jueves, 15 de marzo de 2012

MADERA CON SENTIMIENTOS

            Cuando el leñador se acercó al bosque con su herramienta al hombro, los árboles no movieron ni una rama. Sabían a lo que venía, y todos tenían miedo. Ninguno quería ser el elegido, pero eran conscientes de que al final del día uno de ellos habría muerto. El hombre paseó por entre los troncos, mirando despacio las cortezas, la altura de cada uno de los árboles, el color de su madera, la medida de sus contornos y la salud de sus hojas. Y al fin, con gesto decidido, se paró ante uno de aquellos gigantes vegetales, empuñó su hacha y le hirió.


            A cada golpe del leñador, el árbol gritaba. Pero el hombre no entendía su voz, ni siquiera le oía. El resto del bosque se estremecía con cada hachazo. En un par de horas, herido de muerte, sus gritos vegetales cesaron y el gigante se desplomó. El hombre comenzó entonces a despojarlo de ramas y hojas para poder transportarlo.


            Sucedió en ese momento que una de las ramas, al ser cortada, hirió al hombre en una de sus manos. La savia reciente del ser caído se mezcló con la sangre, y una extraña reacción química se produjo entre ellos. El hombre creyó que se volvía loco: estaba oyendo el llanto del árbol que, agonizante, le preguntaba por qué lo había matado. “Yo no te conozco, jamás te hice daño. ¿Por qué me has elegido a mí? ¿Qué será de los nidos que había entre mis ramas? ¿Dónde se refugiarán los animales que trepaban a mi copa?”


            El hombre, mientras se vendaba la mano sangrante con un pañuelo, se sentó junto al tronco. “Necesitaba tu madera. A mi casa le hace falta una puerta, a mi cocina una mesa en la que compartir los alimentos con mi familia. A mi hijo que ha de nacer le hará falta una cuna, y a mi padre, que está gravemente enfermo, una caja digna en la que ser enterrado. Por eso te elegí a ti entre los demás, porque te vi fuerte y noble, porque sé que tu madera es la mejor que podría encontrar para confiarle toda esa carga. Tu cuerpo guardará mi casa, alimentará nuestra vida, acunará a mis hijos y acompañará a mi padre en su último viaje. Tus ramas nos mantendrán calientes en invierno, y tus hojas abonarán el bosque para alimentar al resto de plantas que te rodeaban. Todo eso no lo podría hacer cualquiera. Yo siempre honraré tu recuerdo. Perdóname por arrebatarte la vida, pero solo soy un hombre. No sé hacer las cosas de otra manera”.


            Pocos instantes de aliento le quedaban ya al árbol. La savia se congelaba en su interior, las hojas ya no aportaban oxígeno al aire. Solamente alcanzó a decirle al hombre una última cosa: “Por favor, reserva un pedazo de mí, aunque sea pequeño, y fabrica con él algo muy especial. Tiene que ser un objeto que provoque alegría, que haga soñar a los demás. Algo que te recuerde, cada día, que en otro tiempo fui un ser vivo, y que en tus manos seguiré viviendo. Que no soy solo madera, sino madera con sentimientos. Solo así sabré que no entregué mis más de cien años de existencia a un necio, sino a un hombre de honor”. Y dicho esto, el árbol exhaló su último soplo de vida.


            El hombre comenzó su tarea. Cerró su casa con una bella puerta que adornó con brillantes tachones de bronce. Fabricó una cuna que cobijase el sueño de su hijo recién nacido, y también una magnífica mesa, todo lo grande que pudo, en la que compartir los alimentos con su familia. Finalmente, preparó el féretro de su padre y lo guardó para cuando fuera necesario. Después miró lo que quedaba del tronco. No era mucho, la verdad. ¿Qué podía hacer, con tan poca madera, que reuniera todos los requisitos indicados por el árbol? No lo sabía, pero era su deber cumplir con la palabra dada.


            Al fin, después de mucho pensar, el hombre eligió algunos trozos de entre los restos, se encerró en el cobertizo y no salió de él hasta que no hubo cumplido con el último deseo del gigante vegetal. En sus manos llevaba un objeto pequeño, portador de alegría, de amor, de fiesta, de melancolía, de sueños. Madera con sentimientos. ¿Sabéis qué era? Un timple.

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