viernes, 30 de marzo de 2012

LUNARES

            Pese a que de pequeña había sido muy blanquita y no había presentado ninguna marca de nacimiento, por alguna razón la piel de Miriam, al crecer, se fue llenando de pequeños lunares. Al principio fue algo casi imperceptible: unas pequitas en la nariz y en las mejillas, otra en una mano, dos en un brazo, otro par de ellas en la espalda… pero a medida que pasaba el tiempo, un imparable proceso de “lunarización” se fue produciendo en su cuerpo, llenándola de motitas marrones, como si le hubiese llovido cacao.


            Las ancianas del pueblo decían que la culpa era de su madre por desear chocolate durante el embarazo y no comerlo. El pediatra pensó que quizá a la chiquilla le había dado demasiado el sol y su piel había reaccionado mal, por lo que ordenó protección total, gorro, gafas oscuras y toda clase de precauciones contra los rayos UVA. Pero los lunares no se fueron. Seguían saliendo nuevos.


            Miriam llegó a odiar su piel. Los niños se burlaban de ella en el colegio, la llamaban “dálmata”, “la increíble niña moteada” y crueldades por el estilo. Ella, a veces, se encerraba en el baño para frotarse las pecas con el cepillo de las uñas, haciéndose no pocas heridas. Una vez incluso intentó borrarse las de las piernas con lejía, y terminó con serias quemaduras que necesitaron tratamiento durante meses. Los lunares de su cuerpo la hacían distinta, y ella quería ser como las demás niñas. No se sentía especial, se sentía desgraciada.


            Invierno y verano eran lo mismo para Miriam. Siempre iba tapada, con cuellos altos, mangas largas y pantalón hasta los tobillos. En verano sufría por el calor, pero no consentía aligerar su vestuario y enseñar sus cientos de pecas al mundo. Veía con envidia a esas chicas que iban por la calle en pantalón corto y tirantes, con la espalda al aire, escotes… todo eso que ella misma se prohibía porque se avergonzaba de su propia piel. La adolescencia no hizo más que empeorar su día a día, añadiendo granos y puntos negros a su cara pecosísima. Se dejó el pelo largo y lo llevaba suelto, con el flequillo sobre los ojos, para que se le viera la menor cantidad de rostro posible. Tratad de imaginar cómo era su vida en el instituto, viendo a sus compañeras, tan monas, tan blancas, tan florecientes. Ella se sentía como un monstruo.


            Pelear contra el rechazo que sentía hacia su aspecto fue una tarea muy dura para Miriam. Cambió seis veces de psicólogo antes de haber cumplido los veinte años. Justo ese día, el de su vigésimo aniversario, fue cuando conoció a Justo. Él pintaba la fachada de una tienda, y se le cayó la brocha llena de pintura verde en el preciso instante en que Miriam pasaba junto a la escalera en la que estaba encaramado. No sabía cómo disculparse, le dio su teléfono para pagar la tintorería y reparar así el desastre que había ocasionado. Ella solo quería dejarlo estar y marcharse a casa, pero él insistió. Los dos estaban avergonzados, él de su torpeza, ella de que él la estuviese mirando. Pero un detalle le llamó la atención: la piel de Justo era de dos colores. Las manchas eran enormes, a trozos era rosado y en otras zonas más tostado. El contraste no era tan violento como el de sus pecas, pero se notaba bastante. Se llamaba vitíligo. Él no se tapaba.


            Desde que Miriam y Justo son pareja, ella ha ido aprendiendo poco a poco a enseñar su piel. Su rostro pecoso y encantador luce una sonrisa porque él le pone cada día nombre a cada lunar antes de besarlo, y como tiene tantos, hace una marquita con un rotulador indeleble en el lugar donde se quedó para continuar la noche siguiente y no perderse. Con la luz tenue de la luna, las manchas y las pecas se mezclan, se confunden, se difuminan y desaparecen, y las dos pieles fundidas una en otra solamente tienen un color: el de la ternura.

2 comentarios:

  1. OOOOOOOOOHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH!!!!!
    precioso !

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  2. Una de esas que tanto le gustan a las románticas como yo, jeje. Chulísima

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