a museos, que nos llevan a la ciencia, que nos hablan de pasado y de presente, que nos enseñan el futuro. Algunos llevan siglos ahí, otros décadas, y algunos, años. El último, semanas. Puentes con apodos (el jamonero, la peineta), puentes vivos, puentes legendarios. Recorriéndolos y conociéndolos se puede ilustrar la historia de esta ciudad, y la oportunidad de verlos todos desde abajo mientras uno camina tranquilamente, a su ritmo, sin prisas, disfrutando del larguísimo parque del cauce del Turia, es algo que no tiene precio. Algo que valoran mucho más los de fuera que los de dentro.


            Esta tarde he vuelto a hacerlo: me he calzado mis zapatillas trotamundos y he repasado otra vez cada puente desde abajo, mirando sus piedras, sus estructuras, su fisonomía. Y me he vuelto a maravillar por la capacidad que tiene el hombre de unir, de estrechar, de comunicar orillas, barrios, gentes. Tender puentes es mucho más que construir estructuras sobre ríos y precipicios. Es una metáfora de la misma vida. Yo trato de, con mis cuentos, acercar ciudades y orillas, comunicar los sentimientos de gentes de todos los sitios. Mis relatos también quieren ser puentes, caminos que os unan, senderos que os hagan sentiros más próximos.


            A partir de ahora, cuando presente un currículum para buscar trabajo, pondré también que soy “constructora de puentes”.  Para demostrar que es cierto estáis vosotros, mis lectores. Los de México, los de Argentina, Venezuela, Guatemala, Chile, Alemania, España… Todos estáis unidos por relatos como este. Ojalá todos pudiérais venir alguna vez a Valencia, recorrer el parque del río y ver lo que yo veo. Me entenderíais.

1 comentario:

  1. Como Valenciana, me enorgullece y encanta este relato, y tienes razón, como lo tenemos ahí, a veces se nos olvidan que están. Pero a mí, amantísima de mi ciudad, particularmente el de San José es uno de los qué más me gusta, quizá porque es uno de los que más he cruzado. Y el de las flores (o la peineta) no me digas, con ese olor uhmmmm, parece que lo huelo desde aquí, jeje. Me ha encantado esta entrada. Y por cierto cuando vengas un día a Paiporta, también tenemos unos cuantos, para cruzar el barranco que parte el pueblo en dos.
    Bss

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